
Por una “cultura del nosotros”
Queridos hermanos y hermanas, que importante es hoy en día escuchar la Palabra de Dios y entrar en su lógica de fraternidad, de apertura y de tolerancia. Ante un mundo donde reina la polarización, la intolerancia y el desprecio por el otro, Jesús nos invita a promover “la cultura del encuentro” y del dialogo; Jesús nos invita a romper nuestras tendencias individualistas y egoístas y promover la «cultura del nosotros». La humanidad no es un conjunto de individuos aislados, ni mucho menos contrapuestos, divididos y combatidos. Toda persona es mi «prójimo» que necesita de una mano amiga y solidaria. La enseñanza de Jesús tiene como objetivo reorientar las fuerzas egoístas del corazón humano para convertirlas en acogida del otro y en fidelidad al amor y a su fuente: el Padre, que hace de todos nosotros hijos y por lo tanto hermanos.
Los textos que meditamos hoy, en particular la primera lectura (Núm 11,25-29) y, sobre todo el evangelio (Mc 9,38-43.45.47-48) nos invitan a cuestionarnos sobre esta actitud que corroe nuestra sociedad, tanto en los niveles económicos, políticos, pero tambien religiosos. En el texto del evangelio vemos a Juan que se hacer portavoz de los doce y va a informarle a Jesús sobre un «incidente» a propósito de alguien que andaba expulsando demonios en el nombre de Jesús y «se lo prohibimos», dice Juan. El problema es que “no es de los nuestros”. No forma parte de nuestro grupo, dice el apóstol. Literalmente traducido: «no nos sigue a nosotros». Así que lo que les inquieta no es si “está o no con Jesús”, sino que “no está con nosotros”. Tampoco importa que “haga milagros”, “eche demonios”, “luche por la liberación de los demás”. Todo eso tiene poco valor para ellos. Lo que les importa es que “no es de nuestro equipo”, “no es de nuestro partido”, “no es de nuestra mentalidad”, “no habla nuestra lengua”, “no es de nuestro color”, “no es de nuestra clase social”, “no tiene nuestra religión” ..., pudiéramos actualizarlo así. En su actitud exclusivista los apóstoles quieren impedir que la liberación siga adelante, por el solo hecho de que no son ellos sus impulsores. “Ni hacen ni dejan de hacer”, pudiéramos decir; es la actitud estéril de quien no comprende la amplitud en la que se mueve la vida y la fe, la propuesta de Jesús y su Reino. Jesús sostiene que quien libera al débil, sea quien sea, está en los parámetros del Evangelio y que esto no depende necesariamente del componente religioso sino de la actitud del corazón ante la necesidad del otro. Quien libera se conmueve ante el débil; quien mira desde la ideología se hace duro ante la necesidad del otro.
En definitiva, Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos y adopta una actitud abierta e inclusiva donde lo primero es liberar a las personas de aquello que arruina la vida y la destruye. Éste es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores. Porque toda la vida de Jesús fue una manifestación del gran amor de Dios por la humanidad y nos invita a colaborar con alegría con todos los que viven de manera humana y se preocupan de los más pobres y necesitados. Ellos son nuestros amigos y no nuestros adversarios porque están con nosotros anunciando la alegre Noticia del Salvador.
Una segunda advertencia importante que encontramos en el evangelio tiene que ver con el «escándalo». En la Biblia el «escándalo» no indica un mal ejemplo o un hecho indignante, sino una «trampa», algo que hace tropezar al creyente. En su advertencia, Jesús piensa en todo aquello que obstaculiza la fidelidad a él y a su palabra, hace caer en el pecado, aparta a alguien de la fe, no le deja «entrar en la vida». Utilizando las expresiones “mano-pie-ojo”, Jesús alude a la actividad, a la conducta y a las aspiraciones humanas.
La “mano”, en la mentalidad judía, alude a la actividad humana, a todo lo que el hombre hace para transformar la realidad y para incidir en el mundo. Jesús incita a romper decididamente con toda actividad que “sea ocasión de pecado”, es decir a toda actividad que no produce liberación de los oprimidos, los débiles, los marginados. La indiferencia ante el dolor o toda actitud que no implique un compromiso por transformar las ideologías y las estructuras deshumanizadoras constituyen una “mano” que debe ser cortada.
El “pie” por su parte, hace referencia a la capacidad del hombre para emprender una determinada dirección, a recorrer los caminos (metas) que determinan a dónde vamos, como también a quién seguimos (modelos). Algunos caminos conducen a la autoglorificación, al egoísmo, a la satisfacción de los propios intereses. Otro, en cambio, es el camino que conduce al Reino, a la glorificación de Dios y al compromiso por los hermanos, sobre todo los mas pobres; camino que pasa por la cruz. Todo “pie” que apunta en una dirección contraria a la cruz, debe ser “cortado”.
Finalmente, el “ojo”, hace referencia a la comprensión de la realidad, a la “visión” que se tiene de las cosas y, por lo tanto, de la manera como uno se concibe ante Dios, ante Jesús, ante los demás y de la relación que establecemos con todo ello. El único “ojo” que permite entrar en el Reino es el que descubre a todos como hermanos, a Dios como único objetivo de la existencia, a Jesús como centro y norma de la propia vida y a sí mismo como siervo, como instrumento en las manos del Espíritu para transformar la realidad. Toda otra “visión-ojo” distinta debe ser excluida.
Pidamos, hermanos y hermanas, en esta eucaristía que Dios nos ayude a entrar en esta “cultura del nosotros” y en la “cultura del compromiso” radical por una sociedad al puro estilo del Reino, donde todos somos hermanos, donde todos nos comprometemos por el pobre, el desvalido, el hijo amado por excelencia del Padre.


