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Estamos de fiesta porque celebramos la victoria de Jesús sobre la muerte, cincuenta días de alegría porque hemos sido salvados en el Amor. María Magdalena y María la madre de Santiago se dirigieron muy temprano al sepulcro sin haber pensado siquiera en pedir ayuda para que alguien les moviera la piedra que lo tapaba, sólo les interesaba llegar y embalsamar ese cuerpo que había sufrido tanto. No se imaginaban que serían testigos del evento más hermoso jamás visto: la resurrección de Cristo. Este hecho guarda su misterio y profundidad, representado por el ángel del Señor que, con su rostro brillante como el sol, les anuncia que Jesús no está ahí (Mt 28, 1-10).

Jesús que conoce sus corazones, sale a su encuentro para fortalecerlas y enviarlas a llevar el mensaje de la resurrección a sus demás amigos que sufren y están desconsolados. Les deja una promesa esperanzadora: “nos vemos en Galilea”. Galilea es precisamente el lugar donde todo comenzó, donde Jesús inició su ministerio y el llamado de los apóstoles, donde surgió el gran proyecto del Reino (Mt 4). Galilea es el lugar donde curó muchos enfermos, donde manifestó su gloria y se transfiguró (Mt 17).

El Señor también nos consuela, nos anima y nos manda a ponernos en camino, con la firme convicción de que Él Vive y podemos encontrarlo en los que sufren, en los que no se rinden ante las dificultades de la vida, en los niños que sonríen, en las obras de misericordia y especialmente en nosotros mismos. Necesitamos remover la piedra que nos impide comprobar que verdaderamente está vivo, esa gran piedra que sólo se remueve con amor y servicio. El primer amor de nuestra vocación es la chispa que nos llevará de nuevo a Galilea.

Las palabras ¡ha resucitado! son sin duda de las más bellas de la Sagrada Escritura, pues son el signo de la victoria de Dios, la victoria del Amor; leerlas y escucharlas proporcionan paz y consuelo a los que experimentamos rabia, dolor e indignación ante la injusticia que Jesús padeció. El sepulcro vacío es la prueba de que la muerte no tiene la última palabra y nosotros debemos, como esas mujeres, ponernos en camino.

En este tiempo pascual comprometámonos a ser signo vivo de este gran regalo de Dios, buscando tener una actitud de esperanza y alegría para dar consuelo a los que sufren. Comencemos con sonreírnos a nosotros mismos, evitando hacer complejas las cosas sencillas, dejando de crear problemas donde no existen. Pongamos fija nuestra mirada hacia el resucitado y anunciemos con nuestra vida que Cristo Vive.

Retomemos en nuestra vida y vocación el primer amor que nos motivó a dar lo mejor de nosotros para los demás. Con mucha fe y convicción dirijámonos hacia el resucitado, descubramos que no estamos solos y gritemos con nuestra vida esta hermosa invitación a todo el mundo: ¡nos vemos en Galilea!

Cristo joven

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