La descripción de san Pablo de la ilimitada maldad humana, absolutamente necesitada de misericordia –sea el inmenso mundo pagano, sea el pueblo elegido, igualmente sometido al pecado- (cfr. Rom 3, 9ss), viene dramáticamente narrada en una famosa parábola del Evangelio de Lucas. Todos conocemos la parábola del hijo pródigo, o mejor, del padre y sus dos hijos (Lc 15, 11-32), la cual a muchos nos ha conmovido y a muchos ha ayudado en un proceso de conversión.
Comúnmente se lee y se medita esta parábola como la indicación del camino de conversión de cada uno al descubrir la misericordia incondicional de Dios Padre. Pero la lectura que a continuación presento, sigue más de cerca el planteamiento indicado por san Pablo, es decir, desde una perspectiva histórica universal, cómo se ubican los paganos y los judíos ante la misericordia de Dios.
En la parábola hay detalles que se adaptan perfectamente a los dos pueblos: El hijo menor emigró a un país lejano (Lc 15, 13). Esta palabra indica algún lugar del imperio romano (cfr. Lc 19, 12) o también una región escasamente habitada en referencia a una tierra pagana.
El derrocharlo todo en una vida de libertinaje, san Pablo lo refería propiamente a la conducta de los paganos, como el trabajo de cuidar puercos, era propio de los esclavos y había momentos de hambruna cuando enteras poblaciones se encontraban en la necesidad de comer como los puercos. No hay que olvidar que, en tiempos de Jesús, los judíos llamaban puercos a los romanos, perros a los griegos, pájaros a los paganos o falsos maestros.
Precisamente, según el lenguaje de san Pablo, el levantarse de los paganos de su abismo de pecado no viene del impulso de la desesperación, así en la parábola el levantarse del hijo menor y ponerse en camino (Lc 15, 18) viene cuando recuerda a su Padre y su generosidad con los jornaleros (Lc 15, 17).
Muchos son los detalles del amor misericordioso del Padre para con este hijo que estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado (Lc 15, 24. 31). Es impresionante este sencillo lenguaje que expresa –mediante unos pasivos divinos– toda la preocupación de Dios con sus hijos perdidos y a la vez el gran festejo que prepara cuando se dejan encontrar.
Al comienzo, el padre después de haberle dado la vida y criarlo, le concede la parte de herencia que le toca y lo deja libre de irse. Luego sufre la miseria, la esclavitud de su hijo lejano, presiente sus dificultades, humillaciones y sufrimientos. Nunca deja de esperarlo y cuando lo reconoce mientras se va acercando, sintió compasión de él, corriendo, se echó al cuello y lo besó (Lc 15, 20), manifestando actitudes profundamente maternales, a pesar de que la madre nunca sea mencionada.
No hace falta que diga: hijo mío, te perdono, porque desde siempre lo había perdonado, lo importante es hacer una gran fiesta con la participación de toda la familia. Solamente el hijo mayor –que claramente expresa al pueblo de Israel– siempre obediente al Padre (Lc 15, 29) y fiel a la Ley (Rom 2, 17), no quiere participar en la fiesta, reclamando la injusticia del Padre. Aquí resuena una pregunta de san Pablo: ¿Debe hacerse el mal para que resulte el bien? (Rom 3, 8), o, en palabras de un antiguo autor pagano: ¿Entonces, es un mal ser justo? La respuesta es impactante: Tú siempre estás conmigo y lo mío es tuyo (Lc 15, 31).



