
“Fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe"
Estimados hermanos y hermanas, “dejemos todo lo que nos estorba para correr con perseverancia la carrera que tenemos delante, fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe”. Comienzo mi reflexión evocando estas palabras de la segunda lectura (Hebreos 12,1-4) que me invitan a ver nuestra vida cristiana como una carrera, un combate, quizá porque me encanta el deporte y porque me gusta competir y luchar por alcanzar la victoria…. Hermanos, hermanas nuestra vida cristiana es y debe ser un combate para alcanzar esa victoria que es el Reino de Dios, ya desde ahora, en el aquí de nuestro tiempo. Las lecturas de hoy, no sólo el Evangelio (Lc 12,49-53), presentan la fe como una lucha, y en el caso de Jeremías (1ª Lectura: Jer 38,4-6.8-10) como signo de contradicción, esfuerzo, peligro, como el mismo Cristo vivió la fe. Los profetas expresan en su propia carne que la verdad molesta y lleva a correr riesgos. Basta recordar lo que hicieron con Jeremías, lo que harán después con Jesús y sus seguidores y lo que siguen haciendo hoy a los que en verdad siguen a Jesús.
La palabra de hoy nos cuestiona en nuestra fe, quizás nos hemos acostumbrado a vivir una fe líquida, conformista, descomprometida. Muchos cristianos vivimos quizá instalados en una situación de bienestar, tendemos a vivir la fe y considerar el cristianismo como una religión de paz tranquila. Sin embargo, la Palabra de hoy, nos mueve el suelo que pisamos. Vivir la fe en éste nuestro tiempo, como en todo tiempo, no puede ser algo neutral, si la queremos vivir como Jesús. Recordemos la exhortación de la Palabra que acabamos de escuchar: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos hermanos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe; en Jesús. El discípulo debe tener los ojos fijos en Jesús. Es necesario seguir adelante siempre y sin claudicaciones y, como sabemos, incluso en medio de persecuciones y dificultades, incluso ante la muerte. He ahí la actitud que estamos llamados a adquirir, más aún en este tiempo tan convulso.
La Palabra de hoy me hace recordar mis años pasados en Burundi, en una tierra difícil, en momentos duros, durante la guerra, durante los conflictos étnicos; me viene a la mente las hermanas xaverianas que en 2014 fueron brutalmente martirizadas. Ellas, todas mujeres ancianas, en su momento ya habían dejado Burundi, pero la misión y las necesidades pidieron su regreso; ellas sabían que era muy riesgoso, además eran ya ancianas, pero aceptaron regresar y vivir en el barrio pobre y conflictivo de Kamenge, en Bujumbura. Una de ellas, Olga, mujer de 84 años, dijo si, sintiendo en su corazón una voz que le decía: “ve y da la vida”. Ella anciana dijo si a su superiora sabiendo que seria tan difícil, dijo si aun si toda su familia le decía: “Olga ya estas grande, quédate aquí, no vayas”.
Hermanos, hermanas, hoy Jesús nos habla con Palabras fuertes, desgarradoras, afirmaciones estremecedoras: «He venido a encender fuego en el mundo» (Lc 12,49); «¿creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división» (Lc 12,51). Y es que la verdad divide frente a la mentira; la caridad ante el egoísmo, la justicia frente a la injusticia…
Siendo realistas, en el mundo -y quizá también en nuestro interior- hay una mezcla de bien y de mal; ante ello hoy Jesús nos pide tomar partido, optar, siendo conscientes de que la fidelidad es "incómoda". Cierto que parece más fácil contemporizar, llevárnosla bien, guardar nuestras zonas de confort, pero eso no es evangélico. Cierto que nos tienta hacer un "evangelio" y un "Jesús" a nuestra medida, según nuestros gustos y pasiones. La fe, como “relación existencial” con Jesús, no puede ser nunca neutral. Más bien es provocativa. Su palabra y su vida nos pone en crisis. “No he venido a traer paz sino división”. (Lc 12,51). Esto significa que vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión. Jesús nos llama a tomar parte en la carrera, a ganar, a ir hacia adelante, nuestra mirada fija en él, el Cristo crucificado, que no escatimó nada, sino que consagró todo para cumplir la voluntad de Dios y realizar su proyecto de amor en el mundo. Dejemos todo para correr con perseverancia la carrera a la que estamos llamados, dice la segunda lectura. Hermanos, vivimos tiempos difíciles donde es necesario el surgimiento de Cristo hecho por personas, hombres y mujeres convencidos en la fe que acepten ir a contra corriente, que acepten seguir a Jesús cueste lo que cueste, incluso siendo motivo de división, de conflicto. En nuestras casas, en nuestros trabajos, en la escuela, en donde estemos, busquemos el Reino, busquemos vivir los valores del Reino, aun si esto incomoda, como en el caso de Jeremías, en la primera lectura; incluso si no gusta a quienes nos rodean.
Me llama la atención las dos imágenes que Jesus presenta en el evangelio: “Fuego y División”. “¡He venido a arrojar fuego sobre la tierra, y cuanto desearía que ya hubiera prendido!”. ¿Cuál es este fuego que Cristo quiere poner en la tierra?: Su Misión: La Pasión por Dios y la Compasión por los que sufren. Sin este fuego, la vida cristiana termina extinguiéndose. El gran pecado de los cristianos será siempre dejar que este fuego de Jesús se vaya apagando. ¿Para qué sirve una iglesia de cristianos instalados cómodamente, sin pasión alguna por Dios y sin compasión por los que sufren? Segundo: “División”. ¡Jesús es un signo de contradicción, una bandera discutida y un valor absoluto! Ha llegado el momento de las decisiones. No cabe la neutralidad. La decisión en pro o en contra de Jesús romperá la paz hasta en el seno mismo de las familias. El cristiano tiene que ser también un signo de contradicción en este mundo tan marcado por el mal, la violencia, por la idolatría del yo, del dinero, de lo material. Hemos sido bautizados para traer fuego, ese fuego que purifica, que libera, que da luz y calor ahí donde hay oscuridad y frio de muerte.
Hermanos, revisemos nuestro modo de ser cristianos; aceptemos la invitación de Dios en la segunda lectura: dejemos todo lo que nos estorba, librémonos de todo lo que nos ata; ¿y esto para qué? Para correr esa carrera que tenemos por delante. ¿Cuál carrera? Aquella de imitar a Cristo, de seguirlo hasta la vida plena. Fijemos nuestra mirada en Jesus y adelante.
La segunda lectura concluía con estas palabras, y yo también concluyo de esa manera: “¡Mediten pues, en el ejemplo de Jesús y no se cansen ni pierdan el ánimo!”

