Autor: SIRA.
“Hubo un hombre enviado por Dios, su nombre era Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz”. (Jn 1,6s) Juan fue enviado por Dios para ser testigo de la luz, y no del poder o para mostrar a un Dios triunfalista. El profeta Juan da testimonio de humildad, de paciencia y de la misericordia de Dios.
Todo consagrado/a es enviado por Dios, como un “pequeño profeta”, que a pesar de sus límites, se deja iluminar y llenar de luz, que le permite “leer con los ojos de la fe los signos de los tiempos y responder creativamente a las necesidades de la Iglesia” (Papa Francisco). Cada consagrado/a está llamado a mostrar en cada uno de sus actos la luz de un Dios que salva, que cura los corazones heridos, que busca a los prisioneros para sacarlos de sus cárceles e introducirlos en la luz de Dios. Porque solo la luz de la Verdad libera, salva, hace buena la vida y embellece la persona.
Por ello, el consagrado/a puede y debe gritar al mundo: “Me alegro en el Señor con toda el alma, me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia”. (Is 61,10-11) Y diariamente podrá gritar con María de Nazaret, la mujer que enamoró a Dios: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu festeja a Dios, mi Salvador, porque se ha fijado en la humillación de su esclava”. (Lc 1, 46-48)
El consagrado/a, que vive el Evangelio, es iluminado y enviado para ser luz en medio de los hermanos y voz que grita: “Yo soy alguien que se sabe amado y perdonado por Dios, pues todos somos hermanos porque formamos parte de la gran familia de los hijos de Dios”. Este es el Reino de Dios hecho visible aquí y ahora en el mundo.