Antes de decir cualquier cosa respecto a este tema, es necesario precisar de entrada lo que queremos decir, empleando el término universal. Por nuestro estatuto y por las convicciones que nos mueven, no podemos tener consideraciones categóricas o imponer la propuesta de la Iglesia católica a todos los pueblos del mundo. Si bien es cierto que a nadie se le puede excluir de la Salvación, sin embargo, tampoco sería justo imponer la fe a toda costa, porque todos sin excepción, gozamos de la libertad de hijos de Dios.
Al utilizar el término universal, queremos enfatizar el hecho de que la Iglesia está siempre dispuesta a ir a dónde es necesario, para que todos los pueblos de la tierra, puedan gozar de la Salvación y hacerlos sentir hijos de Dios. Todo pueblo, toda cultura puede recibir el mensaje del Evangelio. La universalidad de la Salvación significa que no solo es para los que de modo explícito creen en Cristo y pertenecen a la Iglesia, sino a abarca a todos sin discriminación. Este mensaje de Salvación llega a través de los misioneros que en nombre de la Iglesia realizan la Misión que el mismo Jesús le encomendó.
Desde sus inicios, la Iglesia hizo suyo el mandato de Cristo a sus discípulos: “Vayan pues por todo el mundo y hagan discípulos a toda la gente, bautizándola en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.” (Mt 28, 19).
Este mandato sigue siendo muy actual, y es precisamente lo que nos recordaba san Juan Pablo en su encíclica Redentoris Missio: “la misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, aun está lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio.” (RM n°1). El mensaje de Salvación aún no ha llegado a todos, falta mucho camino por recorrer, mucho trabajo por realizar.
La Iglesia Católica, por ningún motivo puede acallar su propuesta, tiene que ir más allá de las fronteras y de los límites que pueda imponer el ser humano. Es cierto que la primera beneficiaria de la Salvación es la Iglesia, porque Cristo la ha adquirido con su sangre (Hch20, 28) y la ha hecho su colaboradora en la obra de la Salvación Universal. En efecto, Cristo vive en ella, es su esposo, fomenta su crecimiento, y por medio de ella cumple su Misión.
La Iglesia tiene la firme convicción que Cristo la anima y habita en ella. Es por eso que el Concilio Vaticano II, ha reconocido el papel primordial que la Iglesia tiene para que la Salvación llegue a toda la humanidad. Según el lenguaje empleado por el Concilio, la Iglesia es signo e instrumento de salvación.
Para hacerse más cercana a las situaciones que viven los hombres y mujeres de nuestro tiempo, la Iglesia siente la necesidad urgente de buscar nuevas formas y lenguajes para que el mensaje de Salvación llegue al corazón de las personas, pero sin perder su propia identidad y principios.
En efecto, la predicación del Reino de Dios debe tener en cuenta aquellas aspiraciones profundas de los hombres y mujeres que viven en una sociedad en concreto como son: el deseo de libertad, la sed de justicia, la libertad de expresión, el bienestar, la instauración de un mundo equitativo, el vivir en paz, etc. Son estos anhelos de la humanidad que nos hacen reafirmar, como dice san Juan Pablo II, “la urgencia de la actividad misionera (que) brota de la radical novedad de vida, traída por Cristo y vivida por sus discípulos.” (RM n°7)
El anuncio de la Salvación, cumplir con la Misión encomendada por Jesús, debe protagonizar indudablemente un cambio. Debe traer un cielo nuevo y una tierra nueva que abre una nueva era de gozo y felicidad que culminará en alabanza a Dios. Cumplir la misión de Jesús significa participar de las mismas luchas de las personas con las cuales se convive en misión, caminar por sus mismos rumbos. El anuncio de la Salvación no son solo palabras pronunciadas, sino el anuncio vivo de la Palabra de Dios a través de actos concretos que dan testimonio de nuestra fe en Jesucristo y de nuestra pertenencia a la Iglesia.
El anuncio de la Salvación, solo es posible gracias al Espíritu Santo, que ha estado presente a lo largo de la historia de la Iglesia y la ha acompañado con su presencia silenciosa, activa, vivificante. Por lo que podemos decir que el Espíritu Santo es el principal protagonista de toda misión eclesial. Su obra resplandece de modo eminente en la misión ad gentes (a los pueblos), como se ve en la Iglesia primitiva por la conversión de Cornelio (Hch10), por las decisiones sobre los problemas que surgían (Hch15), por la elección de los territorios y de los pueblos donde se debía predicar el Evangelio (Hch16, 6 ss). El Espíritu actúa en los Apóstoles (misioneros), pero al mismo tiempo actúa también en los oyentes: “Mediante su acción, la Buena Nueva toma cuerpo en las conciencias y en los corazones humanos y se difunde en la historia. En todo está el Espíritu Santo que da la vida.” (RM n° 21)



