
“Levántate y ponte ahí en medio”
El pasado jueves celebramos la solemnidad del “Cuerpo y la Sangre de Cristo”. El jueves de la semana anterior, celebrábamos además la fiesta de “Jesús Sumo y eterno Sacerdote”. Es una secuencia lógica, puesto que no hay ministerio sacerdotal sin eucaristía, ni es posible la Eucaristía sin el Sacerdocio. Pero tampoco es posible vivir la eucaristía y ejercer nuestro sacerdocio sin tomar en cuenta al que sufre, al que tienen “la mano tullida”. Hoy el evangelio nos invita a continuar esta secuencia lógica, no podemos vivir la eucaristía sin poner al ser humano al centro de nuestra vida; fortalecidos con la Eucaristía, pongamos el centro al ser humano y sus necesidades. No podemos ejercer un verdadero sacerdocio si no es al servicio del ser humano, al servicio de sus necesidades y de su bien.
El evangelio de hoy relata dos momentos en los que Jesús y su propuesta de vida entran en conflicto con las costumbres de los fariseos: primero, sus apóstoles, teniendo hambre, arrancan espigas de los campos, violando así la ley del sábado; segundo, Jesús entra en la sinagoga y cura, dentro del templo y en día sábado, a un tullido. Dos afirmaciones de Jesús atraen nuestra atención: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”, y segunda afirmación: “levántate y ponte allí en medio”; las dos afirmaciones tienen un común denominador: el deseo de Jesús de poner al ser humano y su bien por encima de toda ley, al centro de toda acción religiosa.
En primer lugar, Jesús se presenta como alguien con más autoridad que el mismo Moisés, personaje sobre el cual los fariseos quieren justificar la ley divina. La afirmación de Jesús: «el Hijo del hombre es señor del sábado» (v. 8) tiene un significado muy fuerte. Jesús reubica el ser humano al centro del verdadero culto, rendir honor a Dios no puede estar separado de la atención y cuidado del ser humano que Dios ha creado y que ama. Por ello, no se puede absolutizar la observancia de las leyes y normas. Tampoco ponerlas por encima del mismo ser humano y su bien; todo culto nos debe llevar a un compromiso por el bien del hombre, en particular de aquellos que sufren y están en dificultad, como son los discípulos o el tullido del evangelio.
En el relato de la creación vemos que Dios crea todo y lo pone al servicio del hombre (Gén 1,26-30). En efecto, «el hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma» (Gaudium et Spes, 24). Por eso no puede ser instrumentalizado para ningún fin. Las normas, los planes, las tareas, la política, la economía... todo, absolutamente todo, debe estar al servicio del hombre, y no al revés. Utilizar a las personas es degradarlas, es rebajarlas de la dignidad en que Dios las ha constituido. ¡Qué importante sería entender esta afirmación en un día como hoy, día de elecciones!
El Dios de la misericordia, lo que reclama es la práctica de la misericordia y no los sacrificios, ni mucho menos las leyes ni las ideologías. Y es eso lo que Jesús nos ha demostrado con su vida, Jesús, nuevo Moisés, ha querido poner al tullido al centro, a la vista de todos; ha querido curar al leproso, tocarlo incluso (prohibido por la ley), ha querido reintegrarlo en la comunidad, sin autolimitarse por los prejuicios o por normas; Jesús se atreve a manifestar actitudes distintas, contrarias con tal de mostrar misericordia. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos y reintegrar a todos en la familia de Dios. Aunque eso pueda escandalizar a algunos o implique ir contra corriente. Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo. Él ha querido integrar a los marginados, salvar a los que están fuera del campamento, y poner al centro de la sinagoga “a los tullidos” de la vida. Se trata de dos lógicas, dice el papa francisco, que entran en choque y que estamos llamados a identificar para optar por aquella de Jesús: Son dos lógicas de pensamiento y de fe: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. (Homilía de S.S. Francisco, 15 de febrero de 2015).
Hermanos, como Jesús tengamos el valor, la osadía de ir contra corriente para mostrar misericordia; seamos capaces de poner siempre al centro el bien del ser humano, del otro, más allá de nuestras “leyes personales”, más allá de normas, ideologías, partidos políticos o cualquier justificación: “ponte allí en medio” y entonces: “extiende tu mano”, es decir: te libero de todo aquello que te tiene en esa impotencia, incapacidad: te regreso tu dignidad de ser humano y te doy la posibilidad de recomenzar a vivir, de integrarte en la sociedad y puedas de nuevo, con tu mano liberada, abrazar al otro, que es y será siempre tu hermano y que trabajes por el bien común.
Estimados hermanos, ayudados por la Palabra de Dios, vivamos esta jornada electoral, liberados de todo aquello que nos impida poner al ser humano y al bien común al centro de nuestro deber cívico. “Santifiquemos” este día, como nos pide la primera lectura, cumpliendo la voluntad de Dios, que es la vida del ser humano, el bien común y no “la ley”, la ideología o el interés de uno u otro grupo. Que Dios ilumine nuestro pueblo y la paz reine en los corazones de todos.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx
Misionero xaveriano

