
“¿Por qué tienen esas dudas en vuestro corazón?”
Queridos hermanos y hermanas, llegamos al tercer domingo de Pascua y Jesús viene de nuevo hacia nosotros para ayudarnos a creer, a madurar en la fe. Ciertamente, creer en la resurrección de Cristo y en la nuestra es algo difícil, que no se alcanza de la noche a la mañana, incluso a pesar de escuchar a aquellos que “lo han visto y oído”, aquellos que ya han hecho su propia experiencia, como escuchamos en el evangelio de hoy (Lc 24,35-48).
En él se nos presenta a los discípulos llenos de dudas, ante la repentina presencia de Jesús resucitado. "Jesús les dice: –¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen estas dudas en su corazón? ... Les enseñó las manos y los pies. Pero ellos no acababan de creerlo...". Los discípulos están reunidos y escuchando a los dos de Emaús que cuentan “lo que les había pasado en el camino y como lo habían reconocido…”; ciertamente están también Pedro y Juan, María Magdalena y aquellos otros a quienes por primero Jesús se les apareció y, a pesar de ello, “ellos no acababan de creerlo…”.
Hermanos, quizá también nosotros, como los apóstoles del evangelio, “no acabamos de creerlo”, hay tantos motivos para dudar, para no terminar de creer; quizá como los apóstoles nos preguntamos: ¿Todo eso de Jesús resucitado no será una imaginación piadosa, y, por tanto, Cristo un fantasma de novela ficción? Y si en verdad resucitó como parte de un proyecto de salvación, ¿Qué sentido tiene si el mal del mundo no termina, si seguimos en violencia y deshumanización, la misma que mató a Jesús?
Preguntas tremendamente actuales en medio de nuestro proceso cultural de secularización, de las inseguridades y los miedos que nos afectan como comunidad de creyentes; el reto de tener que cuestionar y profundizar en la imagen que tenemos de Dios y de su modo de obrar, que no coinciden con nuestras expectativas, procesos y ritmos; la responsabilidad de tener que seguir anunciando al Resucitado y seguir viviendo del Resucitado y como Él en medio de este mundo. Cierto, los tiempos han cambiado y efectivamente ya no es tiempo de “creer a ciegas», la tecnología, la ciencia, la razón, la multiplicidad de ideologías y filosofías que escuchamos y encontramos en nuestro camino existencial, la falta de testigos auténticos y tantas razones más hacen dudar a muchos de nosotros.
Ante ello, en el evangelio de hoy descubrimos a un Jesús que toma en serio las dudas de sus apóstoles y los acompaña en su proceso de fe, les da medios, signos, les muestra las manos y los costados, los invita a comer, les explica las escrituras, como todo un pedagogo, con paciencia y convicción. Los apóstoles no eran unos ingenuos, Jesús lo sabe y lo acepta, puesto que la fe no es un rendirse sin más ante la evidencia, ya que el Señor no quiere «imponerse», sino que es la respuesta libre a una llamada, una respuesta que se da gracias al encuentro con él y a un proceso de interiorización y de madurez que cada creyente debe hacer: “Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse…”, les dice.
Hermanos, podemos afirmar que la fe no es nunca una certeza absoluta. Que lo normal es tener dudas. Nadie, que de verdad se haya arriesgado a creer, puede decir que alguna vez no lo han sorprendido las dudas frente a las verdades que confiesa y que han formado parte de su vida. Según vamos avanzando en la vida y vamos acumulando experiencias, aparecen unas dudas y otras. Por ello, “no teman”, como dice Jesús en el evangelio; “soy yo”, él está en medio de nosotros para acompañarnos y llevarnos a crecer en la fe madura. Para ello, nos invita a reconocer algunos medios indispensables para hacer este crecimiento en la fe. Primero: permanecer en comunidad. En la lectura de hoy, como en otras lecturas, lo vemos siempre acercándose a los discípulos reunidos, de hecho, hoy vimos cómo los de Emaüs regresan y se integran de nuevo a la comunidad. Segundo: el compartir el pan, la eucaristía. Jesús hoy les pide “algo de comer”; la comunidad reunida alrededor de la Eucaristía será siempre el lugar para encontrarse con él y caminar en la fe. Así como la escucha de la Palabra: “entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las escrituras…”; en la escucha de la Palabra Jesús nos educa y nos fortalece la fe.
Por último, Jesús, al acompañarnos en nuestros procesos de maduración en la fe, no lo hace solo para liberarnos de los miedos, del temor o de la incredulidad, sino sobre todo para hacernos testigos de su resurrección. Jesús nos quiere testigos apasionados y no inseguros. Nos quiere testigos gozosos, que vivan lo que predican y que no tengan fronteras ni límites: “en su nombre se ha de predicar a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios…, ustedes son testigos de esto”.
Hermanos y hermanas, dudar es comprensible, pero ante Jesús que se acerca a nosotros para acompañarnos en nuestra fe y enviarnos a la misión no nos queda más que responder: Aquí estoy, Señor, aumenta mi fe y envíame.
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx.

