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18 Septiembre 2022
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La Palabra

XXV ordinario “C”
Alberto Morales Reyes

Dame cuenta de tu trabajo

Lc 16,1-13

Nuevamente la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestras realidades de todos los días, y hoy muy en concreto sobre la riqueza y el dinero; estamos llamados a reflexionar sobre la actitud que como creyentes hemos de tener cuando nos planteamos seriamente el seguimiento de Cristo. He ahí la primera cuestión a plantearse: ¿en verdad queremos seguir a Jesús con todas sus consecuencias, incluso en cuanto al manejo de nuestras riquezas, del dinero, de los bienes?

Hoy en concreto, el Evangelio (Lc 16,1-13) nos habla del dinero, de los negocios y de la necesidad de tener ideas bien claras al respecto, advirtiéndonos que: “No se puede Servir a la vez a Dios y al dinero”. Lo cual no deja de ser una disyuntiva que a veces nos cuesta trabajo asumir; es verdad que tenemos que vivir y tenemos que trabajar para obtener el dinero necesario para vivir; necesitamos una cierta riqueza para salir adelante; la prosperidad es incluso un deseo positivo por el cual trabajar; ¿cómo debemos pues comportarnos frente a esta realidad tan humana?

La palabra de Dios hoy nos da ciertas pautas, ciertos principios que debemos considerar en nuestro modo de utilizar los bienes; quisiera señalar algunos de esos principios o luces para discernir y asumir actitudes evangélicas ante la riqueza y los bienes:

  • Ante las injusticias, Dios actúa siempre en favor del oprimido, pidiendo cuentas a quienes no actúen de forma solidaria con los hermanos. En la primera lectura (Am 8,4-7) el profeta Amós presenta de manera clara la opción de Dios, la cual no debe ser tomada a la ligera: “Escuchen esto los que buscan al pobre solo para arruinarlo….y explotarlo. No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”. Recordemos siempre que cualquier acto negativo en el uso de los bienes, que vaya en contra de los pobres, no pasará desapercibido en el cielo. Hagamos conciencia y respetemos al pobre, hagamos nuestra la opción de Dios. Vivimos tiempos difíciles, con la bandera de los pobres, se hacen tantas injusticias, se enriquecen unos y a los pobres se les hunde más en su pobreza; ante esto Dios habla claro: “No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”.
  • Los bienes materiales son realidades buenas, porque han salido de las manos de Dios. Por tanto, los hemos de valorar y los debemos usar siempre como instrumentos para construir el Reino de Dios. No pensemos que Dios nos impide la riqueza o rechaza a quienes la tienen. Los bienes materiales son buenos en cuanto sean utilizados para el bien común. Dios, el Señor del mundo, tiene una estrategia clara para la humanidad: la salvación y la paz. La afirmación de la segunda lectura (1 Tim 2,1-8), de que “Dios quiere que todos los hombres se salven”, no debe verse de manera espiritualista, como algo para después de la muerte; para nada, esa “salvación” tambien tiene que tocar los aspectos de la vida ética y social de la humanidad. Nunca debemos olvidar esa finalidad universal de los bienes en el uso ético de nuestros bienes.
  • Aún si los bienes materiales tienen una función positiva, “son buenos”, no los podemos “adorar” como si estos fuesen dios y la finalidad por la cual vivir; hemos de mantener su justo valor y su justo lugar. Las riquezas son para servir a Dios y a nuestros hermanos los hombres; no han de servir para destronar a Dios de nuestro corazón y de nuestras obras: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). He ahí la grande tentación ante los bienes, adorarlos al punto de convertirnos en siervos del dinero, olvidando a Dios y olvidando a los demás. Convertir el dinero y los bienes materiales en un ídolo, en otro dios al que se sirve con pasión y devoción, cayendo en ese grande error porque Dios sólo hay uno. Los bienes de este mundo no son más que instrumentos al servicio del Reino. En realidad, el problema mayor no es descartar el dinero de nuestra vida, sino convertirlo en una ganancia para el Reino de Dios. Se trata de poner el dinero en la corriente justa a través de la cual la gracia de Dios se abre camino hasta nuestro corazón. Con frecuencia en nuestro manejo del dinero, de los recursos naturales, "nos servimos de Dios y servimos al dinero". Lo correcto sería lo contrario "Servir a Dios sirviéndonos del dinero". El que es hábil para crear riqueza lo ha de realizar para servir al ser humano. No servirse del ser humano para acrecentar sus riquezas.
  • No somos los amos de los bienes materiales, sino simples administradores; por tanto, no solamente los hemos de conservar, sino también hacerlos producir al máximo, dentro de nuestras posibilidades. La parábola de los talentos lo enseña tambien con claridad (cf. Mt 25,14-30). Jesús no quiere hacer de nosotros gente incapaz, o mediocre, que rechaza el esfuerzo y el compromiso para crecer y progresar, nada de eso. Dios nos ha confiado los bienes para producirlos, multiplicarlos y usarlos para el bien común. Hay realidades de miseria que deben ser “salvadas” por él a través de nuestro compromiso por los pobres.

Queridos hermanos, la palabra de Dios de este día nos invita a vencer toda actitud de egoísmo y de avaricia ante el uso de los bienes. «La fortuna vivida de manera egoísta causa tristeza, quita la esperanza y genera todo tipo de corrupción», nos enseña Papa Francisco; y advierte: «hay un misterio en la posesión de las riquezas» ya que tienen «la capacidad de seducirnos, de hacernos creer que estamos en un paraíso terrenal». Esta seducción, esta fijación en los bienes terrenales, son «los causantes de todo tipo de corrupción», desde las grandes injusticias pasando por aquellas pequeñas corrupciones del día a día que nos parecen tan insignificantes. Este deseo de riquezas mundanas «nos hace estériles y nos hace vivir sin esperanza» porque «aquellos que viven aferrados a su propio poder piensan que viven en un paraíso, pero este es un lugar sin horizonte que lleva finalmente a una vida triste».

Cuestionémonos pues en nuestra manera de vivir esta realidad del uso de los bienes, optemos por la libertad, la esperanza y la justicia, virtudes necesarias para poder seguir a Cristo, nuestro único bien.

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