“Ponlo en práctica para que seas feliz” Deut 6,3
Queridos hermanos y hermanas, el evangelio de este domingo nos cuenta sobre el encuentro de un escriba con Jesús; es un encuentro de alguien interesado en la Palabra de Dios, alguien que desde años dedica su vida a comprender lo que Dios revela a través de la Palabra, un hombre que no necesariamente está en contra Jesús o que quiera confrontarlo de modo negativo. Él se acerca pues quiere conocer la opinión de Jesús y encontrar en ella elementos en su búsqueda sincera de Dios. Y lo hace tocando uno de los temas fundamentales de la revelación bíblica, la cuestión de los mandamientos y de entre todos el primero, el mas importante. Ciertamente quiere confrontarse y verificar el camino andado en su vida hasta ahora.
Jesús lo recibe, pues distingue su intención positiva y lo invita a no solo reflexionar en el aspecto legal sino entrar en el espíritu mismo de la Ley y este no puede ser otro que el amor. Para Jesús, y esta es la revolución de pensamiento y de vida que propone al escriba, Dios es ante todo el Dios del amor y es desde su realidad de un Dios amor que se comunica al hombre dándole mandamientos. Lo importante para Jesús no es buscar cuál de los mandamientos está en la cima de todos los demás, como parece ser la preocupación del escriba; Jesús lo invita a descubrir, no el vértice de los mandamientos, sino el centro, el corazón de todos los mandamientos, porque es el corazón desde el cual todo debe partir y al cual todo debe regresar y hacer referencia.
Sin abolir la Ley, ni los mandamientos, ni los preceptos, Jesús centraliza el espíritu de la Ley en un único mandamiento, el del amor, o el del amar, con dos aspectos necesariamente complementarios: al amor a Dios y el amor al prójimo. No hay otra manera justa de entender la función de los mandamientos en nuestra vida. Dios no es un legalista, un tirano, un gobernador, un rey, Dios es Padre, Dios es amor. Esa es la base. Por lo tanto, para Jesús, el amor al prójimo siempre será el criterio de credibilidad del amor a Dios. De hecho, como bien dice San Juan, “no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a los hermanos” (Cf. 1 Jn 4). Desde que Dios creo al hombre “a su imagen y semejanza” (cf. Gn 1, 26-27) lo ha dado a éste, una función mediadora: El prójimo es un punto de encuentro con Dios en la historia; es en el prójimo que se concretiza en la historia el amor al Dios eterno y omnipotente. Esto repercute ciertamente en la religiosidad, en la manera de organizar la sociedad y en la manera de actuar en ella. Desde esta visión de Jesús, una religiosidad sin solidaridad y una espiritualidad sin caridad simple y sencillamente son realidades autorreferenciales y vacías, son realidades que nos alienan del verdadero Dios, el que Jesús vino a traernos. Una verdadera religiosidad y una autentica espiritualidad hacen que la experiencia de Dios se traduzca en gestos concretos de amor, perdón y cercanía. Estos gestos hacen visible y posible el Reino de Dios.
Esto es una revolución para el pensamiento del escriba ciertamente, pero él lo acepta y esto es lo interesante de esta página del Evangelio. El diálogo de Jesús con el escriba termina en un intercambio de elogios: “Muy bien, Maestro. Tienes razón”, le dice el escriba. Y Jesús le responde: “No estás lejos del Reino de Dios”.
Hermanos y hermanas, ciertamente todos nosotros estamos aquí porque buscamos a Dios, buscamos entender su palabra, buscamos encontrar en ella luz para nuestras vidas. Como este escriba, tambien hoy nosotros nos acercamos a Dios con una fe sincera. Aceptemos pues entrar en esta lógica de Jesus, en esta dinámica de vida que nos sitúa frente al Dios amor que nos invita a amarlo, “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” haciendo del amor al prójimo el lugar privilegiado para vivir en este amor. En esta lógica de Jesús, elegir amar a Dios es elegir amar al prójimo. Sólo así, el Reino se hará presente en la historia y en el corazón humano. El amor es la Ley del Reino.

