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P. Rafael Aguilar Flores sx

El amor de Dios me empuja

Dentro de los libros históricos de la Sagrada Escritura tenemos los de Reyes, donde se nos narran historias maravillosas llenas de fe y aventura. En uno de ellos, en el segundo (2Re 5, 14-17), encontramos a Naamán, un general del ejército sirio que estuvo leproso pero fue curado al bañarse siete veces en el Jordán por sugerencia del profeta Eliseo.

El escritor sagrado enfatiza que "su carne quedó limpia como la de un niño", esto nos recuerda a lo dicho por Jesús "si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de los cielos" (Mt 18, 3), como si el haberse sumergido en el río, siete veces (el número de la perfección y de Dios), lo hubiese limpiado no sólo de la lepra del cuerpo sino de la lepra del alma, experimentado así el amor infito de Dios. 

Precisamente, así es la pedagogía divina, Dios nos ama hasta el extremo hasta que nos "caiga el veinte" y tomemos conciencia de que hemos perdido mucho tiempo lejos de ese amor. Naamán está tan entusiasmado por sentirse amado que quiere agradecer a Eliseo con regalos y a Dios con la edificación de un altar.

Sin embargo, en el evangelio de Lucas, sólo uno de los nueve leprosos vuelve para agradecer (Lc 17, 17), aunque fueron diez los curados de la lepra corporal sólo uno fue salvado de la lepra espiritual, sólo a uno le cayó el veinte del gran amor que Dios tiene para sus hijos. 

Jesús,  para salvar y salvarnos dice "vayan", es decir, "pónganse en camino", ¡muévanse!, ¡no se entuman! Pero, no basta con ir, hay que ir con fe para experimentar la salvación, para que oigamos la voz de Dios que dice "ponte de pie y vete, tu fe te ha salvado" (Lc 17, 19).

El misionero es un salvado que ha experimenmtado el amor de Dios y es capaz de ponerse en camino, agradecer y compartir que Dios es un Padre amoroso  que permance fiel (2Tim 2, 13), porque el amor de Dios nos empuja (2Cor 5, 14), nos lanza a comunicar que hay esperanza, que hay salvación para los que creemos y luchamos por un mundo mejor.