La juventud siempre se caracteriza por ser aquel extracto de la sociedad que inyecta vitalidad e iniciativa al desarrollo de las comunidades. Para la Iglesia, las circunstancias no son, en manera alguna diferentes. Desde que el papa Juan Pablo II dio inicio a un acercamiento más intenso con la juventud el Domingo de Ramos del 1986 en Roma en lo que fue la primera Jornada Mundial de la juventud, la Iglesia no ha dejado de requerir la participación activa de todos ellos. Desde entonces, las circunstancias mundiales han pasado por momentos complicados y en ocasiones se han tornado bastante convulsivos a causa de la aparición de conflictos bélicos, de graves situaciones de desacuerdos sociales venidos muchas veces de complejas circunstancias económicas en algunos puntos del mundo. También por la aparición o impulso de ideologías tendenciosas que intentan revolucionar la ética y moralidad de la sociedad y sobre todo cuando la vida y/o bienestar o la defensa de la dignidad de algunas personas está en riesgo. La voz personal y social de los jóvenes siempre se ha levantado con gran ímpetu para reclamar el derecho a la vida en el mundo, el derecho a gozar de una herencia ecológica digna y de circunstancias socioeconómicas que les permitan encontrar canales viables que los lleven a la felicidad con un justo equilibrio mundial.

Ante lo anteriormente mencionado, es evidente, que en la actualidad vivimos toda esa clase de complejidades en el mundo, pero de forma simultanea, lo que vuelve más retadora nuestra situación. Muchos de estas dificultades se han agravado a causa de la presencia del controversial Covid 19, a saber: desajustes fuertes en la economía que van desencadenando problemas uno tras otro casi como en efecto dominó. El desempleo creciente, la alta en los niveles de inseguridad, fenómenos de conducta negativa como la violencia extra e intrafamiliar, fruto de los altos niveles de estrés venidos por el constante confinamiento y aislamiento que impiden relaciones interpersonales sanas, entre otros.
Ante este cuadro complejo podríamos preguntarnos: ¿en donde ha quedado la acción de la juventud? Bien, pues es bueno saber que ante estas circunstancias de crisis, los jóvenes han impulsado el espíritu de emprendedores. Muchos de ellos han desatado su gran iniciativa para sustituir las formas tradicionales de convivencia y han impulsado campañas de salud físico/psicológica a través de la práctica del ejercicio y otras técnicas para tener salud en el cuerpo, en la mente y en el espíritu. Pues así también los jóvenes en la Iglesia están a la base de equipos de trabajo parroquiales y comunitarios que son el apoyo de los catequistas y de los sacerdotes para mantener una catequesis novedosa dadas las circunstancias. Es la juventud de la Iglesia, en la mayoría de las ocasiones, la que se encuentra detrás de las cámaras para transmitir las misas, las catequesis, comunicados y otros actos litúrgicos y de información que han sido apoyo fundamental para la contención de la propagación de la ya mencionada pandemia. Mas aún, es la juventud y principalmente laical la que ha impulsado una vivencia evangélica familiar y social que manifiesta que a pesar de que los templos se han cerrado por varios meses, la Iglesia de Jesucristo sigue viva y actual en proyectos de apoyo alimenticio para familias que se encuentran en necesidades materiales con el acopio y distribución de alimentos y artículos de primera necesidad en zonas marginadas. Es esta juventud, en la mayoría de las veces anónima, la que ha salido a trabajar para mantener a los adultos mayores en resguardo y con atención espiritual constante.
Recordemos siempre, la juventud en la Iglesia es esencial, su voz es fundamental, pero su acción es vital.




