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16 Noviembre 2025
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La Palabra

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario -Ciclo C
P. Rubén A. Macias Sapien SX

“Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”

Jc 21, 5-19

Estimados hermanos y hermanas, las lecturas que acabamos de escuchar nos invitan antes que nada a la esperanza y al compromiso. Las tres lecturas nos lanzan un grito de confianza y valentía. Y es que el fin del año litúrgico y su lenguaje apocalíptico son toda una invitación para que mantengamos aún más nuestra capacidad de descubrir la acción de Dios en nuestros días. Esta debe de ser una convicción en el corazón de todo cristiano: Dios está a la obra en favor de la salvación del género humano, del mundo y de su creación.

Ciertamente, los acontecimientos que nos rodean parecerían decirnos que la acción de Dios y su proyecto de salvación es por demás infructuosa, pues, el mal nos rodea en todos lados; la violencia, la corrupción, la exacerbada maldad del crimen organizado y el descontento popular lo evidencian de manera estrepitosa. En ese sentido, podemos pensar que hablar de esperanza en tiempos de crisis y de no pocas incertidumbres es un contrasentido o una ingenuidad. Porque ante un mundo que parece haber enloquecido; un mundo donde hay tal cantidad de mal y tanto pobre sufriendo al poderoso; un mundo con tanta violencia y desprecio contra el hombre inocente y tantas víctimas de segunda porque se sigue encubriendo, protegiendo e incluso justificando a depredadores absolutamente psicópatas. Un mundo con tantas catástrofes climáticas, guerras, migraciones y convulsiones sociales y eclesiales de todo tipo. En definitiva, en una realidad como la de nuestro México, la esperanza parece no tener cabida. Sin embargo, y aunque parezca que es un despropósito llegar a pensar así, la única manera satisfactoria -humanamente hablando- de enfrentarse a estas terribles realidades es vivirlas con esperanza, una esperanza que nace de la presencia y acción de Dios.

La página del evangelio de hoy (Lc 21,5-19) repetidas veces nos invita a la atención, “cuídense de que nadie los engañe” y sobre todo a evitar el miedo: “que no los domine el pánico”. Es cierto que esos hechos mencionados aparecen en nuestros días con una fuerza increíble y pudiéramos dejarnos llevar por el miedo, por actitudes fatalistas, paralizantes y llenas de pesimismo. O incluso asumir una actitud completamente desatendida, incrédula, indiferente. No podemos asumir la verdad de estas lecturas, sino desde la perspectiva de la esperanza cristiana y de la certeza de la absoluta soberanía de Dios sobre los acontecimientos de la historia entretejidos con el conjunto de opciones hechas por los seres humanos. Esta es la primera afirmación que hoy Dios nos hace y nos invita a creer: Dios está comprometido con nuestra historia y quiere que, junto con nosotros, la transformemos en una historia de salvación.

El profeta Malaquías, en la primera lectura (Mal 3, 19-20) asegura que Dios es fiel y nunca abandona al que le teme y sirve... y anuncia que habrá un día, el Día de Yahvé, el día del Juicio, para colocar a cada uno en su sitio, de hacer el balance de la vida de cada cual, y hacer justicia a quienes han sido objeto de injusticias. Dios es fiel y no renuncia a la vida, a la salvación del mundo y de la humanidad. Recuerden, dice Jesús en el evangelio, todo eso puede pasar, incluso serán perseguidos y todos os odiarán “por causa mía, sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

He aquí la segunda afirmación importante del día de hoy: ante todas estas dificultades, tragedias y demás cosas, no debemos ceder al desánimo que tales síntomas de crisis pudiesen provocar en nosotros, por el contrario, debemos mantener viva la esperanza con los ojos fijos en la salvación y comprometidos con ella: “si se mantienen firmes, conseguirán la vida”. Mantener viva la esperanza, para Jesús, significa trabajar en la construcción del Reino prometido por el Padre y cumplido en su persona. Jesús nos invita a “dar testimonio”, manteniendo una vida comprometida con su Reino; no se conformen con la realidad, por muy trágica que sea, no agachen la cabeza pensando que no hay nada que hacer, por el contrario, todo eso “será la ocasión de que den testimonio de mí”. Para el cristiano, dice San Pablo (2 Tes 3,7-12), no es permitida la pereza, “el que no quiera trabajar, que no coma”, dice tajante. La esperanza en la resurrección no nos debe paralizar, al contrario, nos debe de comprometer. Jesús pide, a los creyentes de estos tiempos tan difíciles, tan semejantes a los descritos por los profetas, nos pide ser testigos, demostrar en dónde tenemos puesta nuestra confianza, por qué valores y estilo de vida hemos optado.

No deberíamos pensar que la esperanza niega el mal. La esperanza no se agota en la espera pasiva ni victimista y mucho menos resignada, sino que urge al compromiso activo con ese destello de luz que se entrevé a tientas en las oscuridades que no dejan ni dejarán de acecharnos. Porque, a decir verdad, si vemos una luz al final de un túnel, ¿nos quedamos esperando a que esa luz nos alcance? ¿No será, más bien, todo lo contrario? ¿No será que nos movemos, que caminamos, que corremos cuanto podemos para lograr alcanzarla? Así es, la esperanza nos hace caminar, ir, confiar, porque está cerca el día de tu liberación, dice la escritura; porque Dios está a la obra todos los días de nuestra existencia.

Estimados hermanos y hermanas, la palabra de Dios de este domingo nos pone ante un deslumbrante contraste: habla de tragedias, catástrofes, pero tambien de una vida abundante, sólida, renovada, salvada, querida por Dios. Y nos pone ahí, en las vicisitudes del tiempo como testigos, llamados a una vida paradoxal, firmemente anclados por la esperanza de las realidades eternas y comprometidos con un mundo nuevo hoy. De esta manera, y sólo de esta manera el creyente se convierte en un ser útil y transformador para el mundo. Solo así podremos hoy volver a ser “luz” para el mundo.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

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