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P. Juan Juárez s.x.

He querido recomendarles todas estas cosas

Con la carta enviada por monseñor Conforti al padre Juan Bonardi desde el castillo de Felino y en la cual le pide anteponer la carta exhortativa que acompañará a las recién aprobadas Constituciones, podemos decir que se daba por terminado un período importante de su vida, pues aquella santa inclinación que había comenzado desde sus años más tiernos ahora se hacía realidad: dedicarse por entero a las misiones a través del Instituto que había fundado.

¿Por qué a esta carta exhortativa se le ha llamado Carta Testamento?

De acuerdo a la definición, testamento, es la declaración voluntaria de una persona expresando lo que quiere que se haga con sus bienes después de su fallecimiento. Podemos entonces comprender que se le llame Carta Testamento, porque en ella monseñor Conforti resume los aspectos más importantes que tienen que vivir sus misioneros para ser fieles a su vocación.

El mismo monseñor Conforti, todo lo que les ha querido transmitir lo resume en el deseo de que el distintivo de los miembros presentes y futuros, sea una fe viva, espíritu de obediencia pronta y generosa y un amor intenso hacia la familia. Un deseo, que se ha de considerar como el testamento del padre.

El texto original fue escrito de puño y letra de san Guido. El texto actual se ha dividido en once capítulos para una mejor comprensión. Cada capítulo expresa de manera resumida lo siguiente:

1. Informa sobre la aprobación de las Constituciones y los invita a regocijarse y dar gracias al Señor, porque este hecho es una prueba inequívoca de la santidad y oportunidad del Instituto. Así como los llama a que tomen conciencia del compromiso grave y solemne que con ello contraen delante de Dios y de su Iglesia.

2. Menciona que la vida apostólica unida a la profesión de los votos religiosos, constituye de por sí cuanto de más perfecto según el Evangelio se puede concebir. Los votos son lazos sagrados que nos unen más con Dios, nos atan cada vez más al servicio divino, nos ayudan a aspirar a cosas mejores cada día y son como una especie de martirio.

3. Dado que la vida religiosa es la más excelente en todos los aspectos, el maligno trata de alejar de ella a los que la han abrazado o pretenden abrazarla. Por esta razón, es necesario prepararse para el momento de la tentación y recurrir a Dios en la oración. Ya que, si permanecemos fieles, podemos estar seguros de acumular copiosos bienes y salvar muchas almas, de lo contrario al momento de nuestra muerte no nos sentiremos tranquilos.

4. Invita a amar la pobreza que es la primera renuncia que Cristo exige a aquellos que quieren seguirlo. Pero una pobreza opulenta a la que no le faltará ninguna comodidad, ciertamente no sería del agrado del Señor, por tanto, hay que conformarse con lo necesario para comer y vestir que se le proporcione, no exigir nada más y nada se posea como propio.

5. Invita a amar y cultivar con esmero aquella virtud que nos asemeja a los ángeles. Teniendo en cuenta la fragilidad del vaso que la contiene, hay que armarse de todas las cautelas indispensables, teniendo a raya nuestros sentidos, siendo moderados, ejercitándose en la mortificación y siendo humildes. Pero sobre todo recurriendo a la oración. Todas estas luchas quedarán compensadas por la paz y el gozo del corazón.

6. Invita a amar el sacrificio de la voluntad que se hace a Dios mediante el voto de obediencia, que lleva a considerarnos como instrumentos de los superiores en las manos de Dios y hallarse en una absoluta indiferencia para cualquier oficio, sin pretender exenciones o privilegios por los servicios prestados, sin acosar al superior para obligarlo a hacer lo que queremos. Pues del espíritu de obediencia pronta y generosa dependerá la fuerza y la prosperidad del Instituto, de lo contrario cuando alguno falla a la obediencia y hace poco caso de las reglas, son los primeros síntomas de una disolución más o menos lejana de la congregación.

7. Para que esto no llegue a suceder, es necesario que sobre todo el sacerdote y el apóstol, tomen la fe como norma indeclinable de su conducta que lo lleve a tener a Cristo delante de los ojos de su mente, de manera que sus acciones exteriores sean la manifestación de la vida interior de Cristo.

8. Para lograrlo debemos alimentar continuamente esta vida sobrenatural con aquellas prácticas de piedad que prescriben las Constituciones, sobre todo al pie del sagrario donde cada día hemos de templar nuestras energías para nuevas fatigas. Sin olvidar tener una tierna devoción a la Virgen, a san José, a los apóstoles y a san Francisco Xavier. No sea que mientras nos ocupemos de la santificación de los otros nos olvidemos de la nuestra.

9. Junto con el amor a Dios hay que alimentar en nuestros corazones la caridad hacia nosotros mismos y hacia los hermanos, en primer lugar, con quienes se forma una misma familia. Por lo que pide a Dios aquella unión de mentes y corazones para vivir en concordia y armonía, esforzándose por conservar diligentemente el vínculo de esta unión santa evitando todo lo que pudiera debilitarla, sacrificando todo generosamente en el altar de la concordia fraterna que hace agradable la convivencia y consolida las instituciones.

10. Ha querido recomendarles todas estas cosas, por el ardiente deseo que siente de la santificación y la prosperidad de la Pía Sociedad, expresando el deseo de aquello que ha de ser el distintivo de los miembros presentes y futuros: una fe viva, una obediencia pronta y generosa y un amor intenso hacia la familia. Un deseo que se ha de considerar como el testamento del padre.

11. Por último, da su bendición y abraza con efusión cordial, a cuantos han ingresado e ingresarán a la congregación, implorando sobre ellos el espíritu de los apóstoles y la perseverancia final, deseando que todos se vuelvan a encontrar en la patria celestial.