
"Salió el Sembrador a sembrar..."
La liturgia de hoy nos ofrece la parábola del sembrador (Evangelio: Mt 13,1-23), considerada como la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios!
Un primer punto que les invito a reflexionar es la afirmación con la cual Jesús comienza su enseñanza: “Una vez salió el sembrador a sembrar y al ir arrojando la semilla…”. El sembrador del texto es Jesús. Ha salido de su casa a “sembrar” y lleva consigo la semilla, que es su Palabra y su vida entregada a la realización del Reino. Él siempre sale, lo suyo es el movimiento, es un Dios que no calla, siempre nos da su Palabra, siempre, tambien hoy. La semilla contiene el germen de la auténtica vida humana, la que es plena, inmensamente gozosa y poderosa, capaz de dar vida, la semilla “no volverá a mi sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”, decía la primera lectura (Is 55, 10-11). Así es hermanos y hermanas, Jesús siempre sale, siempre esta en movimiento, siempre lanza la semilla, no importa donde, él siempre esta a la acción. Él no se pone a seleccionar los mejores terrenos, Dios no descarta a nadie, en todas partes espera lograr la vitalidad de su semilla, el desarrollo de su vida, ofrecida a todos gratuitamente. Por eso no cesa de sembrar, de darnos su Palabra, tambien hoy, para ti, para mí, para las personas de esta época tan convulsa, Dios sigue actuando, Dios nos sigue hablando, Dios sigue arrojando su semilla en los campos de cultivo que somos nosotros, los cristianos de “oídos atentos”, “dichosos ustedes porque sus ojos ven y sus oídos oyen”. La primera actitud que les invito a mostrar hoy es la gratitud y alabanza ante un Dios siempre en acción. Mantengámonos a la escucha de su Palabra.
Una segunda reflexión me invita al cuestionamiento; de hecho Jesus en el evangelio describe la realidad de muchos cristianos, de muchas personas de nuestra época: “Hay gente que aún viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden y esto sucede porque han endurecido su corazón, han cerrados sus ojos y tapados sus oídos”. Al escuchar esta frase me pongo a pensar en la sociedad en la que vivimos, de hecho, es una bella descripción de lo que hemos sido en los últimos tiempos: todos estamos viendo la destrucción de la naturaleza y …, preferimos cerrar los ojos; todos sufrimos las consecuencias de la corrupción, de la violencia, de los malos gobiernos y…, cerramos los oídos. Nuestro sistema económico, nuestro sistema de sociedad nos está llevando al colapso y, a pesar de verlo, no lo vemos. Dios nos ofrece caminos de solución y no lo oímos, o como dice Mateo claramente: “porque no quieren convertirse ni que yo los salve”. Valdría la pena preguntarnos: ante el sembrador que sale a sembrar, ante un Dios que quiere salvarnos y una sociedad que nos lleva a una deshumanización cada vez más profunda ¿Qué hacemos? ¿Qué actitud tomamos?
Tercera reflexión o invitación: “Pero dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”. Hermanos esta bienaventuranza esta dirigida a todos nosotros, a ustedes que aceptan escuchar y recibir la palabra de Dios, a ustedes que trabajan su corazón para hacer de él un terreno de cultivo donde la semilla de Dios dará su fruto, “unos el ciento por uno, otros sesenta y otros treinta”. El sembrador sale a sembrar, esa es nuestra esperanza, es generoso y esparce a manos llenas la semilla de su Palabra, para que ésta produzca fruto se requieren al menos dos condiciones: que la semilla sea buena y de buena calidad, mucho mejor si es seleccionada; el segundo requisito es sobre el terreno: sea apropiado, fértil, limpio, desyerbado, bien cultivado y abonado, regado. En este caso, sabemos y creemos firmemente que la semilla, la Palabra de Dios, es por sí misma y por su naturaleza, sin duda buena, eficaz, capaz de producir frutos de bien. Eso lo creemos y con esta certitud debemos abrirnos a su acción, con esta esperanza multipliquemos los espacios, los momentos para que esta semilla caiga en nosotros y trabajemos para que caiga en los corazones de los demás.
Ahora bien, conscientes de la acción de Dios que no cesa en darnos su Palabra, lo que debemos cuestionarnos en este momento es sobre la calidad del terreno que somos, sobre lo fértil de nuestro campo de cultivo: nuestro corazón. ¿Qué tipo de terreno somos? ¿Qué es lo que lo caracteriza? Podemos ser duros para entender la palabra de Dios, como el camino; o inconstantes en nuestra fe, en nuestra vida espiritual, alegrándonos por unos ratos, pero sin dejar que la semilla eche raíces, o vivir preocupados por otras cosas, centrándonos en lo material, las riquezas o lo simplemente lo sensible sin darle espacio a nuestra realidad espiritual. ¿Qué terreno somos actualmente? Al responder a esta pregunta Jesús te invita a trabajarte, a “desyerbar” tu terreno, a limpiarlo; ¿Por qué esperar si el sembrador ya salió a sembrar? ¿Por qué mantener nuestro terreno infértil si la semilla está siendo lanzada?
Vivamos pues abiertos a su palabra, alimentemos nuestro corazón hasta el grado de hacerlo buena tierra y, unidos al sembrador que sale a sembrar, hagamos fructificar esa semilla pues el mundo en que vivimos necesita alimentarse del pan de nuestra vida cristiana, del pan de nuestra fe. Seamos campo de cultivo al servicio del Reino de Dios y de esta humanidad hambrienta del verdadero pan de vida.

