
“Constancia, realismo y audacia”
En el evangelio de hoy (Lc 14,25-33) encontramos nuevamente a Jesús en camino, dejando la casa del fariseo, que el domingo pasado lo había invitado a comer, hoy vemos a Jesús que retoma su programa: subir a Jerusalén. Al ver que “una gran muchedumbre caminaba con él”, Jesús decide “volverse” a sus discípulos y, mirando a toda la muchedumbre, los invita a reflexionar sobre el sentido y sobre las motivaciones que los mueven a seguirlo. Jesús es consciente del “entusiasmo” que mueve a esta muchedumbre, pero eso no basta; él está subiendo a Jerusalén y todo aquel que lo acompañe deberá estar consciente que “ir detrás de él” significa asumir su mismo destino, por ello la importancia de “detenerse y reflexionar”, “calcular”, verificar y hacer la opción justa.
He trabajado muchos años en la pastoral vocacional, aquí en México y también en Burundi. Cuantas veces me encontré con jóvenes llenos de entusiasmo que decían estar dispuestos a seguir a Jesús, pero después, ante la realidad de “preferir a Jesús” más que a las necesidades o expectativas de su familia; a los deseos de seguridad y de grandeza o a tantas otras cosas, pues mejor abandonaban. O que llenos de entusiasmo decían tener la fuerza de voluntad suficiente para seguirlo en castidad, pero después, ante las tentaciones de este mundo se veían frágiles e impotentes cayendo en las batallas de todos los días para seguir a Jesús.
El evangelio de hoy pues nos invita a hacer un alto en nuestra vida cristiana y reflexionar sobre nuestras motivaciones que nos llevan a seguir a Jesús. Y este evangelio no está dirigido a los 12 discípulos solamente, a esos que pudiéramos decir que están llamados a consagrarse a Dios. No; Jesús se dirige a esa “gran muchedumbre” que desea seguirlo. La escena se desarrolla no con los discípulos ya captados, sino con aquellas personas que simpatizan con Jesús, que empiezan a “caminar con él” sin, probablemente haber calculado el costo que el seguimiento trae consigo. Es el estado inicial en el que se sitúa muchas veces la “fe” de muchos cristianos hoy, que quizá siguen a Jesús por tradición, por compromiso familiar o social. Hermanos ese tipo de cristianismo hoy ya perdió su “sabor”, es como esa sal sin sabor en la sopa de esta sociedad moderna; es como esa lampara que ya no alumbra. Hoy Jesús nos invita a optar; a renunciar, a comprometernos. El discípulo tiene que escoger, y escoger es saber renunciar, sobre todo saber separarse de todo lo que nos impide de seguirlo hasta Jerusalén. El seguimiento de Jesús es claro y radical, por tanto, no se puede tomar a la ligera ni menos pretender acoplarlo a los gustos o caprichos personales por muy atractivos que puedan ser. El seguimiento de Jesús tal como el Evangelio lo señala, se debe vivir con coherencia. El seguimiento es algo exigente, no admite medias tintas. Hablando de ello, la pagina de hoy nos presenta dos ejemplos: el que desea edificar una torre y el rey que plantea una batalla a otro rey. Meditando sobre estas sencillas parábolas, podemos descubrir tres elementos importantes para ser verdaderos seguidores de Jesús que caminan con él hacía Jerusalén; esos tres elementos son: constancia, realismo y audacia.
Constancia: Si alguien quiere construir una torre y finalmente se queda a la mitad, no se dice que construyó una “media torre”, simplemente se dice que fracasó, que es un mal constructor. Las cosas hechas a medias no son algo que se ha quedado a medio hacer, son simplemente nada. El discípulo de Jesús debe saber lo que quiere, a donde pretende llegar, las razones que lo animan. La constancia y no el éxito rápido o la apariencia de que se hace algo, deberá ser la característica del verdadero discípulo. La constancia en nuestro cristianismo vivido como un combate continuo, un esfuerzo continuo por crecer, por conocer nuestra fe y vivir de nuestras convicciones y llegar hasta el cumplimiento de ellas. Esta parábola me hace pensar a tantos cristianos que llevan a bautizar a sus hijos sin comprometerse a educarlos según los criterios evangélicos, a dedicar tiempo y esfuerzo en ese compromiso, dejándolos pues a la merced de los criterios de este mundo, dejando “a medias” su compromiso. A tantos cristianos que simplemente vivimos un cristianismo por “episodios esporádicos” en la vida.
El discípulo también debe de ser realista; segundo elemento. Esto significa que hay que sentarse a la mesa y considerar atentamente las cosas, calcular los riesgos, preparar los medios necesarios. Como el rey de la parábola, que creyéndose poderoso se aventura a la guerra sin antes pensar cuidadosamente, en detalle, lo que el otro rey tenía como poder. El evangelio no nos pide ser miedosos o no aceptar riesgos, no, al contrario, nos invita a saber con qué se cuenta, conocerse adecuadamente, sin falsas humildades ni falsas autoestimas. Seguir a Cristo exige conocerse, prepararse, llenarse de lo que se necesita, con realismo. Esta parábola me hace pensar en esos jóvenes que se casan por la Iglesia, pero sin creer en la fidelidad, en la perpetuidad en la entrega total, en la abnegación, en el sacrificio, en la capacidad para compartirlo todo, en la necesidad de ceder ante el otro para lograr la comunión. Con esto no digo que no hay que casarse; sino que antes de hacerlo, busquen esos valores, llénense de esas “armas necesarias” para emprender la batalla. Nuestra opción por Cristo requiere realismo y entrega; asumir el compromiso porque tengo lo necesario para llevarlo a su fin.
Y junto con ello va también la Audacia, tercer elemento. Nunca se debe desistir por miedo a dejar la torre a medias o perder la batalla. Cierto, hay que medir nuestras fuerzas, pero no hay que determinar nuestros ideales solo por lo que podemos. No hay que limitar lo grande y lo noble a nuestra debilidad. Recordemos que la gracia de Dios nos acompaña y nos fortifica en nuestro seguimiento de Cristo. Nunca el discípulo debe pensar: “dado que soy así, debo contentarme con…” Mas bien el discípulo de Jesús debería pensar de esta manera: “como deseo llegar hasta allá, debo esforzarme todavía más en ….”. En otras palabras, debemos hacer que los fines, los ideales sean generadores de medios, y no al revés. Esos ideales grandes del evangelio provocan en nosotros la urgencia de conseguir los medios para alcanzar esa vida cristiana radical y coherente. Seamos cristianos audaces, que creen de verdad en el evangelio y, a pesar de la fragilidad, logran llenarse de esos medios que la batalla amerita.
Constancia, realismo y audacia, tres elementos necesarios para seguir a Jesús hoy, en su camino a Jerusalén. Seguir a Jesús significa ponerlo al centro de nuestra existencia, tenerlo a Él y a su Evangelio como medida única y principal de nuestras acciones y pensamientos. Pidamos al Señor su gracia, sus dones para poder seguirlo en estos tiempos que exigen cristianos comprometidos, portadores de esa Cruz que nos redime, nos salva, nos devuelve la vida.
Reflexionemos sobre el modo en que hemos seguido a Jesús ¿realmente le hemos dado el lugar que le corresponde y hemos aceptado las consecuencias? Preguntémonos: ¿en qué nos falta ser más constantes? ¿qué podemos hacer para ser mas realistas? ¿y en qué necesitamos ser más audaces?

