Recientemente el Superior General de los Misioneros Xaverianos se ha pronunciado sobre la pandemia del coronavirus, es una reflexión que nos ayuda a no caer en la indiferencia o en el miedo que suscita esta situación. Aquí les proponemos una síntesis del mensaje del P. Fernando García.
La situación dramática que se está viviendo en varios países a causa de la pandemia del coronavirus, nos mueve a escribir estas líneas como señal de cercanía y solidaridad con todos y cada uno. Estamos en contacto con las varias comunidades e intentamos seguir de cerca el curso de los eventos. Estamos siguiendo todos los protocolos dispuestos por las instituciones: “¡estén en sus casas!”.
Lo que está sucediendo no exenta a “nadie”: en efecto, muchas naciones –europeas y no europeas– han sido o son abatidas, golpeadas o sólo apenas molestadas por esta pandemia, hasta alcanzar en algunos casos situaciones realmente trágicas y dolorosas. Las instituciones sanitarias arriesgan el colapso, a causa del gran número de enfermos.
Cuando suceden estas cosas (epidemias, terremotos, matanzas y masacres por causas políticas…) en “otros” países, las sentimos muy lejanas, como problema de los “demás”, corriendo el riesgo de dar –incluso a las enfermedades y a las tragedias– una definición étnica. En cambio, lo que está sucediendo hoy debería hacer crecer en nosotros la conciencia de que el mundo, el universo, es una casa común. Quizás y finalmente, se está entendiendo que estamos todos en el mismo barco. La pandemia del coronavirus está demostrándonos que, en un mundo globalizado, las crisis difícilmente pueden ser circunscritas. La primera lección, que de ninguna manera es nueva, es que sólo juntos podemos afrontar los desafíos y las emergencias que la vida nos reserva.
Los gobiernos, tratan de hacer su parte con decretos y medidas fuertes, quizás nunca antes tomadas en tiempos de democracia, imponiendo actitudes y comportamientos acordes a la extrema gravedad del problema. Todo es bloqueado para el bien de la salud de todos. Estamos aprendiendo una importante lección del personal médico y paramédico. Médicos, ellos están allí dónde nuestros miedos nos hacen estar lejanos, expuestos al contagio a pesar de todos los medios de protección que puedan tener. Algunos de ellos han sido contagiados a pesar de los protocolos y han dado su vida haciendo hasta el final aquello a lo que habían sido llamados. Son un ejemplo luminoso para que cada uno dé, también, lo mejor de sí mismo en esta prueba.
También nosotros Xaverianos estamos sumergidos en esta misma situación en varias Circunscripciones. Primero en China, y poco a poco en los otros países, vivimos esta dramática realidad que en algunas áreas asume los rasgos de una verdadera y real tragedia. Varios hermanos, así como algunas comunidades, han estado –y otros están actualmente– en cuarentena. En varias Circunscripciones, las actividades han sido suspendidas de acuerdo a las indicaciones de los gobiernos, de las Iglesias locales y de las Conferencias Episcopales nacionales. La Dirección General ha tenido que cancelar algunos encuentros y visitas, por ahora y al menos hasta a abril. Con respecto a esto, aconsejamos vivamente que los Xaverianos permanezcan en el lugar donde están, en su Circunscripción, evitando ponerse en viaje.
Son tiempos “extraños”, en los que la realidad nos conduce por desiertos y penitencias cuaresmales inesperadas, no elegidos por gusto propio, sino “impuestos” por la situación. Indudablemente la vida nos está mandando señales fuertes que nos reconducen a las verdades fundamentales de orden existencial, cultural, religioso, que a menudo damos por descontadas; señales que requieren un cambio de visión, una verdadera y real conversión. También este es un tiempo que hay que saber afrontar con determinación dando lo mejor de nosotros mismos. ¿Cómo “resistir” como cristianos esta prueba? ¿Cómo podemos hacernos útiles a los demás para no dejar solo al pueblo de Dios?
Ante todo, adoptando estilos de vida responsables, conscientes de que cada uno de nosotros puede ser causa de desgracia en casa, en la comunidad o entre los vecinos. Dicho de manera clara: con nuestras acciones podemos influenciar la vida y la muerte de decenas de personas, por ello, la primera responsabilidad de cada uno es evitar lo más posible todo riesgo de contagio. Un sólo caso positivo al coronavirus pone en peligro a familias enteras, comunidades, etc. Entender las situaciones de los demás es la primera señal de responsabilidad y civilización.
Nuestra misión como creyentes consiste en transformar el mal en ocasión de bien, como sólo la Fe puede hacerlo, a partir del ejemplo de Jesús en la cruz. Los ojos de la fe no niegan y no cambian la realidad, sino que permiten leerla y comprenderla de modo diferente, sin fobias y sin obsesiones. La fuerza de la epidemia nos recuerda nuestra extrema fragilidad dándonos otra lección –la más importante– sobre el sentido de la vida, la idea que tenemos de nosotros mismos, la presunción de invulnerabilidad y omnipotencia que a menudo la ciencia y la tecnología nos han dado. Un microscópico virus ha bastado para demoler todo.
Confiemos a la benevolencia del Padre a la humanidad sufriente. El canal de la oración, en efecto, hace respirar al alma e impide ser sofocados por el miedo, la tristeza y la soledad, conscientes de que la vida pertenece a Dios, nuestro Padre.
Las redes sociales pueden convertirse de instrumentos de mera frivolidad, en ocasiones de encuentro con los demás. De este modo podremos escuchar, sufrir o alegrarnos con los demás; consolar, animar, orar juntos, cuidarnos mutuamente. De esta manera se testimonia que la vida continúa. Nos ayudamos a evitar altibajos emotivos que nos pueden hacer caer en otros tipos de epidemias: la del miedo, de la desesperación y de la indiferencia. A través de un uso responsable de los varios medios digitales, pongamos en circulación una vacuna social y espiritual.
Oremos por quienes tienen responsabilidades científicas y políticas de tutela de la salud pública.
- Fernando García
Superior General de los Misioneros Xaverianos




