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P. Tiberio Munari

Formación espiritual de los primeros xaverianos

Entre los años 1904-1907, Conforti abrió las clases de liceo y teología en casa. Sus alumnos eran bien atendidos en el seminario diocesano, pero ahora la distancia, desde la periferia al centro, les hacía perder mucho tiempo. Unos amigos sacerdotes se prestaron generosamente a dar clase. Todas las mañanas el fundador los esperaba a la puerta y, lleno de gratitud los acompañaba a los salones de clase. El mismo daba clase de filosofía, apologética y literatura, y estaba dispuesto a suplir a los profesores ausentes o enfermos.

En la pedagogía de Conforti entraba también el favorecer las buenas aptitudes naturales de cada uno, pero siempre bajo el aspecto práctico, a favor del Instituto y de las misiones. Así como el aspecto cultural y artístico: la música, la banda musical a la cual todos tenían que pertenecer, por consejo de un médico, pues decía que soplando una hora diaria la corneta, trombón o bombardino, se ensanchaba el tórax y se evitaban enfermedades pulmonares.

Sin embargo, lo que más le urgía al fundador era inculcarles el espíritu religioso y misionero. Les contaba cómo había surgido en él la vocación misionera, leyendo la biografía de san Francisco Xavier. Solía repetir: “La vida apostólica unida a la profesión de los votos religiosos, constituye de por sí cuanto de más perfecto, según el Evangelio, se puede concebir. Mediante la profesión de los votos religiosos morimos a todo lo que es terreno para vivir una vida escondida con Jesucristo en Dios”. “La vocación misionera a la que hemos sido llamados no puede ser más noble y grande. Nos hace semejantes a Cristo y a los Apóstoles”, y concluía con entusiasmo: “¡El Señor no ha podido ser más bueno con nosotros!”.

En los retiros mensuales trataba siempre temas concretos de la vida religiosa: pobreza, castidad, obediencia y el voto de misión. Conforti no se reducía a las bonitas pláticas del salón de conferencias o de la capilla. Después de la comida, en los recreos, paseando en el jardín o en los pórticos, sus hijos lo esperaban para que les  siguiera contando noticias de las misiones. “Fue en uno de estos paseos, recuerda el Padre Zulián, cuando nos confió que deseaba ir a China a visitar a nuestros misioneros. Otra vez nos dijo que pensaba pedir al Santo Padre una misión en África, tal vez en Camerún.”

Conforti amaba tanto la vida religiosa unida a la vida misionera, que él mismo fue el número uno de la congregación en hacer los cuatro votos. En 1895 fue el primero en emitir los votos temporales, y los votos perpetuos en 1902, con ocasión de su consagración episcopal en la basílica de san Pablo en Roma. Pero, uno se pregunta: ¿Cómo monseñor Conforti puede conciliar la vida religiosa misionera con su ministerio episcopal? La ley canónica dispensa de ciertas obligaciones desde el momento que un sacerdote o un religioso es nombrado obispo. Para Conforti fue al contrario; cuando lo nombraron obispo, se ligó aún más con los votos religiosos. Para él los votos no eran un peso, sino el medio de mantenerse más ligero y desapegado de las cosas, para vincularse más a Dios. Era una forma para vivir y expresar más radicalmente su consagración a la misión. Para Conforti la vida apostólica y la vida religiosa eran un carisma único e indivisible.