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Pedro Viveros Viveros SX

Sal que Sana, Cruz que Une, Luz que Revela: La Exigencia Evangélica para un México Fracturado

El Evangelio como Palabra Incómoda y Esperanzadora
México vive una encrucijada histórica definida por realidades que desafían la conciencia: la persistencia de la pobreza que limita el desarrollo humano integral, un tejido social desgarrado por profundas divisiones, y la sombra de una violencia que ha dejado heridas colectivas profundas. En este paisaje de contradicciones, la fe cristiana no puede contentarse con ser un refugio espiritualista. Desde la hermenéutica latinoamericana —que lee la Biblia desde la realidad de los pobres como locus theologicus—, los textos de Isaías 58, 1 Corintios 2 y Mateo 5 emergen no como consuelo piadoso, sino como interpelación profética que desvela y convoca. Nos cuestionan qué eficacia salvífica tiene un cristianismo que no se traduce en transformación histórica concreta.

La Eucaristía como Juicio y Compromiso Histórico
El texto isaiano desnuda la contradicción entre el rito y la praxis: “¿Es este el ayuno que yo quiero? ¿Un día en que el hombre se mortifique? […] Partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa…” (Is 58,5-7). El profeta establece una teología del culto donde la auténtica adoración es la justicia social. Esta crítica no anula el rito, pero lo subordina a la ética, siguiendo la línea de Amós 5,21-24. En el contexto mexicano, esto ilumina la Eucaristía con una luz potente y exigente.

La Eucaristía, memorial de la entrega de Cristo, es también el “sacramento del pane nostrum”, como lo llamó el teólogo brasileño Leonardo Boff en su obra Eclesiogénesis. No puede ser el acto supremo de comunión con Dios si simultáneamente se tolera una sociedad donde el pan material es sistemáticamente negado a millones por estructuras económicas excluyentes. Cada “tomad y comed” es un juicio sobre la distribución injusta de los bienes de la creación. Jon Sobrino lo fundamentó teológicamente: “No hay comunión con Dios sin comunión con los pobres, y no hay comunión con los pobres sin lucha contra la pobreza injusta” (Sobrino, 1999). Así, la Eucaristía se convierte en fuente y culmen de una misión: desmontar los “yugos” (Is 58,9) de un sistema que genera hambrientos y sin-techo. Una celebración eucarística que no suscite esta conversión socio-caritativa, que no nos impulse a “partir nuestro pan” estructuralmente, corre el riesgo de convertirse en lo que Casaldáliga llamó “un rito vacío, ajeno al grito de la tierra y de los pobres” (Casaldáliga, 1977).

La Kenosis de Dios como Clave Hermenéutica de la Violencia
San Pablo, frente a la sabiduría helenística de Corinto —símbolo de prestigio, retórica y poder—, opta por el “kerigma de la cruz” (1 Cor 1,18), presentándose “con debilidad, temor y mucho temblor” (1 Cor 2,3). Esta opción por la kenosis (vaciamiento) de Dios en Cristo no es un mero dato doctrinal, sino el principio hermenéutico decisivo para discernir la presencia de Dios en la historia mexicana marcada por la violencia estructural y directa.

La “sabiduría de este mundo” en México tiene rostros concretos: es la lógica del capital que sacrifica vidas por ganancia, la retórica política que reduce a cifras a las víctimas, y ciertas espiritualidades triunfalistas que ocultan la cruz bajo un aura de éxito. Frente a ello, la Cruz revela un Dios que no está del lado de los verdugos, sino que, en palabras de Jon Sobrino, “asume la condición de víctima para desde allí resucitar y vindicar a todas las víctimas de la historia” (Sobrino, 1991). El “Cristo crucificado” de hoy en México tiene el rostro pluriforme de las familias que buscan a sus seres queridos, de las comunidades despojadas de sus tierras y aguas, de quienes viven bajo el temor cotidiano. Anunciar este Cristo exige a la Iglesia una kenosis institucional: renunciar a toda ambición de poder temporal, para hacerse presente, como Pablo, desde la fragilidad solidaria, escuchando más que enseñando, acompañando procesos de verdad y justicia desde abajo. Solo una fe que se fundamente en este “poder de Dios” (1 Cor 2,5) —que es el poder del amor que se entrega hasta el fin— puede ofrecer una esperanza creíble que no trivialice el dolor.

La Iglesia como Sacramento de un Reino Contracultural
Las metáforas de la sal y la luz en el Sermón del Monte (Mt 5,13-16) definen la identidad misionera de la comunidad discipular. “Vosotros sois” es un don gratuito, pero su pérdida (“si la sal se desvirtúa”) implica la más severa inutilidad. En el México actual, ser “sal” significa ser antídoto contra la descomposición ética (corrupción, impunidad) y dar el “sabor” de una fraternidad posible en medio del miedo. Ser “luz” implica una función profética ineludible: iluminar las causas estructurales de la miseria y denunciar, como hizo Jesús, los mecanismos que generan “tinieblas” (Mt 5,16).

Esta luz no es para el autoreferencialismo eclesial. La advertencia contra ponerla “debajo del celemín” (Mt 5,15) es una crítica a toda tentación de enclaustramiento pastoral. La luz debe brillar en las “buenas obras” que, en el lenguaje bíblico, son las obras de misericordia y justicia. Hoy son las redes de apoyo a migrantes, los comedores comunitarios, las peregrinaciones por la paz, la defensa legal de los vulnerables. Estas obras, cuando son auténticas, no buscan proselitismo, sino, en palabras de Pedro Casaldáliga, “manifestar el Rostro Padre-Madre de Dios, que es Amor comprometido con la vida de los últimos” (Casaldáliga, 2000). El fin último es “glorificar al Padre”, es decir, hacer visible en la historia el Dios del Éxodo que libera.

Hacia una Fe Pública y Sanadora
La síntesis de estos textos traza el camino de una fe pública, profética y sanadora para México:

  1. Una Eucaristía que sea memoria peligrosa, cuestionando toda forma de injusticia y alimentando la voluntad de compartir los bienes.
  2. Una predicación que encarne la kenosis, optando por la solidaridad con las víctimas y renunciando a lenguajes de poder dominante.
  3. Una comunidad que viva como sacramento de frontera, siendo signo visible (sal y luz) del Reino de Dios en las periferias geográficas y existenciales.

La pregunta final no es retórica, sino vital para la credibilidad del Evangelio: ¿Es la Iglesia en México sal que conserva su fuerza profética, o se ha diluido ante los temores? ¿Se nutre de la locura de la Cruz que desenmascara los ídolos del poder y el dinero, o ha ablandado su mensaje? ¿Es una luz colocada en el candelero de la historia, iluminando con valentía las heridas de la nación, o prefiere la penumbra de la neutralidad? La fe que México necesita no es la que bendice el orden establecido, sino la que, desde el ejemplo de Cristo, se convierte en fermento de una sociedad nueva, justa y fraterna. Esa es la auténtica dimensión política de la fe: servir a la polis construyendo, desde los cimientos del amor, la casa común donde quepan todos.

 

Casaldáliga, P. (2000, enero). Carta circular [Carta]. Servicios Koinonía.

Casaldáliga, P. (1977). Creo en la justicia y en la esperanza. Bilbao, España: Desclée de Brouwer.

Sobrino, J. (1991). Jesucristo liberador: Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret. Madrid, España: Trotta.

Sobrino, J. (1999). La fe en Jesucristo: Ensayo desde las víctimas. Madrid, España: Trotta.

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