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Llamamos Cuaresma al período de cuarenta días (cuadragésima) reservado a la preparación de la Pascua. Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia.

 La Cuaresma más antigua en Roma sólo tenía como días litúrgicos los miércoles y los viernes; en ellos, reunida la comunidad, se hacía la “statio” cada día en una iglesia diferente.  "La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto" (Catecismo de la Iglesia Católica, 540).

El miércoles de Ceniza es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que los cristianos manifiestan el deseo personal de regresar a Dios. Bien vivida, la Cuaresma prepara para una auténtica y profundo regreso a Dios, para participar en la fiesta más grande del año: el Domingo de la Resurrección del Señor. Pues la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en nuestras vidas. Esta es la llamada “segunda conversión” es decir, es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8).

Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) que reconoce que ha pecado, al mismo tiempo, reconoce que tiene un Dios que desea alcanzarlo con su misericordia.

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Sabemos que el número bíblico «cuarenta» tiene importancia, en las Escrituras. El número 40 tiene un significado muy importante en toda la Torá y el Talmud. Trae consigo la idea de cambio o transición, la idea de renovación, de un nuevo comienzo. El número 40 tiene la fuerza de elevar a un estado espiritual.

Cuando una corte rabínica encuentra que alguien es culpable de un crimen, a veces el castigo son azotes. La Torá prescribe que se deben aplicar "cuarenta menos uno". El objetivo es llevar al trasgresor al punto de cambio, transición y expiación.

Después de liderar al pueblo judío durante 40 años en el desierto, Moisés les dijo: “Dios no les dio un corazón para saber, ojos para ver y oídos para escuchar, hasta este día” (Dt 29,3-4). Vemos aquí que al pueblo hebreo llevó 40 años alcanzar un nivel de entendimiento completo. Podemos citar otros ejemplos:

40 días y cuarenta noches duró el diluvio (Gén 7,12); 

40 días emplean los exploradores en el país de Canaán (Núm 14,34); 

40 años vagó el pueblo de Israel por el desierto (Ex 16,35; Núm 32,13: Dt 8,2; Sal 95,10);

40 días y cuarenta noches tardó Elías en llegar al monte de Dios, el Horeb (1 Re 19,8); 

40 días tuvo que llevar Ezequiel la iniquidad de la casa de Judá (Ez 4,6). 

También Jesucristo ha cumplido todo esto, viviendo su cuaresma en el desierto, cuarenta días (Mt 4,2; Mc 1,13; Lc 4,1).

Siendo así, podemos afirmar sin equivocaciones que los cuarenta días que tenemos por adelante es un tiempo propicio para un profundo cambio en nuestra vida, cambiar para mejorar. Volver al primer amor, diria Pablo (1Tm 1,7). Al final de las cuentas la conversión es un cambio, no es un tiempo para sentimentalismos vacíos, sino de decisiones serenas y concretas que nos ayuden a ser mejores personas.

 No hay que olvidarse que la meta que tiende toda la Cuaresma, es la celebración de la Pascua, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza. Las lecturas del miércoles de ceniza (Jl 2, 2 Cor 5 y Mt 6) son llamadas apremiantes a la conversión: “Conviértanse de todo corazón...déjense reconciliar con Dios”. Se trata de iniciar un “combate cristiano contra las fuerzas del mal”.

En su mensaje de cuaresma el papa Francisco nos invita durante ese tiempo de cuaresma a “a la conversión, a cambiar de mentalidad, para que la verdad y la belleza de nuestra vida no radiquen tanto en el poseer cuanto en el dar, no estén tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir”.

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