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Pedro Viveros Viveros sx

"La sangre que clama y el amor que no puede ser abstracto"

 

Un comentario teológico a las lecturas del XXX Domingo del Tiempo Ordinario

México vive una hemorragia que no cesa. Los números de la violencia se acumulan en los titulares con una frialdad estadística que termina por anestesiarnos: fosas clandestinas, desapariciones, extorsiones, feminicidios, pueblos desplazados, familias que buscan a sus hijos entre escombros de impunidad. Nos hemos acostumbrado a un país bañado en sangre. Y la pregunta teológica que hoy se nos impone no es menor: ¿qué tiene que decir la Palabra de Dios ante esta realidad? Las lecturas de este domingo no ofrecen una evasiva espiritualista; ofrecen, por el contrario, una hoja de ruta para transformar la sociedad desde la raíz del amor que se hace justicia.

El libro del Éxodo (22, 20-26) nos presenta a un Dios que no es neutral. La legislación que entrega a su pueblo tiene un eje inequívoco: la protección del vulnerable. "No oprimirás ni vejarás al forastero... No explotarás a viudas ni a huérfanos... Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre, no serás con él un usurero." Y añade algo que debería estremecernos: "Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo" (Ex 22, 26). En un país donde millones gritan —las madres que buscan a sus desaparecidos, los desplazados por la violencia, los trabajadores explotados, las mujeres que temen salir a la calle—, esta palabra nos asegura que Dios escucha ese clamor. Pero también nos interpela: ¿lo escuchamos nosotros? La indiferencia social es una forma de opresión silenciosa. El texto del Éxodo no es un código antiguo; es una interpelación directa a nuestra responsabilidad colectiva.

El Salmo 17 nos enseña a orar desde esa misma realidad. "Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza"(Sal 17, 2). Es el grito de quien ha experimentado que Dios es roca y refugio, pero que no se queda mirando al cielo. El salmista canta a un Dios que es fortaleza para el débil y refugio para el perseguido. La oración auténtica, la que nace de un corazón creyente, siempre nos devuelve a la calle, a la historia, a los rostros concretos de quienes sufren. No hay contemplación verdadera que no desemboque en compasión activa. En un México herido, la oración que no se convierte en compromiso social corre el riesgo de ser un refugio egoísta.

San Pablo, en la segunda lectura (1 Tes 1, 5c-10), nos pone ante el espejo del testimonio. Los tesalonicenses, dice el Apóstol, "abandonando los ídolos, se volvieron a Dios para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Tes 1, 9). Y su conversión resonó con tal fuerza que se convirtieron en "modelo para todos los creyentes" (1 Tes 1, 7). No hacía falta explicar su fe; sus obras la gritaban. Esta es la pregunta que hoy se nos plantea como sociedad creyente: ¿nuestro testimonio es un eco creíble del Evangelio en medio de un mundo que descarta a los pequeños? La autenticidad de la fe no se mide por la perfección de los ritos, sino por la capacidad de transformar el entorno, de ser signo profético de justicia y de misericordia. Los ídolos de hoy —el dinero, el poder, la indiferencia, la comodidad— siguen exigiendo conversión.

Y llegamos al Evangelio (Mt 22, 34-40). Un doctor de la Ley pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más grande. La tradición contaba con más de seiscientos preceptos, y la pregunta buscaba atraparlo. Pero Jesús no se pierde en casuísticas. Responde uniendo dos amores que el Antiguo Testamento ya conocía, pero que Él fusiona de manera inseparable: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22, 37-40). Para un país que se desangra, esta palabra adquiere un tono particular. El amor a Dios no se demuestra mirando al cielo, sino reconociendo el rostro de Cristo en el hermano que sufre. La caridad no es un añadido opcional a la vida cristiana; es su vértebra, su alma, su razón de ser. Podemos cumplir muchos preceptos, podemos tener una religiosidad impecable, pero si no tenemos amor, no sirve de nada. La violencia que nos rodea no se combate solo con más policías o más cárceles; se combate construyendo una cultura del encuentro, de la solidaridad, de la justicia restaurativa, de la defensa de la dignidad humana en cada ámbito de la vida social.

Cuatro lecturas, un solo mensaje: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. La justicia que Dios exige en el Éxodo, el clamor confiado del Salmo, el testimonio transformador de los tesalonicenses y el mandamiento doble del Evangelio convergen en una sola verdad: no podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos. En un México bañado en sangre, el Evangelio no es un consuelo evasivo; es una fuerza de transformación social. Nos urge pasar de una fe de sacristía a una fe de calle, de una caridad asistencialista a una caridad política en el sentido más noble del término: la que construye estructuras justas, la que defiende la vida, la que se niega a normalizar la violencia.

Que este domingo nos encuentre con el oído atento al clamor del que sufre y con las manos dispuestas a tender puentes. Porque la fe que no se compromete con la justicia es una fe muerta.

Y ahora, con sinceridad, te pregunto:

¿A quién de los que tienes cerca—en tu familia, en tu colonia, en tu trabajo—le estás negando hoy, con tu indiferencia o tu comodidad, la posibilidad de experimentar que Dios sí lo escucha y que su vida importa?

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