El Romano pontífice para facilitar a todos, un sincero retorno a Dios, concediendo licencia a cada fiel, sea laico que eclesiástico, de elegirse para este fin cualquier sacerdote aprobado, al cual le concede plena facultad para absolver también la excomunión, la suspensión y las otras censuras infligidas por cualquier causa, ya sea reservada a los obispos, al Romano pontífice o a la santa Sede. Así como de absolver cada pecado y exceso, aunque reservado, por cuanto grave y grande, previo requerimiento de una saludable penitencia y según las circunstancias.
Sea por tanto bendito el extraordinario Jubileo que se nos da en esta deseada recurrencia 16 veces seculares de la paz concedida a la Iglesia, no nos queda que corresponder dignamente a las santas intenciones del Padre común de los creyentes, aprovechando de este nuevo y gran beneficio. ¡Ah! Que no caigan en vano las divinas misericordias. Para que el Señor diga a cada uno de nosotros: Tú que con el pecado has perdido la herencia del cielo, Yo te ofrezco el modo de conquistarla con facilidad. De hecho, ¿qué cosa se pide para adquirir la indulgencia del santo Jubileo, este tesoro precioso e inapreciable? Bien poco, hermanos e hijitos queridos. Primero: visitar por seis veces la iglesia o las iglesias designadas por el obispo, orando por algún tiempo según las intenciones del santo Pontífice, por la prosperidad y exaltación de la santa Iglesia, por la conversión de los extraviados, por la concordia entre las naciones cristianas, por la paz y unidad del pueblo creyente. Segundo: confesarse al menos una vez durante el actual Jubileo que ha comenzado el pasado domingo in albis y termina con la solemne fiesta de la Inmaculada. Tercero: hacer una limosna, cada uno según las propias fuerzas, a los pobres o cualquier obra pía.
Es necesario como han oído, visitar la iglesia o las iglesias designadas por el ordinario, y yo aprovechando de las facultades que me han sido concedidas, he establecido para la ciudad que las iglesias donde se podrán hacer las seis visitas prescritas para ganar la indulgencia del Jubileo son las siguientes: esta basílica catedral, San Vidal, la Anunciación y San José; para el campo, que todas las iglesias parroquiales puedan servir para este propósito, a las cuales he añadido el santuario de Fontanellato, meta de devotas peregrinaciones.
La segunda obra prescripta es la confesión, pero una dolorosa confesión y válida, que quite de nuestras almas el pecado: debidamente expiados; porque el Jubileo es remisión de la pena, y la pena no se quita si primero no se quita la culpa. Para conseguir por tanto la indulgencia plenaria, conviene arrepentirse y arrepentirse de corazón, de todas las culpas, porque donde no hay dolor digno, no hay remisión.
Y nuestra reconciliación con Dios después tiene que ser sellada con la sagrada comunión, en la cual se efectúa aquella íntima unión ente el hombre y Dios, entre Cristo y el creyente que es la meta a la cual tiende la religión con sus ritos, con sus prácticas y con sus leyes.



