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Xaverianos

La familia, escuela y modelo

pag 8cAutor: P. Umberto M. Marsich /

El primer vínculo que une la familia con la sociedad, es su ‘servicio a la vida’. De la familia nacen los ciudadanos y, éstos, encuentran en ella “la primera escuela de esas virtudes sociales –nos señalaba el Papa Juan Pablo II- que son el alma de la vida y el desarrollo de la sociedad misma (FC, 43). Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad, ejerciendo su responsabilidad social.

 La vida familiar, siendo experiencia de ‘comunión y participación’, capacita para ello y, esto, representa su primera y principal aportación a la sociedad: “La promoción de una auténtica y madura comunión de personas en familia – continúa diciéndonos el Papa - se convierte en la primera e insustituible escuela de socialización” (FC, 43). De este modo, la familia constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de ‘humanización’ de la sociedad. Si la sociedad contemporánea se está caracterizando por los dramáticos fenómenos de ‘descomposición social’ de la evasión, inseguridad, criminalidad organizada, violencia, robos y secuestros, tal vez, debamos buscar sus causas en la desintegración dramática y creciente del tejido familiar.

La familia: modelo de gratuidad.

Otra gran aportación de la familia a la sociedad es la ‘gratuidad’. Tal vez, la familia es, hoy, el único espacio social y humano donde ‘no se cobran’ los servicios que se dan entre sus miembros. Respetando y favoreciendo, en todos y cada uno de sus integrantes, la dignidad personal, como único título de valor, la gratuidad “se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda” (FC, 43). De cara a la sociedad, que corre el peligro de ser cada vez más masificada y despersonalizada, la familia conserva todavía energías formidables, capaces de mantener al hombre consciente de su dignidad personal y de su rol creativo. Energías para custodiar y transmitir ‘virtudes y valores morales’; para formar ‘conciencias’ rectas y educar para el ejercicio responsable de la ‘libertad’.

La gratuidad del amor, que la familia ya vive dentro de sí misma, tiene también su dimensión y manifestación sociales en la atención a los pobres y en la práctica de la ‘hospitalidad’. Sobre todo la familia cristiana, motivada por el apóstol Pablo, se siente llamada a escuchar su consejo: “Sean solícitos en la hospitalidad” y, por consiguiente, a practicar la acogida del hermano necesitado, imitando el ejemplo de Jesús y compartiendo su caridad: “El que diere de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca en razón de discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa” (Mt 25, 40).

La familia educadora en la fe.

Es indiscutible que la familia deja huellas imborrables en los hijos. Basta conocer a los padres para comprender, muchas veces, por qué un chico es sereno y jovial o por qué es rebelde y vulgar. Importante, entonces, es que los padres se sientan verdaderos educadores integrales de sus hijos. Integrales, porque no pueden dejar de cultivar, en ellos, la preciosa semilla de la fe y del amor a Dios. Sin embargo, nadie da lo que no tiene. Si los papás no viven la fe; si no creen en los valores trascendentes; si no dan importancia a Dios, difícilmente los hijos creerán en Él y vivirán como si no existiese. Queda claro, entonces, que el mal ejemplo deja huella triste y confusa en los hijos. Para que la familia, entonces, sea de verdad formadora en valores humanos y cristianos, es imprescindible que los papás los proclamen y vivan. A este punto, se nos ocurre expresar nuestra gratitud a Dios, por todas aquellas personas que nos regalaron ambiente de familia en nuestra vida; que nos ayudaron a crecer como personas libres y solidarias; que nos estimularon, con su cariño y fe, a ser seguidores fieles de Cristo y a encontrar, en Él el verdadero sentido de la vida.