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9 Diciembre 2023
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La Palabra

II Domingo de Adviento - Ciclo B
P. Rubén A. Macias Sapien sx

“Consuelen, consuelen a mi pueblo”

Mc 1, 1-8

Estimados hermanos y hermanas, llegamos a la segunda semana de Adviento, y, como cada año, también hoy, nos acompañan algunas figuras importantes en la Historia de la Salvación. Hoy aparece la primera de ellas, es Juan el Bautista. El mayor de entre los nacidos de mujer (Lc 7, 28), según dijo el mismo Jesús. En los próximos domingos nos dejaremos interpelar por la experiencia de la Virgen María, de san José, pero hoy hablamos del Bautista.

Tanto en el personaje que el evangelio nos presenta hoy (Mc 1,1-8), como en los otros, hay una realidad que los une: en ellos se cumple un proyecto que va más allá de ellos mismos, un proyecto de Alguien “que es más poderoso que yo”, dice hoy el bautista, “de quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias” añade él. Esta es una primera afirmación que estamos invitados a reflexionar: “He aquí que Yo envío a mi mensajero, a preparar tu camino…”, Juan el Bautista; María, José, tú, yo, todos somos mensajeros enviados por Alguien que tiene un proyecto de Salvación y que espera de nosotros acciones concretas para realizarlo. Todo en el Adviento nos refiere a ese Dios que ha mirado con compasión el sufrimiento de su pueblo, un Dios atento a la necesidad de nuestra humanidad y que decide actuar enviando a sus mensajeros con consignas llenas de misericordia y de amor, pues ese Dios se presenta y define como el consolador, quien “no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan” y que de inicio “un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia”, como nos recuerda hoy san Pedro. (2 Pedro 3,8-14).

¿Cuáles son esas consignas? “Consuelen, consuelen a mi pueblo. Hablen al corazón de Jerusalén” (Is 40,1-5. 9-11), es la primera de ellas: Consolar significa estar con el que se siente solo, con el que sufre, con el que se encuentra en dificultades y aliviar su carga, calmar su inquietud, fortalecer su fragilidad, suavizar la angustia; y entonces “hablarle al corazón”, darle esperanza porque “Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor…, como Pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderos...”.  La imagen habla por sí sola; la llegada del salvador llena de esperanza, el corazón de quien sufre y espera. He ahí nuestra misión cristiana en estos tiempos difíciles. El consuelo ensancha la esperanza y fortalece el coraje para afrontar las realidades de dolor, de injusticia, de ausencia de Dios, en fin, de pecado. Hoy la Palabra de Dios nos invita, como lo hizo con Juan Bautista, a ser nosotros los portadores de tal palabra de consolación, ser “voz” de esta Palabra de Dios: “Anuncia a los ciudadanos de Judá: Aquí está tu Dios. ¡Aquí llega el Señor!” El tiempo de Adviento ha de ser tiempo de consuelo para los desconsolados de la existencia. Valdría la pena preguntarnos: ¿Estamos preparándonos para ser consuelo y hablar al corazón de nuestros hermanos en dificultad? Y miren que son tantos.

Una segunda consigna tiene que ver con la conversión, con el cambio de toda realidad que produce tal sufrimiento, tal desolación, en fin, ser esa “voz que clama en el desierto: preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”, “que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane”. ¿En qué consiste esta conversión y que significan estas imágenes, estos símbolos? Dice el Papa Francisco: “Ante todo, estamos llamados a rellenar los barrancos causados por la frialdad y la indiferencia, abriéndonos a los demás con los mismos sentimientos de Jesús, es decir, con esa cordialidad y atención fraterna que se hace cargo de las necesidades del prójimo, con una atención especial por los más necesitados. Después es necesario rebajar tantas asperezas causadas por el orgullo y la soberbia. (…) El creyente es aquel que, a través de su hacerse cercano al hermano, como Juan el Bautista, abre caminos en el desierto, es decir, indica perspectivas de esperanza incluso en aquellos contextos existenciales tortuosos, marcados por el fracaso y la derrota”. (Ángelus, 9 diciembre 2018)

Juan fue para su tiempo un rayo de luz, una lluvia de justicia, una llamada a la conversión. Sus contemporáneos le preguntaban: “¿qué tenemos que hacer?”, su respuesta era clara y siempre vigente: “El que tenga dos túnicas – símbolo de riqueza, entonces – que dé una a quien no tiene, y el que tenga de comer, que haga lo mismo”. A unos recaudadores que fueron a bautizarse les dijo: “No exijan más de lo que tienen establecido”, y a unos soldados que se le acercaron les recomendó: “No hagan violencia a nadie ni saquen dinero; confórmense con su salario”. Consejos dignos de ser tenidos en cuenta también veinte siglos después. Por todos. Cada uno en lo que pueda. Compartir, hacer justicia y la no violencia, fue el resumen de su mensaje. Si su doctrina se pusiera en práctica hoy, «otro gallo cantaría» a nuestra sociedad que ha tomado la injusticia y el desorden como ley y norma de vida.

Hermanos, hermanas, es tiempo de Adviento y el Señor nos envía como sus mensajeros a preparar su camino; Juan el Bautista nos muestra la manera para lograrlo. Vayamos, consolemos a nuestro pueblo; trabajemos por nuestra conversión y la de aquellos que nos rodean. “Por lo tanto, queridos hermanos, -nos dice Pedro en la segunda lectura-, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche”.

P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Misionero xaveriano

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