“Mi oficio es predicar y enseñar día y noche. En el día enseño a leer, escribir y cantar; en la noche leo doctrina cristiana y predico…”. Así resumía, Fr. Pedro de Gante su gran labor que realizaba en la Nueva España.
Fray Pedro de Gante nació por el año de 1490, cerca de la ciudad de Gante (Bélgica). El apellido de Pedro de Gante era original de Moor pues era familiar de Carlos V. Después de permanecer un año en España, parte para la nueva España (México), junto a dos franciscanos más: Juan de Tecto y Juan de Aora; desembarcando en las costas de Veracruz el 13 de agosto de 1523.
Poco tiempo después, se sobrepone a la muerte de sus compañeros durante la expedición de Cortés a Honduras, dedicándose con entrega al estudio y conocimiento del medio indígena. Entremezclando ideas educativas de Europa con las de la cultura prehispánica, y aprovechando el ingenio de los indígenas, así como sus elementos artísticos (pintura, música, danza, drama), fray Pedro fijó, quizá sin pretenderlo, un sistema misional-educativo que se extenderá por toda América.
Desde su llegada en 1523, pidió a Cortés que le enviase a los hijos de la nobleza indígena para educarlos cristianamente, y una vez establecido el convento de San Francisco de México, Pedro de Gante se trasladó a esta ciudad en donde organizó una escuela con doble objeto: instruir en la fe cristiana a los niños más sobresalientes de la sociedad indígena, y formar con ellos un grupo misionero. Él lo dice de esta forma: «He escogido unos cincuenta (niños) de los más avisados, y cada semana les enseño a uno por uno lo que toca decir o predicar el domingo siguiente; lo cual no me es corto trabajo, atento día y noche a este negocio para componerles y concordarles sus sermones». Encontramos así a Pedro de Gante dedicado a la enseñanza y predicación día y noche: «En el día enseño a leer, escribir y cantar; en la noche, doctrina cristiana y sermones». Poco después, Pedro de Gante añadiría un objetivo más a su escuela: la enseñanza de artes manuales.
Su cercanía al Emperador y la conciencia de ser uno de los misioneros que mejor conocía la situación del indio, por convivir con ellos, lo lleva a exponer y defender con valentía los derechos del pueblo conquistado, pues, en su expresión, «…No fueron descubiertos sino para buscarles su salvación... Vasallos de Vuestra Majestad son, la sangre de Cristo costaron, sus haciendas las han tomado, razón será que (Vuestra Majestad) se duela de ellos; y pues están desposeídos de sus tierras, que en pago les ganen ánimas…». Verdadero grito cristiano en favor del desposeído.
De la escuela de México de fray Pedro de Gante salieron, además de misioneros, los primeros artesanos, pintores, canteros, carpinteros. Con ellos se edifican los primeros templos, a veces capillas sencillas con techos de enramada; otras, iglesias solemnes, como la de San José de los naturales, de la ciudad de México, a cuya sombra la entonces iglesia de San Francisco parecía humilde y pequeña, nos dice un misionero contemporáneo. Fruto de la escuela fueron también un buen número de pinturas, imágenes y retablos que adornaron los primeros templos del lugar, sin contar las artesanías de los herreros, sastres, zapateros y otros oficiales que aprendieron su profesión allí.
Pedro de Gante dejó otros testimonios del amor a su nuevo pueblo: catecismos hermosamente pintados en escritura ideográfica como lo hacían los indios en sus códices prehispánicos, doctrinas amplísimas en lengua náhuatl, escritas en caracteres latinos. Según escritos atestiguan que Gante bautizó más de doscientos mil personas, también rechazó tres licencias para ordenarse como sacerdote, una del papa Paulo III; la segunda es la del Capítulo General celebrado en Roma siendo jefe supremo fray Vicente Lunel, y la tercera del nuncio apostólico que estuvo en la corte de Carlos V. Su fama era tal que el arzobispo Motúfar sucesor de Zumárraga, decía “yo no soy el arzobispo de México, sino fray Pedro de Gante”.
Finalmente murió Fr. Pedro de Gante, ya muy anciano, en el año de 1577 en el Convento Franciscano de México.

