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Xaverianos

EL AÑO DE LA FE

Autor: P. Umberto M. Marsich

Octubre 2012-Cristo Rey 2013

El Papa Benedicto XVI, con la Carta Apostólica “Porta Fidei”, convocó a toda la Iglesia al Año de la Fe. Éste celebra el 50° de la apertura del Concilio Vaticano II. También habrá el Sínodo de los Obispos sobre el tema “La nueva evangelización para la trasmisión de la fe cristiana”. Para profundizar los contenidos de la fe, el Papa nos invita a retomar el estudio del “Catecismo de la Iglesia Católica”, uno de los frutos del Concilio, a los 20 años de su publicación.

 La simbología de la ‘puerta’

La imagen de la ‘puerta’ nos hace pensar en una ‘entrada’, en una ‘introducción’ a la vida de comunión con Dios. Por la “puerta de la fe y de la Iglesia” emprenderemos un camino que dura toda la vida (n. 1) y que nos permitirá alcanzar la meta final de la salvación. El objetivo no es de fácil conquista, sobre todo, por el momento histórico de descomposición social y por la ‘cultura adversa’ en la que estamos inmersos y que el Papa así describe: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”(2).

Que la fe tradicional esté devaluada lo constatamos en la siempre más escasa participación de los creyentes a los momentos de vida cristiana y, sobre todo, en la siempre mayor incoherencia entre la vida y fe que profesan. El Papa insiste: “no podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta” (Mt 5, 13-16). El año de la fe debe devolvernos ‘sabor’ para que fermentemos la masa y debe convertirnos en lámpara luminosa para disipar las tinieblas. Todo esto, a pesar de que la fe se ve sometida, más que nunca, a una serie de interrogantes, que provienen del “cambio de mentalidad que reduce el ámbito de las certezas racionales únicamente al de los logros científicos y tecnológicos” (12). Sin embargo, la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la ciencia no puede haber conflicto alguno.

Las finalidades

Son sobre todo: reanimar la fe, purificarla, confirmarla y confesarla con nuevo vigor, sea personal que eclesialmente. A la manera del ciego de nacimiento del Evangelio, aspiramos al milagro de volver a recobrar la vista de la fe: ¡Señor, haz que veamos! Haz que redescubramos la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar a los demás lo que creemos. Además, será una ocasión propicia para intensificar su celebración, de modo particular, en la Eucaristía: “cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, 10).

La dimensión histórica

No podemos perder su dimensión histórica que nos remite a sus preclaros testigos. Es por la fe de María, quien acogió la palabra del Ángel y creyó; por la fe de los Apóstoles, quienes lo dejaron todo para seguir al Maestro; por la fe de los mártires, quienes entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio; por la fe de gente que ha consagrado su vida a Cristo; por la fe de muchos cristianos, que han promovido acciones sufridas en favor de la liberación y justicia, etc. como nos ha llegado, íntegra, la fe y cómo estamos llamados a ‘reanimarla, purificarla, confirmarla y confesarla’.

Fe y obras de caridad

Resultaría poco eficaz y convincente buscar y profundizar la fe desconectándola del ejercicio de la caridad. Como dice el apóstol Santiago: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?” (2, 14ss). Así, la fe sin caridad no da fruto y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda (14). Será gracias a la fe como podremos reconocer el rostro del Señor. Creer es ver la realidad humana con los ojos de Cristo; es interpretar los acontecimientos que suceden, según Dios. Sostenidos por la fe seremos capaces de discernir evangélicamente la ‘realidad social’, que nos entorna, y tomar con esperanza nuestro compromiso en el mundo, aguardando así “unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia” (2Pe 3, 13).