Autor: P. Gerardo Custodio L. /
Muchas veces, al llegar la cuaresma o adviento, oímos hablar de conversión. La primera cosa que pensamos es que debemos cambiar, mejorar, hacer diferente las cosas. Así que la conversión termina siendo un esfuerzo para ser mejores. Para que esto sea efectivo, las raíces deben hacerse más profundas de manera que no sea un mero esfuerzo de unas pocas semanas. Para nosotros cristianos, la conversión brota del encuentro con Dios. Vamos a poner un ejemplo de los tantos que la biblia nos sugiere.
La 1ª lectura del domingo V ordinario nos regala un texto de Isaías (58, 7-10). En el texto se menciona la respuesta que Dios quiere de su pueblo. Pero antes, al inicio de ese capítulo 58, el pueblo se quejaba de que Dios no veía los ayunos que ellos hacían y ni se daba cuenta de sus sacrificios. A lo que Dios les responde: ¿sabes por qué no tomo en cuenta sus oraciones, sus sacrificios, sus caras largas de ayuno, ni veo el incienso de sus ofrendas? Porque mientras rezan están pensando en sus negocios, en las ganancias que van a obtener y cómo explotar a sus servidores. Lo que yo deseo es (y aquí entra el texto de la cita): “abre las prisiones injustas… libera a los oprimidos, comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu hermano. Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva y sacies el estómago del necesitado, entonces surgirá tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”. La conclusión de la cita es que no hay ofrenda agradable a Dios si el culto no va acompañado de una práctica de la justicia. La ofrenda a Dios, aun si es “jugosa”, no puede estar manchada con la opresión y explotación del obrero.
Ciertamente la empresa que está frente a nosotros es inmensa y parece irrealizable. Saciar el hambre de los que tienden la mano buscando ayuda… arreglar este mundo… Pero el que tiene hambre no quiere solamente un taco para engañar el estómago, lo que quiere, eso sí, son condiciones que le permitan vivir. Las estructuras que hemos creado a conveniencia de unos no se van a derrumbar en un dos por tres. El Papa Francisco nos lo dice muy bien en su mensaje de Cuaresma. Esa estructura de pecado es a la que estamos llamados a combatir. Jesús lleva la bandera. Él nos invita a seguirlo. Una vez que decidimos intentarlo, la cita termina así: “Entonces llamarás y el Señor te escuchará, gritarás pidiendo socorro y Él te dirá: Aquí estoy”.

