
“Porque mis ojos han visto a tu Salvador…”
Hermanos y hermanas, celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor en el templo. Así es, ya pasaron cuarenta días desde la celebración de la Navidad. José y María se acercan a Jerusalén, a cumplir con las normas judías de purificación. En este cumplimiento de tradiciones, de nuevo se nos presenta una revelación de Jesús como el Mesías, al que todos esperaban, pero solo dos personas, Simeón y Ana, fueron capaces de reconocer. Sobre estos dos personajes quisiera centrar mi reflexión.
Aprovechando la Presentación de Jesús en el templo, la Iglesia celebra hoy la Jornada de la Vida Consagrada y pide a todos los cristianos, primero a orar por los consagrados, pero también pide valorar este estilo de vida de entrega total, llamado a ser luz en el mundo, me refiero a las religiosas consagradas, y los religiosos consagrados.
Retomando la página del Evangelio (Lucas 2, 22-40), reflexionemos sobre la actitud de los dos personajes principales del relato, los ancianos Simeón y Ana. Dos ancianos que tienen un encuentro maravilloso con un niño de cuarenta días, dos ancianos que esperaban la salvación. Un hombre y una mujer que habían llegado al ocaso de sus vidas, y entonces, se encuentran con la luz recién venida al mundo. Fue un encuentro tan especial que los dejó maduros para morir. Así lo confiesa Simeón: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz». Creo que estos dos ancianos tienen mucho que enseñarnos hoy a nosotros, que, como ellos, esperamos y confiamos en la llegada del Salvador de nuestro mundo. ¿Qué aprendemos de estos dos ancianos? ¿Qué nos pueden enseñar para fortalecer nuestra espera, nuestra esperanza en el salvador?
Los invito a reflexionar sobre algunas de las actitudes que podemos asumir para recibir esta luz, para recibir a Jesús y su acción salvadora en el caminar diario de nuestra fe, de nuestra vida espiritual, de nuestra vida al servicio de la sociedad y de la humanidad; esto lo digo, pues si reciben esta luz, no es para ponerla debajo de la cama, sino en todo lo alto para iluminar a todos los demás, iluminar a quienes, en nuestra sociedad, andan en tinieblas.
Una primera actitud que quisiera resaltar es la alegría. La alegría de estos dos ancianos que, con la ayuda del Espíritu Santo, descubren a Jesús no solo como un hombre especial sino como Dios. Ante tal acontecimiento, Simeón, con el Niño Jesús en sus brazos, estalla de alegría: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Y de esa misma alegría goza Ana, que le lleva a hablar del Niño a “todos los que aguardaban la liberación de Israel”. Vivamos esta jornada en la alegría, vivíamos nuestra vida cristiana en la alegría, nuestro servicio por un mundo nuevo, un mundo mejor en la alegría. El cristiano no puede tener cara de panteón, dice el Papa Francisco; si hemos recibido la luz de Cristo, nuestros rostros deben de ser iluminados, alegres, vivos. Dios está con nosotros.
Nuestra vida cristiana y nuestro compromiso por el prójimo deben de ser vividos en la alegría, ¿pero, Por qué? Porque somos capaces de “ver al Salvador”, de descubrirlo y entusiasmarnos ante su presencia. Me pregunto aún más: ¿qué vio Simeón y Ana de especial en ese niño? La ofrenda que entregaron, dos tórtolas, dos pichones, era la ofrenda de un pobre; ¿qué tenían de especial José y María, sus padres? Nada, Simeón y Ana vieron las cosas, “movidos por el Espíritu” dice San Lucas, y he ahí el origen de su secreto; su capacidad de dejarse guiar por el Espíritu para descubrir en la pequeñez, sencillez y humildad de esta familia, de este acontecimiento, la gracia de Dios. Y esta es la segunda actitud que les invito a cultivar; dice san Lucas de Simeón, “en él moraba el Espíritu Santo”. Hermanos, hermanas, estamos llamados a darle lugar, habitación, importancia al Espíritu Santo para vivir nuestra vida cristiana y “ver, distinguir, recibir y proclamar” la presencia del Salvador, la cercanía de Dios en la pequeñez de su proyecto, en la sencillez de su vida y de su palabra.
Fíjense, hermanos y hermanas, hoy también celebramos la jornada de la vida consagrada, esta actitud es importante para entender lo que significa consagrarse al Señor a la luz de Simeón, de Ana, de José y de María. Porque a través de la vida consagrada, a través de tantas mujeres y hombres que eligen consagrarse por entero al amor de Dios y de su pueblo, Dios mismo se hace cercano a los suyos en el amor y la misericordia, en la pequeñez y en la debilidad, en la ternura y la cercanía. Los religiosos somos hombres y mujeres de luz, habitados por la luz, por el Espíritu; es verdad que somos vasijas de barro, frágiles y fracturadas, pero a través de nuestras rendijas se cuela al mundo la luz de Dios, una luz hermosa, nítida. Y nuestro barro fracturado luce derramando la misericordia que nos mantiene siendo vasijas portadoras de la luz que nos ha amado y perdonado desde siempre y con intensidad.
Una última actitud: la paciencia. Simeón y Ana esperaron pacientemente la manifestación del Salvador; no una paciencia pasiva, sino confiada y en el servicio. Ana “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”, Simeón aguardaba y subía a diario al templo. Creo que hoy nos hace falta crecer en paciencia, ante la situación actual; violencia, corrupción, crisis económica, política, social; en la iglesia también, crisis de fe, crisis de vocaciones. Retomando una homilía del Papa, decía sobre esta paciencia de Simeón y Ana: “durante toda su vida esperaron y ejercieron la paciencia del corazón". En la oración, Simeón aprendió que Dios no viene en acontecimientos extraordinarios, sino que realiza su obra en la aparente monotonía de nuestros días, en el ritmo a veces fatigoso de las actividades, en lo pequeño e insignificante que realizamos con tesón y humildad, tratando de hacer su voluntad. Simeón aprendió que Dios es paciente. Fijémonos en la paciencia de Dios y la de Simeón y preguntémonos: ¿qué es la paciencia? Indudablemente, no es una mera tolerancia de las dificultades o una resistencia fatalista a la adversidad. La paciencia no es un signo de debilidad: es la fortaleza de espíritu que nos hace capaces de “llevar el peso”, de soportar: soportar el peso de los problemas personales y comunitarios, nos hace acoger la diversidad de los demás, nos hace perseverar en el bien incluso cuando todo parece inútil, nos mantiene en movimiento aun cuando el tedio y la pereza nos asaltan”. Qué importante es vivir nuestros procesos personales con esta paciencia; que fácil es caer en el pesimismo, la crítica, en el cuestionamiento de todo y de nada, cuando no vivimos la paciencia. Simeón fue testigo de la decadencia del templo, pero no desesperó; ahí estuvo hasta “ver al Señor”.
Hermanos y hermanas, vivamos con alegría y paciencia nuestra vida cristiana, nuestro compromiso por el mundo, buscando siempre “ver al Señor, al que has preparado para bien de todos los pueblos, luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo”. Pidamos también por los religiosos y religiosas del mundo entero, para que sigan siendo luz en medio de nuestra sociedad tan llena de oscuridades; que Dios nos dé muchas vocaciones santas a la vida consagrada.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero Xaveriano

