Skip to main content

Se dice que jubileo, proviene de la palabra hebrea yobel, que era el nombre que recibía el cuerno de carnero que se utilizaba para anunciar algún acontecimiento. Sobre todo, era utilizado para anunciar el inicio del año que se celebraba cada cincuenta años en el cual se descansaba, los esclavos recuperaban la libertad, se dejaban descansar las tierras y se restituían las posesiones que se habían comprado.

Al momento de traducir la Biblia del hebreo al latín, san Jerónimo tradujo la palabra yobel por iubilum que significaba alegría, gozo o alabanza.

Con el paso del tiempo dentro del mundo católico, a partir del 1300 declarado Año Santo y Año de Perdón de los Pecados por Bonifacio VIII, jubileo pasó a significar un año especial para reconciliarse con Dios.

Para nosotros, como xaverianos, celebrar un año jubilar con motivo del centenario de la aprobación de nuestras Constituciones y de la Carta Testamento, es ante todo un momento para reconocer y agradecer al Señor que no ha podido ser más bueno con nosotros, al llamarnos a colaborar con Él, para hacer del mundo una sola familia durante estos cien años.

Es recordar que la vocación a la que hemos sido llamados, no es una iniciativa personal que asumimos para ayudar a los demás, sino un llamado que Dios nos hace para consagrar toda nuestra vida a anunciar a Jesús en otros países fuera de nuestro ambiente.

Celebrar un año jubilar con motivo de la Carta Testamento nos debería ayudar a reflexionar si hemos sido fieles al deseo de nuestro fundador, de aquello que tenía que ser el distintivo de los miembros del Instituto, es decir, si hemos tenido una fe viva, una obediencia pronta y generosa y un amor intenso hacia nuestra familia que es el testamento que san Guido nos ha dejado como padre. O, al contrario, hemos caído en aquellas actitudes que nos advertía en esta Carta y que no nos ayudan en nuestro seguimiento de Jesús.

Pero sobre todo celebrar este año jubilar nos debería llenar de una inmensa alegría, y a abrir no una puerta santa, sino la puerta de nuestro corazón que nos ayude a renovar nuestro compromiso que hemos hecho públicamente de consagrar toda nuestra vida al anuncio del Reino, como san Guido expresaba: Sacrificaré toda mi persona, mis bienes y todo lo que esté a mi alcance para realizar esta santa obra.

Nos deberíamos regocijar, al oír el sonido de ese cuerno que nos anuncia y nos hace darnos cuenta cómo el Señor ha acompañado nuestro camino, y que con el ejemplo de tantas personas que con su testimonio de entrega a los demás, nos animan a creer que es posible hacer un mundo diferente, un mundo donde haya menos tristeza, menos dolor, un mundo donde nadie esté triste ni tenga que llorar, y si se llora sea de alegría de ver como ese Reino que Jesús anunció se va haciendo realidad.