1.- ¿Te podrías presentar brevemente?
Hola amigos de nuestra familia xaveriana. Soy el padre Antonio Ugalde Barrón, originario de Colón, Qro. Comencé mi formación como xaveriano en San Juan del Río en 1983 y fui ordenado sacerdote en el año 2000. Estudié la teología en Camerún, pasé once años en el Chad, y ahora desde hace cinco años estoy en Parma al servicio de nuestros hermanos ancianos o enfermos que regresan de las misiones.
2.- ¿Podrías contarnos cómo nació tu vocación?
Esta pregunta siempre me ha robado una sonrisa, escuchando a otros que hablan de cómo nació su vocación. Como siempre hay un momento, un hecho, una persona... yo trato de ver cómo nació mi vocación, y lo único que encuentro son recuerdos. Cuando tenía cuatro o cinco años, vi como un tío se ordenaba sacerdote, me marcó tanto el momento en el cual el candidato se postra, y el pueblo invoca la ayuda de los santos, que ese día me dije: Un día haré como él. Años más tarde un día mi padre me preguntó qué regalo me gustaría pedirle a los Santos Reyes y yo le respondí: Una sotana. Los años pasaron, y un día el padre Natalio Paganelli vino a nuestra escuela a invitarnos a pasar unos días en el seminario de San Juan del Río. Yo participé, me sentía feliz, pues me gustaban las diferentes actividades y con mis compañeros me encontraba bien. El seminario era mi casa, amaba y siempre he amado esta casa y está familia xaveriana.
3.- ¿Actualmente a qué te dedicas?
Después de haber estado quince años en África, se me pidió servir de otra manera a la misión y a nuestra familia, así fue como me destinaron a Parma para unirme al grupo de xaverianos que están al servicio de los ancianos y enfermos que se encuentran en el cuarto piso de nuestra Casa Madre.
Yo no soy doctor ni enfermero y no tengo ninguna formación en este campo, soy un simple hermano de estos misioneros, y repito hermano porque es una palabra llena de sentido para mí. Cuando llegué conocía solamente a cinco padres, porque habían estado en México o porque habíamos estado juntos en el África, pero a la mayoría no los conocía. No conocía ni siquiera la lengua italiana, pero es aquí que la palabra hermano toma su sentido, yo fui recibido como un hermano en una familia y venía a prestar mis servicios como un hermano que puede ayudar a sus hermanos mayores.
Mi trabajo es muy simple, pasar mis días con ellos, desde que se levantan hasta que se van a descansar por la noche. Reír, cantar, jugar, darles sus comidas, acercarles un vaso de agua, rasurarlos, tirar la basura... todo servicio que un familiar pueda hacer por su familia, sin olvidarse de rezar y celebrar la Eucaristía, pues estos padres enfermos y ancianos nunca han dejado de ser consagrados y misioneros.
4.- ¿Cuáles son las principales dificultades que encuentras?
La primera dificultad que encontré al llegar, fui yo mismo. Descubrí como es muy fácil hablar de servir, de amar, de tantas bellas cosas que sirven para el bien de los demás, pero vivir, de manera concreta esas palabras en la propia vida, es más exigente. Sabemos todos que el cuidado de los enfermos y de los ancianos es un servicio que pide mucha dedicación, mucha paciencia, mucho trabajo. Es un servicio que no respeta días, ni fiestas, ni domingos. Todos los días son iguales, y eso, es lo difícil, hacer que, en esa monotonía de todos los días, buscar y luchar para que cada día sea distinto, para que cada día tenga un nuevo amanecer, una nueva esperanza, una nueva vida.
5.- ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de las personas con las que convives?
Es una pregunta difícil, por el hecho de que cada padre es diferente. Muchas personas pensarán que porque somos consagrados todo nos es más fácil, pero en la enfermedad y en el sufrimiento todos somos iguales. Aceptar los límites de la vida no es fácil para nadie. Cuando a un padre que ha pasado su vida entera en una misión pero que a causa de la enfermedad o de los años que se acumularon, le dicen que es el momento de volver a su patria, para seguir un tratamiento o pasar sus últimos años en la casa de los ancianitos, no es fácil aceptar. Debemos creer que es parte del camino de fe en Dios. Pasar de la autosuficiencia al tener que ser asistido en todo, si no se tiene fe en Dios, se puede convertir en un infierno. Pero si nos dejamos guiar por Dios será la experiencia más hermosa de fraternidad, de humildad, de descubrimiento de un Dios que sufre en la cruz, pero que desde ahí nos salva y nos conduce al Reino del Padre.
6.- ¿Alguna experiencia significativa que te haya marcado?
Asistir durante el momento de su muerte a muchos de ellos, y poder constatar que sus vidas de verdad han sido un regalo al anuncio del Evangelio.
7.- ¿Cuáles serían las principales necesidades de los misioneros enfermos?
Podemos hacer grandes listas de necesidades, pero prefiero limitarme a dos que considero importantes:
a) Tiempo. Cada uno de ellos es una historia, lleva en sí muchas experiencias que de una u otra manera quisiera compartir, o simplemente está la necesidad de ser ayudado, por eso el tiempo de estar con ellos, de conocerlos, es importante.
b) Hacerlos sentirse amados. Es fácil ver todo como un trabajo, pero más allá del trabajo son personas que también ellos han dedicado sus vidas al anuncio del Evangelio, son personas que saben qué significa amar, y que a su vez quieren ser amadas. Como dice san Pablo: Aunque uno tuviera todos los conocimientos, todas las aptitudes del mundo y tuviera el don de lenguas... sin la caridad no soy nada.
8.- ¿Para ti como misionero, que significa celebrar un año dedicado a la misericordia?
A partir de este contexto en el que vivo todos los días, celebrar el Año de la Misericordia es vivir con una entrega más grande en el servicio a mis hermanos enfermos y ancianos que en los distintos límites de sus vidas a causa de la enfermedad o de la edad, tienen necesidad de una mano que les ayude a vivir con más calidad cada momento. Significa también hacer la experiencia de Cristo en la cruz que a pesar del sufrimiento que estaba viviendo, dice al ladrón: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso, y después expresa su deseo al Padre diciendo: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Es decir, aprender a encontrar en medio de la más grande dificultad en que uno pueda estar, aquellos signos de esperanza y de vida para seguir adelante en este camino de amor y de salvación que es el proyecto de Dios para cada uno de nosotros.



