Como se ha descrito en las páginas anteriores, para que las Constituciones de nuestra congregación fueran aprobadas por la Iglesia, se debió hacer un largo camino que comenzó con la carta enviada al cardenal Ledokowsky, pero podemos decir que no fue el inicio, ya que en la vida de san Guido encontramos momentos importantes que le ayudaron a dar este paso.
Es de sobra conocido el pasaje de la vida de san Guido, cuando siendo un pequeño niño, se dirigía a la escuela caminando por la calle de la Columna y se detenía en la capilla de Santa María de la Paz, para visitar a su Amigo de la cruz el cual lo miraba y parecía decirle tantas cosas.
En aquel tiempo, quién hubiera podido imaginar que esas visitas serían una semilla sembrada en su corazón de niño, que más tarde, lo animarían a seguir a ese Jesús que, con los brazos abiertos en la cruz, lo invitaba a darlo a conocer a los demás y, por tanto, el comienzo de un camino que lo llevaría a fundar una familia misionera.
Esta experiencia marcó de tal manera su vida, que, al momento de escribir la Carta Testamento, no podía dejar pasar la oportunidad de recordarles a sus queridísimos misioneros, la importancia de tener puesta la mirada en Jesús, para procurar vivir siempre aquella vida de fe, que debe llevarnos a buscar y a querer la voluntad de Dios y no la nuestra, de modo que en nosotros oriente todo: los pensamientos, las intenciones, los sentimientos, las palabras y las obras.
Para san Guido tener nuestros ojos puestos en Jesús es fundamental, sobre todo para el misionero, porque ha sido llamado a seguirlo más de cerca, le asegura la fidelidad en su seguimiento y su amor por Él, dependerá también el mayor o menor conocimiento que se tenga de Jesús.
Pero mirar a Jesús, recuerda san Guido en sus escritos, es importante para todos, para decirlo brevemente, ya que tenemos en Él un ejemplo a imitar, y nos permite reflexionar como Él habría juzgado, hablado y actuado en similares circunstancias para identificarnos con Él.
De esta manera se comprende el por qué en el capítulo quinto de las Constituciones Xaverianas se menciona que la primera actividad del misionero sea la oración.