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7 Diciembre 2019
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La Palabra

P. Mauro Marsich

II domingo de Aviento A: UNA VOZ CLAMA EN EL DESIERTO

“UNA VOZ CLAMA EN EL DESIERTO”

(Mt 3, 1-12)

Juan el Bautista.

En nuestro caminar hacia Belén nos encontramos, hoy, con Juan el Bautista. Es él, por cierto, una de las mayores ‘figuras pedagógicas’ del tiempo de Adviento, cuya palabra, áspera y dura como la piedra, hace eco a la de los antiguos profetas. Juan es el ‘precursor’ de Jesús. En efecto, ha sido mandado para prepararle el camino y ser su ‘voz’. Como tal, nos dice el evangelista Mateo: “Comenzó a predicar en el desierto de Judea”, invitando al auditorio a prepararse para la inminente venida del ‘Juicio Final’ que, según él, vendría de la mano del Mesías. En el desierto, por cierto, se habían refugiado aquellos israelitas que mantenían, de alguna forma, actitud de ‘resistencia espiritual’ al judaísmo y de ‘fidelidad’ a la predicación de Juan. Juan, en efecto, intenta poner al pueblo en situación de acoger el mensaje del Reino, que se estaba haciendo presente en la ‘persona de Jesús’.

Prepararse, en el mensaje del Bautista, significaba ‘convertirse’ al Señor: “Conviértanse –grita Juan desde el austero desierto- porque ya está cerca el Reino de los cielos”. El ‘Reino’, por cierto, es la buena noticia de Jesús, en vista del juicio final y, también, es el símbolo de Jesús mismo, de esa plenitud de vida, que Dios quiere regalar a quienes estén dispuestos a recibirla.    

La forma de vestirse y de vivir de Juan es claramente austera y conforme a su estilo ‘profético’ de ser y actuar: “Usaba una túnica de pelo de camello –nos relata el evangelista- ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre”. Su presencia, siguiendo el relato evangélico, atraía a los habitantes de Jerusalén y convertía a toda clase de gente, incluyendo fariseos y saduceos. La conversión de estos últimos revelaba el nivel de decepción del Judaísmo. Además, la llegada de Jesús es presentada, por Juan, como el ‘juicio de Dios’ que reprueba la hipocresía del corazón. Por esta razón, Juan, sin rodeos, no tiene dificultad en decirles: “Raza de víboras”. Intenta, en efecto, hacerles comprender que ya no era el momento de la ambigüedad. De facto, la palabra de Dios pide siempre claridad y verdad, desde lo profundo del corazón.

La excusa de que ‘tenemos por padre a Abrahán’ y los privilegios de pertenencia étnica ya no se sostienen para nadie. Ante el Reino, en efecto, que está a punto de irrumpir en la historia y ante el Señor que llega, todos deben ‘cambiar vida’, convertirse y prepararse para acogerlo.

La imagen del Mesías según Juan el Bautista.

Refiriéndose, luego, a la llegada del Mesías, Juan no hace descuentos y lo presenta como un juez severo y exigente evocando, así, las profecías del Antiguo Testamento: “Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego”. Más adelante, refuerza la prerrogativa evocada, con la imagen del ‘bieldo’: “Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. El fuego, que no se extingue, desde luego, ratifica la idea del juicio final, cuyos efectos son ‘eternos’.

Con sincera humildad, a continuación, Juan reconoce la magnitud del Mesías, cuya llegada está anunciando, y reitera la novedad de un nuevo Bautismo de ‘remisión de los pecados’, que sólo Jesús puede establecer. En propósito, Juan declara: “Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han convertido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias”. Luego, exalta la poderosa eficacia del ‘Bautismo en el Espíritu’ de Jesús: “Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego”. Frente al nuevo ‘Bautismo en el Espíritu’ de Jesús, su bautismo de inmersión, símbolo de purificación moral, desaparece. Por cierto, el Bautismo de Jesús purifica y pide, también, ser ‘fuego purificador’.

Motivados por las fuertes palabras de Juan, ahora, nos toca a nosotros prepararnos a la venida de Jesús y recibirlo con fe. El anuncio de Juan, que hemos escuchado, debe llevarnos a examinar nuestra propia vida y a desear purificación. Se hace necesario, por tanto, cambiar de mentalidad y conformar nuestra vida al Evangelio. En pocas palabras, debemos convertirnos al Señor y, de una vez, ser cristianos de ‘tiempo completo’, enamorados de Jesús y felices por dar testimonio de la alegría del Evangelio, ‘EVANGELII GAUDIUM’.  

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