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P. David Peguero Pérez SX

Francisco, ¿de que ter sirve ganar el mundo entero?

Este 3 de diciembre celebramos la fiesta de San Francisco Javier, patrono de las misiones católicas junto con Santa Teresa del Niño Jesús, y modelo y patrono de nuestra congregación misionera.

Conocer la vida de este grande misionero español, compañero y amigo de San Ignacio de Loyola, impacta y asombra a quien se acerca a él. Francisco Javier era el menor de los cinco hijos que procrearon don Juan de Jassu y doña María de Azpilcueta. Nació el 7 de abril de 1506. A la edad de 19 años comienza sus estudios universitarios en París y aunque la situación económica de la familia había decaído en ese periodo, esta lo siguió apoyando. Por otra parte, Ignacio de Loyola también apoyó a Francisco compartiendo una parte de los recursos que conseguía.

Francisco era una persona llena de cualidades y talentos que hacían de él una personalidad atrayente y alegre. Amante del deporte, era bueno en salto y destacó en campeonatos escolares. En lo académico, Francisco Javier tenía también grandes cualidades y aspiraciones. En 1530 consiguió la maestría en filosofía e inmediatamente después comenzó a enseñar en el Colegio de Beauvais. Una de sus grandes aspiraciones era acceder a un buen puesto eclesiástico cuando volviera a España, de modo que esto le redituase prestigio y recursos económicos. Sin embargo, estas pretensiones no prosperaron. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida?, fueron las palabras del evangelio que Ignacio le dirigió a Francisco para que reconsiderara el rumbo que quería darle a su vida. Francisco terminó cediendo a la gracia que Dios le estaba ofreciendo por medio de Ignacio y acepta unirse al pequeño grupo de amigos que darían inicio a la compañía de Jesús.

Ciertamente, esas palabras del evangelio calaron hondo en la mente y el corazón de Francisco. Seguramente fueron objeto de reflexión continua, al mismo tiempo qué luz y criterio en el discernimiento de la voluntad de Dios. Además, estas palabras del evangelio fueron también objeto de enseñanza para otros. En una carta que Francisco escribió al P. Simón Rodríguez el 20 de enero de 1548, dice que si tuviese la posibilidad de hacer “una merced” al rey (Juan III de Portugal) sería la de solicitarle que tome un cuarto de hora todos los días para pedirle a Dios que le de bien entender y mejor sentir en el ánima las palabras de Cristo: “¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?" Ya que el tiempo apremia y será llamado a dar cuenta de su trabajo y no puede dejar de lado la necesidad de proveer a la India de “fundamentos espirituales”, es decir, de misioneros que prediquen el evangelio.

En otro episodio, en una carta dirigida a sus compañeros residentes de Goa, escrita en Kagoshima el 5 de noviembre de 1549, Francisco recurre a la misma frase evangélica para recordarles que la predicación requiere una verdadera humildad interior. “Acordaos siempre aquel dicho del Señor, que dice: ‘’Porque ¿de qué le sirve el ganar todo el mundo si pierde su alma?”, y esto con la finalidad de evitar el peligro de creer que quien tiene más tiempo en la Compañía va más adelantado en el camino de la perfección, olvidando que “los que en la vía de la perfección no van creciendo, pierden lo que ganaron”.

Seguramente hay más textos de las Sagradas Escrituras que penetraron hondamente en Francisco. He querido mencionar este que forma parte de un momento muy conocido de su vida y que el mismo Francisco usó para ayudar a otros a mejor entender los designios del Señor. En su lecho de muerte, acompañado de Antonio, un cristiano japonés, Francisco pronuncia sus últimas palabras: “En ti, Señor, esperé, nunca quedé defraudado”. Muere en la isla de Sancián, China, el 3 de diciembre de 1552. Su amor, entrega y servicio por los más pobres y necesitados permanecen como un legado de santidad y testimonio para el mundo y la iglesia.

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