
Cada árbol se conoce por sus frutos
Estimados hermanos y hermanas, en días pasados Jesús nos proponía un proyecto de vida al anunciarnos las Bienaventuranzas, después nos llamaba al perdón y al amor a los enemigos, concluyendo con ese gran ideal de vida: “sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. Continuando el discurso, llamado de la llanura, hoy ( Lc 6, 39-45) nos propone una serie de sentencias de sabiduría humana o espiritual, sentencias que nos ayudan a poner en práctica, de manera concreta las palabras que hemos escuchado en estas semanas.
La primera sentencia que Jesús pone a nuestra consideración es, por demás un tema fundamental de la espiritualidad cristiana: el tema de la “ceguera” o “miopía” espiritual. Según la Biblia, el pecado ha dañado especialmente nuestra capacidad cognoscitiva, nuestra capacidad de “ver” las cosas de manera nítida, clara. El pecado nos hace ver de manera distorsionada, al punto de convertirnos en “guías ciegos”, en personas incapaces de ver sus propios defectos y ver de manera equivocada los defectos del otro. La ceguera según la Biblia es la incapacidad para comprender la realidad desde la perspectiva de Dios, sobre todo del Dios
misericordioso. La ceguera del corazón es producida por el pecado y por la dureza de nuestros juicios hacia los demás. Con Cristo, la ceguera se puede superar, su palabra es esa “Luz” que permite corregir la “miopía” del corazón humano y ayuda a ver las cosas en su justa dimensión, tal como Dios las ve y tal como son en realidad: “Lampara para mis pies es tu Palabra, luz en mi sendero” (Sal 118, 105). Para Jesús, el discípulo está llamado a purificar su mente con la luz del evangelio, que no es otra cosa que la persona misma y el mensaje de Cristo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en las tinieblas” (Jn 8,12); si somos iluminados por Cristo, podremos ser guías para nuestros hermanos: “Ustedes son la luz del mundo…” (Mt 5,14.16).
Hermanos y hermanas, hagamos nuestra reflexión: ¿Mi manera de ver las cosas corresponde a la misma de Dios? ¿Qué
tanta luz hay en mi visión de las cosas? Pronto comenzaremos la cuaresma, una buena purificación de nuestro corazón nos ayudará a ver mejor. Seguir a Jesús, escuchar su palabra serán para nosotros los medios para corregir “nuestras cegueras y nuestras miopías”.
Una segunda sentencia o consigna de sabiduría se refiere a nuestras acciones: “Cada árbol se conoce por sus frutos”. El hombre manifiesta su verdadera identidad a través de sus actos y de sus palabras. Así lo corrobora también la primera lectura que escuchamos hoy (Sir 27, 5-8): “el fruto muestra como ha sido el cultivo de un árbol…”. Nuestras acciones son el resultado de nuestras decisiones. Como seres libres decidimos lo que queremos hacer y lo hacemos o no lo hacemos. Pero tambien nuestras acciones reflejan lo cultivado o no que esta “nuestro árbol”, si lo hemos trabajado o no. Todo árbol bueno necesita ser podado, cuidado, alimentado, trabajado para que mantenga la calidad de sus frutos. ¡Qué hermoso sería si se nos conociera por nuestros
frutos de bondad, resultado de nuestras buenas decisiones en la vida! ¡Qué importante que mantengamos una vida espiritual fuerte que nos conserve siempre dando frutos buenos! Nuestro Señor nos invita a ejercitar el corazón, nuestros pensamientos y nuestras palabras, y las acciones también. Es el ejercicio de la bondad. Vencer el mal con el bien. Llenar nuestro corazón y nuestros pensamientos con bondad para ir por la vida viviendo esa bondad. Esta Cuaresma que vamos a empezar es una oportunidad única para ejercitarnos en la bondad, para mantenernos productivos dando frutos de vida a nuestros semejantes.
Una última consigna viene relacionada con esta segunda: Cada árbol se reconoce por su fruto, decíamos hace unos segundos. En esta tercera consigna Jesús nos recuerda esa realidad original, cuando Dios creó al hombre “y vio Dios que era Bueno” (Gen 1,31): “El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón”. Si el corazón va sacando el bien, la bondad, el perdón, la solidaridad, la generosidad, la paz, la justicia, la dignidad, el respeto... querrá decir que estamos en el camino correcto, que estamos trabajando “nuestro árbol”, nuestra vida espiritual, que estamos conservando nuestra esencia, pues el “hombre es bueno”. Y, esta bondad, se notará hasta en las palabras que salgan de nuestra boca.
Hermanos y hermanas, aún si la realidad de tantos hombres nos hace pensar en la maldad, no es ella la que nos define. Dios nos creó para el bien y nos creo siendo buenos. Esa es la naturaleza que debemos recuperar, cuidar y multiplicar. El hombre de estos
tiempos, marcados por la guerra, la violencia, la inseguridad debe recuperar su identidad de bondad, porque así nos creo Dios. Es importante que la bondad regrese al corazón del hombre de este siglo, he ahí todo un programa para vivir en esta cuaresma que estamos por comenzar.
Pidamos al Señor que nos haga tener un corazón manso y humilde del que broten siempre los buenos frutos
para su Reino.

