La fundamentación cristológica presente en la familia xaveriana nace de la contemplación del crucifijo que su fundador, San Guido María Conforti (1865-1931), experimentó a la largo de su vida. Esta experiencia cristológica, presente en la persona de Conforti, tuvo sus orígenes desde la casa materna, posteriormente, durante su estancia en Parma al estudiar con los lasallistas y fuertemente durante su servicio episcopal no sólo en arquidiócesis de Ravenna y en la diócesis de Parma, sino en su naciente congregación religiosa por medio de dos citas bíblicas paulinas, tal como se presentará a continuación.
El primer acercamiento cristológico que tuvo el pequeño Conforti, a la persona de Cristo, se gestó durante su infancia cuando su madre Antonia Adorni, frente al crucifijo, le repetía: “Mira cuánto ha sufrido el Señor por nuestros pecados”.[1] De estos hechos, es posible expresar el gran cuidado espiritual que la madre Adorni manifestaba hacia sus hijos.
El segundo acercamiento que tuvo Conforti a la persona de Cristo puede situarse durante su estancia en Parma, especialmente en la iglesia de Nuestra Señora de Paz en la que se encontraba un majestuoso crucifijo, al cual, años más tarde consideraría como la fuente de su vocación al recordar que mientras iba de camino a la escuela, por algunos minutos, pasaba a la capilla a hacer una pequeña oración y mientras estaba en diálogo con Cristo, en ocasiones, se sentía envuelto en una extraña mirada que puede expresarse con la siguiente frase: “Yo lo miraba a Él y Él me miraba a mí, y parecía decirme tantas cosas”.[2] Cosas, que, con el paso del tiempo, se concretarían en el deseo no sólo de fundar una congregación religiosa para la evangelización de los pueblos no cristianos, sino incluso ser partícipe de esa misión al visitar a sus hijos en China en el año 1928.
Como continuidad de esta espiritualidad cristocéntrica, Mons. Conforti, durante su vida diocesana y religiosa como arzobispo de Ravenna y posteriormente Obispo de Parma, hizo propia la consigna de Col.3, 11: “Cristo es todo en todos”. En ella, partiendo del ejemplo de servicio y donación del maestro Jesucristo, quien se acercaba a cualquier persona para hacer el bien sin importar su raza o estatus social, trató de ver en cada actividad pastoral realizada durante su jornada el buen designio de Dios y en cada persona que se le acercaba a la persona de Cristo y dispuesto a servirle a ejemplo del gran maestro Jesús, con una receptividad abierta, sincera y sin malas intenciones. Muestra de lo anterior, él lo expresa en su primera carta al pueblo de Ravenna en 1902.
“Me dispongo a venir entre Ustedes con un corazón de amigo, de hermano, de padre. Sí, dentro de poco estaré con ustedes, no para dominar, sino para servir…
Vendré entre ustedes, no para buscar riquezas terrenas y gloria mundana, sino para atender a la salud de sus almas, que son valiosas como la Sangre divina que las ha rescatado, a las que quiero como a las pupilas de mis ojos.
Vendré para ser el dispensador de los ministerios de Dios, para anunciarles aquella palabra de vida que, anunciada por los Apóstoles, ha renovado la faz de la tierra, para hacerles conocer y amar más a nuestro Señor Jesucristo, ya que en esto consiste la verdadera vida del espíritu… Por eso, mi consigna será siempre la que quise grabar en mi blasón episcopal: In ómnibus Christus!”.[3]
Esta consigna fue siempre la que acompañó y guió a Mons. Conforti en cada una de sus actividades cotidianas, en donde los aspectos teóricos y teológicos recibidos en el seminario los volvía prácticos en su vida diaria.
Otra cita bíblica paulina que fundamenta la espiritualidad cristocéntrica dentro de la familia xaveriana es: “La caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14). Partiendo de ella, lo que Mons. Conforti trataba de vivir y transmitir a todo cristiano, independientemente del estilo de vida en el cual se encuentre, es que, a ejemplo de Cristo que siempre buscó de hacer el bien hacia su prójimo y sin importar las condiciones existenciales en las cuales éste se encontrara, estaba llamado a construir el Reino de Dios en la sociedad en la cual le había tocado vivir. En el siguiente escrito, el Obispo de Parma, al dirigirse especialmente a sus misioneros quienes salían a China, les exhortaba a construir el Reino de Dios ahí donde el Espíritu de Dios les llamase a trabajar:
“Y sobre todo porque lo que los mueve a llevar a cabo el gran sacrificio es la caridad de Jesucristo. Ustedes hoy con los hechos repiten: Charitas Christi urget nos (La caridad de Cristo nos apremia). Los impulsa el ejemplo de Aquél que se ha entregado totalmente por nosotros, y nos ha ordenado que amemos a nuestros hermanos como Él nos ha amado. Los impulsan las infinitas miserias de tantos infieles que se encuentran en tinieblas y en sombras de muerte. Ellos les esperan, tienden hacia ustedes sus manos porque de ustedes esperan la salvación y la redención”.[4]
De esta forma, Mons. Conforti hacía un llamado a sus misioneros a desgastar su vida por la construcción del Reino de Dios ahí donde se fueran a encontrar, siempre teniendo ante sus ojos a la persona de Cristo, quien se entregó por los demás incluso dando su propia vida.
Por último, un aspecto cristológico que continúa iluminado a la familia xaveriana hasta la actualidad ha sido: El Crucifijo. Mons. Conforti remitía frecuentemente a sus misioneros a Él como el gran libro, al cual, todo misionero estaba y está llamado a configurarse y formarse, ya que en él se encuentra la humildad, la pureza, el desapego de las cosas terrenales, la conformidad a la voluntad de Dios, pero sobre todo, la caridad para con Dios y para con los hermanos.[5]
Así pues, se han presentado los aspectos cristológicos que fundamentaron la vocación y la vida religiosa de Mons. Conforti a lo largo en su vida. Ahora, siguiendo el ejemplo de San Guido María Conforti y haciendo propia alguna de sus fuentes cristológicas, todo cristiano está llamado a construir el Reino de Dios al interior de la sociedad que le ha tocado vivir no sólo con la palabra sino con el testimonio de vida, tú ¿Estás dispuesto?
[1] MUNARI, Tiberio; Un Obispo sin fronteras, Edixa, México, 1996, p.14.
[2] Ibíd., p.18.
[3] CERESOLI Alfiero y FERRO Ermanno; Antología de los escritos de Guido María Conforti, Edixa, México, 2001, pp.551-552
[4] Ibíd., pp.147-148.
[5] Cfr. Ibíd., p.182.




