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P. Rafael Aguilar Flores sx

Nuestra luz brillará como el amanecer

El periodo cuaresmal es una oportunidad para renovar nuestra relación con Dios, recordando en nuestro corazón que Él es nuestro Papá y nos conoce perfectamente desde antes que naciéramos. Para ello es necesario desnudar nuestro interior y reconocer que somos seres humanos llamados a ser misericordiosos como el Padre.

Ser misericordiosos significa tener un corazón humilde, un corazón humano, un corazón de carne al que le “caiga el veinte” de que hay otros seres humanos además de mí.

Durante este tiempo encontraremos palabras como conversión, arrepentimiento, misericordia, salvación, ayuno, sacrificios… pero todas ellas tienen el mismo y único objetivo: fortalecer nuestra relación con Dios. Y como la relación con Dios, a quien no vemos, va íntimamente unida con la relación con los demás, a quienes sí vemos aunque a veces no los queramos ver y los bloqueemos en el whats’app o en el Facebook… es preciso recordar las palabras del profeta Isaías: “El ayuno que yo quiero, dice el Señor, es que compartas tu pan con el que tiene hambre, que des hospedaje a los que no tienen techo, que cubras al desnudo y que no desprecies a tu semejante (Is 58, 6-7).

En estos cuarenta días buscamos nuestra salvación, la misma que nos trajo Jesús: la salvación del encerrarnos en nosotros mismos. Liberarnos del egoísmo que nos hace sentirnos el centro del universo y nos lleva al descontento, al enojo, a la amargura, al pesimismo, a la queja, a la tristeza, al orgullo… Cuando nos pongamos al lado del otro y dejemos que Dios sea nuestro centro “nuestra luz brillará como el amanecer, nuestra justicia nos abrirá el camino y seremos portadores de la gloria del Señor” (Is 58, 8). Entonces nos llenaremos de gratitud, de paciencia, de esperanza, de optimismo, de las cosas sencillas de la vida, de perdón y de servicio a los demás.

“Todavía es tiempo” (Jl 2, 12), “este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación” (2 Cor 6,2). La cuaresma es un tiempo de esperanza no de tristeza, es un tiempo de renovación, de reconciliación, un tiempo de gracia para volver a la casa del Padre y recibir su abrazo amoroso que nos ayudará a amar a los que nos rodean. Vivamos con entrega estos días y preparemos nuestra vida y nuestro corazón al regalo más grande que está por venir: la resurrección del Señor. ¡Buen camino!