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P. Alberto Morales Reyes

Vida, muerte y resurrección

En México el mes de noviembre nos regala una de las fiestas más bellas cuyo tema es la muerte y lo que hay después de ella. Pero este tema también se toca en otras culturas y religiones. En el budismo se dice que la muerte es la “Reina de las meditaciones”. Tener conciencia de la finitud de la existencia, es el antídoto contra el orgullo y la presunción. Es alcanzar la liberación y la iluminación.

El Sijismo en cambio habla de la reencarnación, se dice que uno puede reencarnar en 8.4 millones de especies de seres vivos, por ello el alma no está sujeta a la muerte, sino que pasa de un ser a otro.

En la cultura Náhuatl se dice que la muerte es un encuentro con el sol: el ser humano nace Ca Ajco (Por el sur) y muere Ca Tlatzintlan (Hacia el norte), mientras que el sol nace Ca Tontiquizayan (Hacia la salida del sol) y muere Ca Tontihuetziyan (Hacia la caída del sol). En estos dos caminos, al cruzarse, acontece la muerte, quien se portaba bien se iba con el sol hacia el poniente, y el que se portaba mal se iba hacia el norte, al lugar llamado Mictlan (lugar de la muerte o de la nada).

El Evangelio, en cambio nos habla de una muerte llena de esperanza, es el paso a la Resurrección, a la vida eterna, se muere una sóla vez y se vive para siempre. San Pablo nos da muchos ejemplos sobre la muerte cristiana: Flp 3, 20-21: “Nosotros somos ciudadanos del cielo. Jesús transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso”. Rom 14, 7-9. 10-12: “Si vivimos para el Señor vivimos y si morimos, para el Señor morimos”. 2 Cor 4, 14-5,1: “Sabemos que aquel que resucitó a Jesús, nos resucitará también a nosotros”.

Vemos una enorme diferencia entre las religiones y culturas respecto a la muerte en la religión cristiana. No se trata de reencarnación, sino de resurrección. Las ideas que tenían los aztecas y otras culturas antiguas quedan completadas por el Evangelio, se asegura que sí hay vida después de la muerte, se trata de una vida con Dios, pero para alcanzarla hay que adherirse a la persona de Cristo.

Por lo tanto, no vivamos la fiesta de los muertos como un mero folclor, sino como una acción de gracias por haber conocido este mundo, la muerte es un momento para entregarle a Dios lo que le pertenece: el alma.

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