Skip to main content
26 Septiembre 2022
451 vistas

La Palabra

XXVI Domingo ordinario C
P. Rubén Antonio Macías Sapién

No más abismos, es tiempo de solidaridad

Lc 16,19-31

El domingo pasado la palabra de Dios nos invitaba a reflexionar sobre la actitud que como creyentes hemos de tener ante la riqueza y el uso del dinero. Hoy nuevamente la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestra fe y la realidad social de nuestro entorno. Nuevamente el tema del bien común viene al centro de nuestra reflexión.

Muchas veces caemos en el error de pensar que nuestra vida de fe tiene que ver solo con comportamientos morales en los cuales, lo mas importante es que yo esté bien, que me sienta bien y en paz conmigo mismo. La sociedad de hoy nos pide exactamente vivir así, dejar el campo de nuestra fe y de nuestra práctica religiosa a la sola vida privada, a la decisión personal de cada individuo. La palabra de Dios hoy es clara, nos invita a agrandar un poco nuestra mirada y a hacer una reflexión un poco más amplia de cómo nos comportamos en la vida cotidiana y como nuestros comportamientos afectan a los demás, sea por acción, por omisión, por negligencia o por indiferencia. Nuestra manera de vivir siempre tiene una repercusión social.

Hoy Jesús nos enseña nuevamente a trabajar por el bien común a través de una parábola (Lc 16,19-31), conocida por todos nosotros, la parábola de Lázaro y el rico, llamado Epulón, por su manera opulenta de vivir. No caigamos en el error de excluirnos ante esta parábola con la justificación que la mayoría de nosotros no pertenecemos ni a uno ni a otro grupo. No estamos entre los “Lázaros” de este mundo. Podemos disponer de lo mínimo y un poco más, a veces hasta bastante más. Pero tampoco nos parecemos al rico del que habla la parábola ni a esos ricos de nuestro mundo que frecuentan unos ambientes donde nosotros mismos seríamos vistos como “andrajosos Lázaros”. No pensemos que la parábola no tiene nada que decirnos. Sencillamente no se dirige a nosotros.

Hermanos, Vivir en cristiano significa abrir los ojos para ver más allá de mis intereses y deseos, de lo que me gusta. Vivir en cristiano es interesarme por mi hermano hasta dar la vida por él. Exactamente como Jesús hizo. Si lo que tenemos o somos nos insensibiliza o nos hace perder la capacidad de ponernos al servicio de las demás personas, especialmente de las personas empobrecidas, parece que no hemos entendido demasiado del evangelio que vino a predicar Jesús de Nazaret.

La palabra de hoy es clara, repito. En la primera lectura (Am 6,1.4-7), el profeta Amós nos expresa, en nombre de Dios este lamento: “Ay de ustedes, los que se sienten seguros, los que se sientan en divanes adornados con marfil…, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos”. Jesús en el evangelio cuestiona la indiferencia del rico ante el pobre; el tema de la parábola no es la riqueza de uno o la miseria del otro, sino la indiferencia mostrada por aquel que tenía todo lo necesario y de sobra para atender a su hermano y lo abandona ahí en su miseria hasta el día en que, el uno como el otro, experimentan la muerte.

Monseñor Romero, san Romero de América en una homilía sobre esta parábola decía algo muy interesante, primero nos hacia esta pregunta: “¿Qué es lo que aquí denuncia Jesucristo -cuando dice- que mientras el rico se banqueteaba, Lázaro «estaba echado en su portal cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se la daba? Hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.” (San Arnulfo Romero, 25 de septiembre 1977, San Salvador) ¿Qué es lo que Jesús denuncia? La insensibilidad, la indiferencia ante la miseria de su hermano Lázaro.

“Este es el pecado grave, la insensibilidad” (Ibidem). Esto no se refiere solo a los grandes ricos, esta tentación es también de quien vive modestamente o de quien vive pobremente. Es una tentación de todos nosotros.

El evangelio, predicado por Jesucristo, nos invita a la fraternidad, a vivir con ojos abiertos, empáticos con todos, a vernos todos como hermanos y por lo tanto a la solidaridad; para el creyente, lo bello es que el que tiene dé, y comparta como hermano, como compañero de mendicidad con el pobre. Recordemos que todo lo que tenemos es prestado, nos es dado por Dios para administrarlo, y la mejor manera de administrarlo es construyendo puentes, rompiendo los abismos entre unos y otros, es creando puentes de solidaridad. Y solo tenemos esta vida para hacerlo, porque cuando llegue la muerte “se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar”, dice Abraham. Y todos vamos a morir; “murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió el rico y lo enterraron” dice la parábola; todos vamos a morir, ricos y pobres; pero mientras llega ese día, es necesario cortar esos abismos, construir puentes, generar esa solidaridad y construir la fraternidad necesaria para vivir como hijos de Dios. Es en vida que lucha contra la desigualdad y la injusticia, es en vida que se logra la solidaridad y se construye la fraternidad. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no han sido creados por Dios, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros, de hecho. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde.

Por lo tanto, la riqueza que tengamos, sea mucha o poca, debemos considerarla como un bien prestado para ser administrado en función del bien común. En función de la justicia y la fraternidad. Hermanos, las lecturas de hoy nos invitan a ver nuestra realidad, la realidad de nuestro México, de nuestro planeta tierra donde el abismo entre ricos y pobres es cada vez mas escandaloso. Las lecturas nos incitan también a cuestionarnos en nuestro pequeño de nuestra vida ordinaria, en nuestras actitudes ante los demás. El gran pecado denunciado hoy por la palabra de Dios es la indiferencia ante el otro; el vivir centrados en nosotros mismos sin abrirnos a los problemas del otro, a las necesidades de los demás. Y la invitación es a combatir esos abismos comprometiéndonos con la justicia y la solidaridad.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos examinarnos y preguntarnos sobre el género de vida que llevamos, para poder tomar entonces, decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. Termino esta reflexión retomando la exhortación de San Pablo en la segunda lectura (1 Tim 6, 11-16): “Tú, hermano, como hombre de Dios, lleva una vida de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre”.  Sobre todo, vive abierto a las necesidades de los demás “hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo”.

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!