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Xaverianos

¿Qué necesita un misionero?

  pagina 6Autor: P. Juan Juárez

¿Qué necesita un misionero en tierras de misión? Es la pregunta que nos hace el cartel que se ha elaborado con motivo de la jornada mundial de ayuda a las misiones (DOMUND), que celebraremos el próximo 19 de octubre. La idea de este cartel ha surgido a partir de dos documentos del Papa Francisco: la exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”, y  el mensaje que el Santo Padre dirige cada año con motivo del Día de las misiones, en la Solemnidad de Pentecostés.

 El cartel trata de responder a esta pregunta, a través de unos símbolos como son: Biblia, rosario, pan, vela, sal, chile, pescado, y no podía faltar la cruz, entre otros. Estos símbolos representan las necesidades personales del misionero, como aquello que le sirve para cumplir con su misión.

 Necesidad básica

Estamos tan acostumbrados a pensar en los misioneros como personas que dejan su familia, sus amigos, su país, para ir otro lugar, que podemos caer en la tentación de creer que para ellos es fácil, porque son misioneros. Pero quizás no nos damos cuenta que tanto ellos como nosotros, vivimos momentos de desánimo, de soledad, de incomprensión. Sin embargo, a pesar de esos momentos difíciles, de ser personas mayores o estar delicados de salud, quieren  regresar, después  de haber dedicado toda su vida a la misión. Como el caso recientemente conocido del Padre Miguel Pajares, misionero en Libia, que murió de ébola. ¿De dónde sacan la fuerza para permanecer fieles hasta el final?

 El Papa en su mensaje nos dice que el Domund, es una celebración de “gracia y alegría”. De “gracia” porque el Espíritu Santo, ofrece sabiduría y fortaleza a aquellos que son dóciles a su acción. De “alegría” porque  Jesucristo sostiene y acompaña nuestra obra misionera. A partir del pasaje de los 72 discípulos que son enviados a predicar (Lc. 10,21-23), el Papa nos recuerda las palabras que Jesús dice a sus discípulos: su alegría no debería nacer del hecho que los demonios se les someten, sino porque sus nombres están inscritos en el cielo. A ellos, se les ha concedido  experimentar el amor de Dios, e incluso la posibilidad de compartirlo. Seguramente si los misioneros son capaces de entregar su vida por la misión, es porque  “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús.”

Es por eso, que si el misionero quiere compartir la alegría de su vocación, lo primero que necesita es dedicar tiempo para estar con Jesús. Son esos momentos de oración los que le permiten que delante del  “gran riesgo del mundo actual” que “con su abrumadora oferta de consumo”,  no caiga en una “tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro.”  (EG 2).  La primera necesidad básica que tiene el misionero es la oración. Y es la oración su trabajo principal. Pero también necesita de nuestra oración, para mantenerse firme ante la adversidad.

Tres comunidades

Hace algunos días, tres misioneras xaverianas italianas fueron asesinadas brutalmente en su casa.  Durante la misa del funeral mucha gente, entre ellas algunas personalidades, hizo acto de presencia en solidaridad con estas “abuelas” como muchos de ellos las llamaban, y como signo de cariño y respeto por el bien que habían hecho entre ellos. ¿Pero quienes eran?

La Hna. Lucia Pulici, había salido de su casa a la edad de 21 años para entrar con las Misioneras de María de Parma. Lucía se había dedicado muchos años con alegría, al cuidado de las mujeres embarazadas y a la enfermería. Primero diez años en Brasil, después 23 años en Congo, y sus últimos siete años los había dedicado a la integración religiosa de los jóvenes de las diferentes etnias del Burundi muy divididas entre sí. Este servicio lo hacía compartiendo la alegría de su consagración, en muchos pequeños servicios de hospitalidad y caridad en la oración. Cuando regresaba, de vacaciones a su tierra, todos decían: “Está enamorada de Burundi y de su gente”, aquella es su tierra.

