Cuando nacen las órdenes mendicantes y mucho más cuando aparecen las congregaciones modernas, se siente la necesidad de fundamentar la propia vocación y carisma en la Escritura, y en particular, en la vida y enseñanza de Cristo. Se difunde la idea de la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio (Concilio de Trento) y de la forma de vida de unos cuantos según los consejos, sobre la forma común según los preceptos.
“Quienes practican estos consejos son acreedores de una alabanza y recompensa particulares. Pero, como tienen por objeto cosas difíciles y muy elevadas, la bondad divina no ha querido imponerlos como preceptos o deberes necesarios para todos, sino proponerlos únicamente como consejos, cuya ejecución depende solo de nuestra libertad y de nuestra decisión…Todos los cristianos deben estar animados de un mismo Espíritu, el de Jesucristo, y caminar por la vía estrecha; más el Espíritu Santo reparte sus dones como le place. Quien no puede volar como águila, que vuele al menos como pajarillo; y si permanece en el siglo, busque elevarse al cielo mediante el cumplimiento de los preceptos divinos” (Un monje de1680). En nuestro tiempo es difícil deducir de un texto bíblico semejante mentalidad.
También es útil una aclaración del término mismo “consagración religiosa” y “vida consagrada”. Los documentos eclesiásticos y los teólogos de la vida consagrada subrayan dos aspectos: primero, consagrar es una acción propia de Dios, que santifica, sacraliza, diviniza o sacrifica, no en el sentido de que destruye, sino que nos hace semejantes a Él.
Estamos acostumbrados a hablar de la consagración como un acto de una persona que se entrega a sí misma a Dios para el servicio del prójimo. O también como entrega de otros a Dios, como el caso del obispo que consagra a los diáconos y presbíteros. O la consagración eucarística como renovación de la entrega total de Cristo al Padre para la salvación de todos, que es más obra del Espíritu Santo que del celebrante con sus palabras.
Es muy importante entender que el significado original de “sacro” y “santo”, no es solamente una separación del mundo y acercamiento a Dios, sino que propiamente significa la cercanía de Dios a su pueblo para alejarlo de todo sistema religioso, social y político de opresión y muerte. Analógicamente el significado de sacerdote, ya no en sentido del Antiguo Testamento, de una persona encargada de los sacrificios y ofrendas recibidas en el templo. Más bien en el sentido de la Carta a los Hebreos, que presenta un sacerdocio no de separación sino de solidaridad, no de exaltación sino de humillación, como la práctica y enseñanza del propio Jesús, que se entrega al servicio de los pequeños, pobres, marginados, precisamente lejos de todo ritualismo y clasismo: “Yo no vine para ser servido, sino para servir y dar la vida” (Mc 10, 45) “hasta la muerte y la muerte de cruz” (Flp 2, 8).



