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Pedro Viveros Viveros s.x.

De la muerte a la vida: cuando la esperanza se vuelve compromiso

Cada 2 de noviembre, la liturgia católica nos invita a celebrar tres misas por los fieles difuntos. Las lecturas que la Iglesia nos ofrece en esa jornada no son un simple repertorio de consuelos piadosos: son un programa teológico y social que responde a las múltiples muertes que nos acechan. Porque la muerte no es solo la biológica. Hay muertes sociales, muertes espirituales, muertes de virtudes que carcomen el tejido de nuestra sociedad mexicana. Y la Palabra de Dios, leída en su contexto histórico y literario, tiene algo radical que decir ante cada una de ellas.

La muerte física: Dios no abandona a los suyos

El libro de la Sabiduría proclama con audacia: "Las almas de los justos están en las manos de Dios" (Sab 3,1). El autor alejandrino, inmerso en la cultura helenística pero fiel a la fe de sus padres, introduce por primera vez en la Biblia la palabra athanasia, inmortalidad. No lo hace para evadir la crudeza de la muerte, sino para afirmar que la fidelidad de Dios es más fuerte que el sepulcro. La muerte física sigue siendo un enemigo real —no la negamos—, pero es un enemigo derrotado.

Pablo lo formula con la imagen de las primicias: "Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron" (1 Cor 15,20). La resurrección de Jesús no es un caso aislado, sino el primer fruto de una cosecha entera. Y en la primera carta a los Tesalonicenses, el Apóstol consuela a una comunidad que lloraba a sus muertos: "No queremos que ignoréis, hermanos, acerca de los que duermen, para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza" (1 Tes 4,13). La esperanza cristiana no prohíbe el dolor, pero lo transforma: la muerte ya no es un muro definitivo, sino un "dormir" del que Dios despertará a los suyos.

En un México donde la violencia ha arrebatado a tantos, donde las fosas y los desaparecidos gritan al cielo, esta promesa no es un calmante: es una denuncia profética. Dios no se olvida de los que "duermen". Y nosotros tampoco podemos olvidarlos.

La muerte social: el banquete para todos los pueblos

Isaías anuncia un banquete en el monte Sion: "El Señor de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos" (Is 25,6). La salvación no es un privilegio de unos cuantos: es una mesa abierta a todos los pueblos. Y en el mismo monte, Dios "aniquilará la muerte para siempre" y "enjugará las lágrimas de todos los rostros" (Is 25,8).

Pero hay una muerte social que nos interpela: la exclusión, la pobreza, la marginación. En México, millones viven una muerte anticipada por la falta de oportunidades, la violencia estructural, la corrupción que devora recursos destinados a los más pobres. El banquete de Isaías es una respuesta y un compromiso: si Dios prepara mesa para todos, nosotros no podemos construir sociedades de excluidos.

El Evangelio de Mateo lleva esta lógica al juicio final: "Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,40). El criterio único del juicio es haber dado de comer, de beber, acogido al forastero, vestido al desnudo, visitado al enfermo y al preso. No se pregunta por la ortodoxia de la fe, sino por la ortopraxis del amor. En un país donde la indiferencia ante el migrante, el anciano abandonado y el enfermo sin recursos se ha vuelto costumbre, este texto es una llamada urgente.

La muerte espiritual: la comunión que atraviesa el sepulcro

El Segundo Libro de los Macabeos narra que Judas Macabeo "mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, pensando en la resurrección" (2 Mac 12,43). Es una de las afirmaciones más explícitas del Antiguo Testamento sobre la eficacia de la oración por los difuntos. La comunión del pueblo de Dios no se rompe con la muerte. Los vivos pueden interceder por los que han partido.

Pero hay una muerte espiritual que nos acecha: la pérdida del sentido, la indiferencia religiosa, el vacío existencial. En una sociedad que celebra el consumo y olvida la trascendencia, muchos viven como si Dios no existiera. La respuesta está en la comunión: nadie se salva solo. La Iglesia es el espacio donde los vivos y los muertos se sostienen mutuamente en la oración.

El evangelio de Juan lo lleva a su culmen: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54). La Eucaristía no es un rito vacío: es la incorporación real a la humanidad entregada de Cristo. El que comulga no solo cree en Jesús: vive de Jesús. Y esa vida se comparte.

La muerte de las virtudes: el amor que se entrega

La primera carta de Juan es tajante: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte" (1 Jn 3,14). Y añade: "En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por los hermanos" (1 Jn 3,16).

En nuestra sociedad mexicana hay una muerte de virtudes que duele: la solidaridad se sustituye por el individualismo, la honestidad por la corrupción, la compasión por la indiferencia. Pero el amor auténtico es inconsciente de su mérito, como los justos del juicio final que preguntan: "¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer?" (Mt 25,37). El amor verdadero no busca reconocimiento: se entrega.

La respuesta: el Crucificado que vive

Lucas nos ofrece la clave de todo. En la cruz, Jesús no grita de abandono como en Marcos; exclama: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46). Es el Justo que muere en paz, confiando en el Padre. Y al amanecer del primer día, las mujeres encuentran el sepulcro vacío y oyen la pregunta que resuena hasta hoy: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?" (Lc 24,5).

La respuesta a todas las muertes —física, social, espiritual, de virtudes— es la misma: el Crucificado vive. Y porque vive, nosotros podemos vivir de otra manera. La esperanza en la resurrección no es evasión: es energía para transformar el más acá. La certeza de que Dios resucita a los muertos es lo que hace posible dar la vida por los vivos.

Que este 2 de noviembre no sea solo un día de flores y recuerdos, sino un día de conversión. Que la Palabra de Dios nos saque de la indiferencia y nos comprometa con los que sufren muertes sociales, espirituales y de virtudes en nuestra sociedad. Porque la fe en la resurrección se verifica en el amor concreto.

¿Y tú? ¿Qué muerte —física, social, espiritual o de virtudes— estás llamado a combatir hoy, para que la esperanza de la resurrección se haga visible en tu familia, tu colonia y tu país?

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