El mes de octubre es el mes misionero, donde se nos invita a recordar que la Iglesia es misionera por naturaleza, por lo tanto, como bautizados, somos misioneros, somos invitados a compartir la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece la vida nueva de Cristo resucitado. Es lo que el Papa nos trasmite en el mensaje del DOMUND de este año mencionando el gesto de un estudiante Dinka que protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado.
Este testimonio me hace pensar en la tarea linda y al mismo tiempo difícil de ser testigo de Cristo como lo hizo san Maximiliano María Kolbe que nació en Polonia el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, y que fue bautizado con el nombre de Raimundo.
A los 13 años ingresó al seminario y allí adoptó el nombre de Maximiliano. Finalizó sus estudios en Roma y en 1918 fue ordenado sacerdote. Fundó en 1917 un movimiento llamado "La Milicia de la Inmaculada" cuyos miembros se consagrarían a la Virgen María con el objetivo de luchar mediante todos los medios moralmente válidos, por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo.
En 1939, en plena Guerra Mundial, es apresado junto con otros frailes en Polonia y enviado a campos de concentración. Al poco tiempo es liberado, precisamente el día consagrado a la Inmaculada Concepción. Fue tomado prisionero nuevamente en febrero de 1941 y enviado a la prisión de Pawiak, para ser después transferido al campo de concentración de Auschwitz, en donde a pesar de las terribles condiciones de vida prosiguió su ministerio.
La noche del 3 de agosto de 1941, un prisionero de la misma sección escapó. En represalia, el comandante del campo de concentración ordenó escoger a diez prisioneros al azar para ser ejecutados. Entre los hombres escogidos estaba el sargento Franciszek Gajowniczek, casado y con hijos. San Maximiliano se ofrece a morir en su lugar. El comandante del campo acepta el cambio, y es condenado a morir de hambre junto con los otros nueve prisioneros. Diez días después de su condena y al encontrarlo todavía vivo, los nazis le administraron una inyección letal el 14 de agosto de 1941.
En 1973, el papa Pablo VI lo beatificó y en 1982 Juan Pablo II lo canonizó como Mártir de la Caridad. Gajowniczek, por quien dio su vida, pudo asistir a la beatificación y la canonización de san Maximiliano.
La vida de los santos y en particular la de los mártires, nos interpelan y nos hacen pensar sobre la responsabilidad que tenemos de preferir ser una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y el miedo de dar la vida por Cristo…



