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Miguel Angel Sarabia Sánchez

¿Vas de misión?

       La primera vez que escuché la palabra “misión” en un contexto religioso fue cuando mi novia me anunció que iría a una comunidad en la sierra mixteca para semana santa. Quizás porque no me era común escuchar “ir de misión”, fue que no encontró mucho eco en mí. Esa misma ocasión, recuerdo haberla acompañado a la misa de envío, y después de un momento de gran actividad, tanto espiritual como física, partieron.

        Al regreso, el compartir experiencias y fotos fue un medio para conocer un poco más acerca de la misión, y no solo eso, sino que lejos de quedarse como una anécdota, fue una puerta que quedó entreabierta y que, ahora siendo ella más consciente, era inminente que la invitación ahora me la hiciera a mí.

Testimonio Mike Foto 3

     Mi primera respuesta fue – quizás -. Por una parte, sentía que no era para mí, pues yo ya estaba dedicado a las actividades de mi iglesia, lo cual hacía desde niño. Pero, por otro lado, no podía descartar la invitación, pues no provenía de cualquier persona.Pasaron los meses y se acercaba el momento de decidir.

       Pensaba que no me negaba a servir a Dios quedándome y me era difícil pensar en dejar a mis padres y mi iglesia en días tan importantes. La fecha de partida estaba próxima y yo me inclinaba más en no ir. Llegó entonces la pregunta: - ¿Vas a misión? -

       Aún dubitativo, acepté ir. Sin estar plenamente consciente de qué me animó el aceptar en aquella ocasión, pensando fue más una atracción que una decisión razonada, asumí el compromiso. Los días restantes pasaron rápido y finalmente cargando con crucifijo y rosario, además de varias maletas y costales, partimos.Testimonio Mike Foto 2

          En alguna ocasión escuché que lo más predecible de la vida es que es impredecible, y en mi primera experiencia me di cuenta de ello. Los planes cambiaron y el equipo y la comunidad a la que iríamos se replantearon de un momento a otro, pero no fue una causa de preocupación, porque la causa de estar ahí era Cristo. Tiempo después me di cuenta que aquello, lejos de ser igual, fue un primer acercamiento a la plena entrega de nuestros hermanos xaverianos para ir a cualquier tierra.

         Es indescriptible lo cálido que fue el encuentro con cada una de las personas de la comunidad. El contexto fue muy diferente en comparación a cómo yo solía vivir la semana santa y, sin embargo, entendí parte de la espiritualidad de San Guido María Conforti: me sentí en casa y en familia, donde juntos, quienes habíamos llegado y quienes nos habían recibido, renovamos nuestra fe.

          Uno de los aprendizajes que mejor guarde en mi maleta para el regreso fue que es en la vida diaria donde está la misión misma. Por años pensé que conocía mi fe y que sabía cómo dar testimonio de ella, pero a partir de aquella primera misión y de acercarme al Carisma Xaveriano es donde mi fe se ha resignificado. Queda mucho por crecer en la fe, con el corazón y las manos al servicio de la comunidad en la que Dios nos pone en cada momento y lugar, con la pregunta incansable que Jesús nos hace a ti y a mí: ¿Vas de misión?