Hace algunos años, encontrándome en las amazonas, llegó un muchacho con una playera que tenía escrito: Dios no escoge a los capacitados, capacita a los escogidos. Esta frase me hizo pensar sobre el llamado que Dios hace a cada uno de nosotros y los miedos que a veces tenemos para dar una respuesta, poniendo muchos pretextos para escapar de la responsabilidad al llamado de Dios.
Aun cuando estas palabras no sean una cita bíblica, son muy parecidas. Si analizamos a los apóstoles, a los profetas, a Moisés, descubrimos que cada uno de ellos tiene límites como cualquier persona. Por ejemplo, cuando el profeta Amós llegó al reino del norte de Israel, la reacción que obtuvo fue que ya estaban asqueados de él. ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué no va a alguna otra parte? Esta forma de pensar se ve reflejada en los datos biográficos que nos ofrece este libro.
Así mismo, lo que destaca el libro es el hecho de que Amós no había recibido una formación para ser pro- feta, cuando respondió al llamado de Dios. No sé si eso influyó para que, como persona, no disfrutara del favor del pueblo, pero sea como sea, su mensaje no fue aceptado. Y ante las palabras de Amasías que le dice: Sal de aquí visionario; vete a Judá, gánate allá la vida dándote de profeta, pero no profetices más aquí en Betel, que es un santuario real, el resuelto y severo Amós, con sus antecedentes de hombre de campo y su brusquedad le responde: Yo no soy profeta ni hijo de profeta; soy pastor y cultivador de higos. Yahvé es quien me sacó de detrás de las ovejas y me dijo: “Ve y habla de parte mía a Israel, mi pueblo” (Am 7,12-15).
Nosotros también, el llamado lo podemos recibir viendo una situación injusta, una necesidad, a través de una persona o en la oración… Y en esos momentos, conociendo nuestros límites, surge de manera espontánea la pregunta: ¿por qué yo? ¿Quién soy yo para responder a Dios en estas circunstancias de la vida a través del sacerdocio, la vida consagrada, o la misión?
Responder a la llamada de Dios es siempre un desafío, aun cuando nos llama para estar con Él. Sin embargo, el seguirlo no es fácil, es comprometedor, incluye renunciar a muchas cosas, como ocupar un lugar importante en la sociedad o decir no a nuestros proyectos personales.
Uno de los mayores retos que hay que enfrentar, es el miedo de no poder responder al llamado divino… Jesús nos pide una respuesta libre, pronta y generosa. En pocas palabras nos pide confiar en Él, pues el enviado no es más que el que lo envía.
Dejémonos tocar por Jesús, con la confianza que, si es Él el que nos llama, también nos capacitará para ser sus instrumentos del Reino de Dios… Recemos constantemente por las vocaciones para que haya más personas que respondan sin miedo al llamado que Dios hace día a día…