La Hna. Olga Reschietti, llegó al Congo al final de los años 60´. Alrededor de cuarenta años, vivió en la alegría de estar en medio de la gente, y en el servicio de la catequesis, deseosa de que todos conocieran a Jesús y acércalos a la vida de la Iglesia.  Fue en el año 2011 que le pidieron ir a Burundi a la misión de Kamenge, en Bujumbura, para colaborar con las demás hermanas en la integración de las varias etnias. Tenía 80 años. Ahora con las fuerzas disminuidas, era una presencia de hospitalidad, compasión y amistad. Era feliz cuando acompañaba a algún anciano en la preparación a los sacramentos. Unos meses antes de su muerte, había estado en Italia para curarse, todo el mundo le decía que se quedara, pues ya era muy anciana. A todos respondía: “Mi tierra es África”. En una carta que había escrito a su parroquia decía: “Mi vocación es estar ahí, con mi gente, con mis hermanos de Burundi”.

La Hna. Bernardetta Boggian, primero llegó al Congo en 1970, y unos años después se le pidió ir a Burundi. Trabajó en la pastoral, sobre todo en la formación de la mujer y en la alfabetización de los adultos, tratando con mucha humanidad y cariño a cualquiera que se le acercaba.  El año pasado antes de volver a Burundi había escrito: “La providencia me ha dado el don de encontrarme con diferentes pueblos y culturas, de contemplar bellos paisajes. He conocido a personas maravillosas, cristianos y creyentes de otras religiones; rostros que pasan frente a mi mente como un desfile de humanidad, haciéndome revivir el asombro de haber encontrado las semillas del Evangelio ya presentes en estos pueblos.”

Podemos responder que lo segundo que necesita un misionero es una comunidad,  o más bien, tres comunidades que lo ayuden, que lo sostenga no solo en los momentos importantes de la vida, sino sobre todo en la vida diaria.

 La primera comunidad que necesita un misionero, es la propia comunidad de la que ha salido. Tomando como ejemplo, el testimonio de estas tres xaverianas de Burundi, nos damos cuenta que para un misionero, después de haber vivido muchos años en misión, aquella tierra la considera como su propia patria, pero no por eso deja de sentir bonito cuando recibe noticias de sus conocidos, y sobre todo si recibe el apoyo, incluso económico de parte de su parroquia. Bien sabemos que nuestras parroquias, tiene sus propios problemas y dificultades, pero cuando nos centramos en nosotros mismos, esas carencias nos pueden parecer las más grandes del mundo. Si miramos más allá, nos damos cuenta, que hay personas que viven en situaciones más difíciles que las nuestras, sobre todo no en las grandes ciudades, sino en lugares más aislados que es donde viven muchos misioneros.

Ellos continuamente tienen que hacer frente a situaciones como son la falta de agua, de escuelas, de hospitales… Ellos muchas veces quisieran hacer algo más, pero no cuentan con los medios necesarios. Es por eso, que cuando reciben ayuda de su país de origen, y sobre todo de su parroquia, sienten que no están solos, hay quien comparte su misión. El gesto que hace una parroquia de ayudar a otra más necesitada, no solo hace un gesto de buena voluntad, sino ayuda a miembros de su “familia” más necesitados, como recomendaba san Pablo a los cristianos de las primeras comunidades (2Cor 8). Por otro lado, cuando una parroquia colabora de acuerdo a sus posibilidades en el anuncio del Evangelio, está cumpliendo el mandato que Jesús dio a su iglesia, está cumpliendo con su vocación.

La segunda comunidad de la que tiene necesidad un misionero, es la comunidad a la que es enviado. Un misionero puede estar muy convencido que su misión es llevar las personas a Dios, y Dios a las personas. Y hace que Dios visite a su pueblo no solamente en la misa o en los otros sacramentos, sino también a través de las obras sociales que promueve, pero, si no lo hace junto con la comunidad parroquial, no podrá hacer mucho, por no decir casi nada. Pues para cambiar una situación hace falta que un grupo de personas poco a poco vayan asumiendo, los valores y la forma de vivir que se les propone de acuerdo al evangelio.

Por eso tanto aquí como en misión, las iniciativas deberían surgir de la comunidad y realizarse en comunidad. Para que no ocurra, como sucede  a menudo, que proyectos que parecían modelos a seguir, de la noche a mañana no continúan porque el misionero fue cambiado de comunidad. Es por eso que muchos misioneros, trabajan en la formación de los llamados “agentes de pastoral”, que animan la catequesis, los coros, la visita a los enfermos, y otros tantos servicios que presta la parroquia.

