San Guido al no poder cumplir su sueño de hacerse misionero, lo cumple de cierta manera al fundar una familia de misioneros, pues ya que para él la vida apostólica, unida a la profesión de los votos religiosos, constituye de por sí lo más perfecto que, según el Evangelio se pueda concebir. Pero sobre todo tratará de que sus misioneros vivan realmente como familia, a pesar de que sean de diferente edad y procedencia, para que fomenten la fraternidad en medio de los pueblos que son enviados.
“Debemos esforzarnos por realizar las sublimes finalidades que se propone alcanzar nuestro Instituto, trabajando con siempre creciente ardor por la dilatación del Evangelio en tierras infieles, dando así nuestra humilde aportación a la realización del auspicio de Cristo que augura la formación de una sola familia cristiana que abarque a la humanidad.
Y, junto con el amor a Dios, debemos alimentar en nuestros corazones la caridad hacia nosotros mismos y hacia nuestros hermanos, y en primer lugar, hacia quienes forman con nosotros una misma familia religiosa y tenemos en común la vida, los ideales, las fatigas, los méritos, la dirección, todo, en espera de disfrutar juntos también, un día más o menos lejano, de la gloria celestial. Acerca de este deber esencial, no podemos tener ninguna duda. “Este mandamiento hemos recibido de Dios: que aquel que ama a Dios, ame también a su hermano”. Así dice el Apóstol predilecto.
¡Qué bueno y agradable es ver que los hermanos viven unidos!, exclama el salmista. Quiera el Señor que nuestra Sociedad ofrezca siempre este espectáculo consolador y sin duda lo ofrecerá si la caridad de Cristo, tal cual nos la describe el sublime Apóstol de los Gentiles, regula todas las relaciones entre los hermanos y hace de todos los miembros que la componen un solo corazón y una sola alma. Cada uno, por lo que a él le corresponda, esfuércese por conservar diligentemente el vínculo de esta unión santa evitando todo lo que pudiera debilitarla. Reprima en sí el egoísmo individualista, el espíritu de censura y de murmuración, la tendencia a las disputas y a las singularidades, la manía de lucirse y sobresalir en todo. Todo debe ser generosamente sacrificado sobre el altar de la concordia fraterna, que hace agradable la convivencia, y consolida y hace prosperar las instituciones”. (Quinta carta circular, Parma, 2 de julio de 1921)

