Autor: San Guido/
Cuando la muerte, con su inexorable guadaña recorre nuestros barrios, visita nuestras casas y cercena la vida de nuestros seres queridos, ¿qué consuelo puede traernos entonces la ciencia de la duda, la ciencia que admite sólo la materia y que más allá de la tumba no ve más que la nada, la gélida, desoladora, terrorífica nada? Sin religión, ¡una tumba es demasiado horrible de verse!
En cambio, si dejan que la religión se siente al lado del moribundo y que consuele sus agonías, entonces, en aquellos momentos de supremo dolor, un rayo de esperanza y consuelo se difundirá en el ambiente. A quien está por abandonar esta tierra de destierro, ella le señala la feliz morada de los Santos; recuerda el premio eterno que sobrepasa todo deseo, y a los que, en breves instantes, viertan lágrimas sobre los restos fríos de quien fue parte importante de ellos, les dirige la palabra del Apóstol: no se entristezcan como los demás, que no tienen esperanza (1Ts 4,13); volverán a abrazar, un día, en el gozo eterno de los justos, al padre, a la madre, al hermano, al amigo perdido.
No hay, pues, queridos hermanos, cosa alguna que tenga que interesar más de cerca a un cristiano cuanto la religión que él profesa, si lo relaciona tan íntimamente con su felicidad presente y futura; si ella, en todas las contingencias de la vida, nos da una suficiente explicación de cuánto sucede a nuestro alrededor, disipa las tinieblas más espesas y endulza los dolores más fuertes». [1910, 14 de enero, Parma, Homilía fiesta de San Hilario “El amor a la religión”: FCT 16, 379-380]