 Actuando de esta manera, aun cuando el misionero pueda faltar, la labor de anunciar la Buena Nueva continua, pues el Espíritu Santo seguirá moviendo a los laicos a asumir su propia vocación misionera, “a cultivar la alegría de la evangelización”. Un misionero llegó y plantó. Otro vendrá y regará la semilla. Otro afortunado cosechará. Pero Dios es el que hizo fructificar a la comunidad (1Cor 3,7).

Una tercera comunidad que necesita el misionero, son los hermanos de su propia congregación. Hay muchos misioneros que son un modelo a seguir por el testimonio que dan y que son admirados aun por personas no cristianas. Pero lo que de verdad impacta en misión, es ver como personas de distinta nacionalidad y edad, a pesar de las dificultades, son capaces de trabajar y vivir un mismo ideal. Pues  viviendo en comunidad, es como el mensaje de fraternidad que anunciamos se hace realidad. Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra.

Volviendo a recordar a las hermanas, que fueron asesinadas en Burundi, nos podemos imaginar el impacto que causaron entre las personas de aquel lugar, no mataron solo a unas religiosas, mataron una comunidad.

Pies misioneros

            Otra cosa que necesita un misionero y que es más difícil de conseguir, a mi modo de ver, tanto por el tiempo, como por los factores que influyen, son las vocaciones misioneras. Es bien sabido que tanto aquí y sobre todo en países de misión hacen falta personas que quieran dedicar su vida ayudar a los demás. Esto nos los recuerda el Papa en su discurso cuando dice que “en muchas regiones escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada”. Y nos dice que “a menudo esto se debe a que en las comunidades no hay un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo.”

Es cierto que la vocación no es algo que se pueda comprar, pues el Señor habla cuando quiere y llama a quien quiere. En el camino vocacional es Dios quien siempre toma la iniciativa y la persona acepta esa invitación. Pero no podemos dejar a un lado el papel que juega la familia en esa respuesta, pues, en una familia donde se viven valores como la generosidad, la responsabilidad, el estar atento a los demás, la oración, es obvio que será más fácil escuchar la voz de Dios.

Es por eso que el Papa en su discurso “anima a las comunidades parroquiales, asociaciones y grupos a vivir una vida fraterna intensa, basada en el amor a Jesús y atenta a las necesidades de los más desfavorecidos. Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones.”

El misionero necesita de adolescentes y jóvenes, que no teman dar un generoso “Si”, al Señor que los invita a seguirlo. El misionero necesita de familias, que no teman “perder un hijo”, porque bien saben que el Señor lo ha escogido, “para seguir haciendo el bien”, y es una muestra de cariño de parte de Dios. El misionero necesita de relevos, de nuevos pies misioneros que quieran recorrer los caminos del mundo, para anunciar la cercanía de Dios.

 Un granito de arena

Estamos en el mes de octubre, y normalmente en este tiempo se organizan diversos eventos para celebrar el Domund. Quizás ya estamos acostumbrados a participar al rosario misionero, escuchar el testimonio de algún misionero o incluso ya estamos preparando nuestra aportación económica.

Pero el Papa nos invita a ir más allá,  la “Jornada Mundial de las Misiones es también un momento para reavivar  el deseo y el deber moral de la participación gozosa en la misión ad gentes. La contribución económica personal es el signo de una oblación de sí mismos, en primer lugar al Señor y luego a los hermanos.”  Nos “exhorta a recordar, como en una peregrinación interior, el “primer amor” con el que el Señor Jesucristo ha encendido en los corazones de cada uno, no por un sentimiento de nostalgia, sino para perseverar en la alegría.

Mientras se bendecían las tumbas donde reposarían las tres misioneras fallecidas, entre otros himnos, se entonó el canto que a la hermana Olga le gustaba cantar junto en comunidad en las ocasiones importantes:

 “He oído al Señor que decía:

¿A quién enviaré?

He dicho al Señor con alegría:

Si quieres mándame.

 Ve habla a mi pueblo,

ve apacienta a mi rebaño,

ve da la vida.

Qué necesita un misionero en misión, que  cada uno de nosotros  ponga su granito de arena, y se haga realidad el sueño de estas misioneras, el sueño de Dios: Hacer del mundo una sola familia.