
¡Lázaro, sal de ahí!
Queridos hermanos, estamos casi llegando al final de nuestro camino cuaresmal, estamos en el quinto domingo y hoy nuevamente Jesús nos invita a mirar hacia la Pascua, hacia la nueva vida que él nos da, que él nos trae. Los domingos anteriores, Jesús se había presentado a nosotros como aquel que responde al hombre herido por la sed, la insatisfacción y la ceguera. Él, en persona, es el agua que sacia nuestros deseos más profundos y la luz que ilumina la obscuridad de nuestras vidas, así reflexionábamos los domingos pasados. En este domingo nos sitúa ante la realidad de la muerte, y nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 1-45). Nos invita pues a creer. Resumiendo, en estos últimos domingos de cuaresma quedan resaltados los tres momentos del itinerario de la fe: conversión, iluminación, comunión. La samaritana es, sobre todo, conversión; el ciego de nacimiento es iluminación; la resurrección de Lázaro destaca la vida nueva que nos viene de la comunión con el Señor muerto y resucitado. Este ha sido nuestro caminito cuaresmal que nos ubica hoy ante esta verdad: Jesús es quien nos da la vida, él es la “resurrección y la vida”.
Profundizando en los textos de hoy, las tres lecturas traen un mensaje central: En las situaciones sombrías de nuestra existencia no estamos solos. Hay una Presencia de amor en la que existimos, nos movemos y somos. Cuando nos abrimos a esa Presencia y nos dejamos seducir por ella -es lo que significa la fe- somos capaces de vencer a la muerte. Y el Espíritu suscita en nosotros esa fe o confianza en que, ocurra lo que ocurra, nuestro destino es la vida.
En la primera lectura (Ez 37,12-14) el profeta se dirige al pueblo de Israel, el cuál está sufriendo la experiencia del exilio, la pobreza y la explotación bajo el mando de Babilonia; y la palabra dirigida es una Palabra de esperanza: “Yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel”; para lograrlo Dios se compromete “a infundir en ellos su Espíritu”; esta es la condición indispensable, recibir al Espíritu de Dios y dejarse mover por él, sólo así podremos luchar contra toda ideología que impone la ley del más fuerte; contra toda división, marginación e injusticia. Sólo en la obediencia a su Espíritu podremos encontrar de nuevo la vida.
En la segunda lectura (Rm 8,8-11), San Pablo nos sitúa en esa disyuntiva entre una vida desordena y egoísta, y la propuesta del Dios de la vida, es decir: llevar una” vida conforme al Espíritu” y así poder dar frutos de vida plena, esos frutos que el Espíritu da a quienes son obedientes a su acción; recodemos esos frutos, ellos son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza.
El evangelio nos presenta finalmente el motivo por el cual Jesus ha venido al mundo: dar la vida; vencer toda realidad de muerte y convertirse, para todo el que crea en él, en resurrección y vida. Todo para Jesús es ocasión para mostrar la gloria de Dios, que no es nuestra muerte, sino nuestra vida. «Esta enfermedad, nos dice hoy, no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Así es hermanos, estamos llamados a interpretar todo acontecimiento desde la luz de la fe, incluso los acontecimientos más dramáticos y difíciles de nuestra vida y ante ello glorificar a nuestro Dios. Estamos llamados a creer en la cercanía de Dios ante todas nuestras realidades, aun las difíciles, una cercanía marcada por la compasión y por el amor. A Jesús le importamos, Jesús no duerme, indiferente en nuestra barca al borde del colapso, Jesús, dice el evangelio de hoy “se conmovió hasta lo mas hondo”. El dolor que Jesús experimenta por la muerte de Lázaro y el sentimiento de intima compasión hacia Marta y María, sumidas en profundo desconsuelo, le arrancan lagrimas también a Él; de hecho, dice el evangelista: “Jesús se puso a llorar”. Nuestro Dios es un Dios cercano, compasivo, que asume nuestro dolor y sufre con nosotros, llora con nosotros.
Pero Jesús no solo asume nuestro dolor, lo redime, lo salva porque él ha venido para que tengamos vida. Ante las lagrimas de Marta, ante nuestras lagrimas Jesús nos dice: “Tu hermano resucitará”. Quizá nosotros, igual que Marta diremos: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Pero Jesús hoy, ante nuestros sepulcros cerrados, ante nuestras realidades de muerte, nos quiere decir de modo tajante: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Esta pregunta dirigida a Martha nos es dirigida a todos nosotros, peregrinos en este camino cuaresmal.
Inmediatamente a la proclamación de fe de Martha Jesus hace algunos gestos por demás significativos: se acerca al sepulcro, pide retirar la losa y llama a Lázaro: “Lázaro sal de ahí”, finalmente pide que lo desaten para que pueda andar. Estos gestos rompen toda lógica y manifiestan el poder salvador de Jesús y el camino que como cristianos debemos recorrer para traer de nuevo la vida al mundo.
Necesitamos “acercarnos” a todos esos sepulcros donde yace inerte el hombre de hoy, acercarnos a toda realidad de muerte, llorar ante ello, pero tambien comprometernos a “quitar toda losa” que encierra al hombre de hoy en un sepulcro, es decir quitar la losa del egoísmo, de la injustica, de la maldad; quitar la losa del egoísmo que invade al hombre de este siglo, a ese Lázaro que Jesús ama, y que lo ha llevado hasta la enfermedad, hasta el sepulcro. Los sistemas económicos injustos en que vivimos, la sociedad misma y nuestro estilo de vida nos han enfermado hasta la muerte, nos han llevado al sepulcro. Lázaro es el hombre de este siglo que necesita revenir a la vida, que necesita una nueva oportunidad para “salir” de ese sepulcro y recomenzar de nuevo, teniendo a Cristo y su Palabra como guía en esta nueva vida, aquí, en nuestro mundo, en espera de la resurrección final.
“Lázaro, sal de ahí”; hombre de este siglo, sal de ahí, sal de ese sepulcro, retoma la vida que Jesús te da; Jesús nos invita a salir de la cueva, de la fosa, en la que nos encontramos. Nos invita a reconocer que no tenemos fuerzas para salir nosotros solos. Nos tiende la mano y nos saca a la luz. Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Nosotros lo sabemos y lo hemos experimentado, su Palabra nos ha liberado, nos ha “desatado” de nuestros egoísmos. Vayamos y desatemos al hombre de hoy de todas sus ataduras de pecado. Seamos misioneros y desatemos a todos aquellos a quienes Jesús grita: “Lázaro Sal de ahí”. Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestro destino: la vida plena en Jesús. Vayamos y démosle la oportunidad al hombre de hoy, de experimentar lo mismo que nosotros: la nueva vida que Jesús nos trae.
¡Vivamos pues de la vida nueva que Cristo nos da!

