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P. José Luis Castillo s.x.

Yo seré el que Dios escogerá

San Luis Gonzaga, nació el 9 de marzo de 1568, en Lombardia. Hijo mayor del marqués Ferrante y de Marta Tana. Desde muy pequeño inició su vida espiritual, rezando diferentes oraciones tanto en la mañana como por la tarde siempre de rodillas. Un día mientras la marquesa miraba a sus hijos haciendo oración, exclamó: Si Dios se dignara escoger a uno de ustedes para su servicio, ¡qué dichosa sería! Luis se le acercó y le dijo al oído: Yo seré el que Dios escogerá.

Cuando tenía alrededor de doce años padeció una enfermedad renal que lo obligó a alejarse del mundo de la cohorte, pero que le sirvió para leer una colección de la vida de los santos. Otros libros que leyó fueron las Cartas de Indias, sobre las experiencias de los misioneros jesuitas en aquel país, que le suscitó la idea de ingresar en la Compañía de Jesús para trabajar por la conversión de los no cristianos. También comenzó a hacer varias prácticas de penitencia como si fuera un monje. El día de la Asunción de 1583, al momento de recibir la sagrada comunión, oyó claramente una voz que le decía: Luis, ingresa en la Compañía de Jesús.

A pesar de la oposición de su papá que había puesto en él todas sus esperanzas de verlo algún día ocupar un puesto importante en la cohorte, entra con los jesuitas el 25 de noviembre de 1585.

Dio pruebas de ser un novicio modelo, a pesar de que al inicio desaparecieron todos los consuelos de Dios y el gusto por la religión, que desde su infancia lo habían acompañado, no por eso se desanimó, sino que continuó con las prácticas de piedad que alimentaban su vida espiritual. Suplicaba que se le permitiera trabajar en la cocina, lavar los platos y ocuparse en las tareas más humildes.

En 1591, se produjo una epidemia de fiebre que atacó con violencia a la población de Roma. Los jesuitas abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos, dedicaban tiempo a atender a los enfermos. Luis iba de puerta en puerta con un morral, pidiendo algo de comer para alimentar a los enfermos. Pidió permiso a sus superiores para cuidar a los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparándolos para la confesión. El constante servir a los enfermos provocó que también él contrajera la enfermedad, después de haber cargado a un enfermo que había encontrado en la calle para llevarlo al hospital.

Al ver que el final de su vida llegaba, escribió una carta a su mamá en la que le decía: Alégrense, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloren como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias. Expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591. Tenía veintitrés años de edad.

Fue canonizado en 1726. El papa Pío XI lo proclamó patrono de la juventud cristiana. Los restos de san Luis Gonzaga se conservan actualmente bajo el altar de Lancellotti en la iglesia de San Ignacio, en Roma.