En muchos libros de la Biblia se encuentran oraciones para pedir o dar gracias a Dios por su misericordia. Como hemos dicho, entendemos por misericordia la actitud y la acción de Dios, con la que nos libera de todos los males y nos llena de todos los bienes, o con su paz (en hebreo SHALOM).
Significativo es el salmo 117 –el más breve de todos los salmos– por su inclusión y universalidad: Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos, pues grande es su misericordia con nosotros y su fidelidad para siempre.
Conocido es el salmo penitencial 51, o sea de arrepentimiento y conversión, confiando en la misericordia del Señor. Es la oración de un pecador arrepentido, que nos representa a cada uno y a cada pueblo. Todos tenemos culpas y delitos, pecados que la inmensa misericordia de Dios borra, lava y limpia. Pero a Dios no solo le pedimos que nos perdone con su misericordia todos nuestros pecados, sino que nos llene de todos sus bienes: Hazme sentir el gozo y la alegría (Sal 51, 10). Crea en mí, oh Dios, un corazón inocente… Devuélveme la alegría de tu salvación (Sal 51, 12. 14).
En toda situación, en todo momento el Señor acompaña a cada persona, comunidad, pueblo, con su amor misericordioso. Impactante es una oración atribuida a Salomón, muy centrada en el templo: Oye, Señor, la plegaria de tu siervo y de tu pueblo Israel, cuando oren en este lugar. Escucha tú desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona (1Re 8, 30).
Esta oración tiene un respiro universal: También al extranjero que no es de tu pueblo Israel, el que viene de un país lejano a causa de tu gran Nombre, tu mano fuerte y brazo extendido, escucha tú desde el cielo, lugar de tu morada y haz cuanto te pida el extranjero, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu Nombre y te respeten (2Cr 6, 32-33).
Podemos hacer nuestro el salmo 136, o sea el himno a la eterna misericordia de Dios hacia toda la creación e historia humana: Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (Sal 136, 1). Por su misericordia ha hecho grandes maravillas (cfr. Sal 136, 4): ha hecho el cielo y la tierra, el sol, la luna y las estrellas (cfr. Sal 136, 5-9). Ha liberado a su pueblo de la esclavitud (cfr. Sal 136, 11ss), lo ha guiado por el desierto (cfr. Sal 136, 16) y le ha entregado su tierra en herencia (cfr. Sal 136, 16). Esto es el plan de Dios no por uno o pocos pueblos, sino por todas las naciones de la historia.
Veremos en la revelación de Jesús que la misericordia de Dios no tiene límites, amenazas ni castigos y a la vez un gran equilibrio entre su justicia y misericordia para con todos los pueblos (cfr. Rom 11, 30-32). En la carta a los Efesios encontramos esta oración: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo con el cual nos bendijo con toda clase de bendiciones (Ef 1, 3). Por eso podemos acercarnos confiados al trono de nuestro Dios, para obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno (Hch 4, 16).



