La misión no es un elemento opcional sino constitutivo de la Iglesia. La Iglesia es para la misión. Y la misión no se puede detener. Una Iglesia sin misión y sin misioneros no es la Iglesia del Jesús que nos dice: “Id por el mundo entero y anunciar el Evangelio a toda creatura” (Mc 16, 15). Los misioneros y misioneras no pueden ser en la Iglesia una especie en extinción, porque el Espíritu que empuja a la Iglesia es el mismo que empujó a Jesús, el primer misionero enviado desde el seno del Padre. Una Iglesia sin misión sería una Iglesia sin Espíritu Santo.
El Espíritu que envía Jesús a evangelizar a los pobres (Lc 4, 14-21) continúa cada día avivando el fuego de la misión en la Iglesia. Y también el fuego de la misión ad gentes. La misión ad gentes “allá” no se puede paralizar por la escasez de evangelizadores “acá”. En las circunstancias actuales en las que nuestras iglesias locales están y se sienten más escasas de fuerzas para atender sus propias responsabilidades de atención pastoral, si a algo no pueden renunciar es a continuar enviando misioneros a los otros lugares como iglesias siempre “en salida”.
La tentación por parte es por no suscitar en estos momentos vocaciones para las misiones ad gentes por lo mal que estamos aquí. Pero esa es una tentación suicida. Solo desde la apertura a la misión se podrá despertar y revitalizar la Iglesia como Iglesia en salida. “Mayor es el gozo de dar que el de recibir” (Hch 20, 35). La misión nunca debilita a la Iglesia sino que la vigoriza. La apertura a la misión es el signo de que el Espíritu está viviendo hacia ella y la fecunda, y el poder del Altísimo la cubre con su sombra.
Es realista admitir que ahora nuestras posibilidades de envío no son tanto de sacerdotes y de religiosos. Pero tenemos hoy unos laicos mejor capacitados para la misión que en el pasado, y contamos con nuevos cauces para la misión de los laicos que antes no teníamos. Esta es su hora. Esta es la hora de un gran incremento de los misioneros laicos. En la misión ad gentes se precisa su aporte y su testimonio.
Nuestro reto es por tanto, no ceder a esa tentación y mantener en esta hora el envío de misioneros desde nuestras desgastadas iglesias locales y desde nuestras congregaciones religiosas más reducidas en número: ¡ninguna iglesia local ni congregación sin misioneros!
(Revista Misiones Extranjeras): ISL.



